Regla de la Orden Carmelita Seglar
de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo
o Tercera Orden Carmelita

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Índice

Decreto de promulgación
Decreto de aprobación
Prólogo

Parte I: Espiritualidad y Carisma

Vocación a la santidad
Tercera Orden Carmelita Seglar
Vínculos con el Carmelo
Vocación particular del laico carmelita
Participación en la misión de Jesús
Nota de secularidad
Participación en el carisma de la Orden
La dimensión contemplativa de la vida
María y Elías: presencia, inspiración y guía
Vida de oración
Fraternidad
Servicio

Parte II: Estatutos generales
I. Estructuras: Características generales

Vida en fraternidad
Atención espiritual
Gobierno
Elección de los oficiales
Administración de bienes
Extinción y supresión
Derecho propio y su interpretación
II. Pertenencia y formación
Admisión
Formación
Profesión
Apostolado
Derechos y obligaciones

Epílogo
Notas



La Regla de la Tercera Orden Carmelita ha sido publicada en inglés, español, italiano, portugués y francés. Para posibles pedidos y más información dirigirse: Edizioni Carmelitane.
Derechos del Autor 2003. Todos los derechos son reservados. Ni la totalidad, ni parte de este documento pueden reproducirse, registrarse o transmitirse, por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma, ni por ningún medio, sea electrónico, mecánico, fotoquímico, magnético o electoóptico, por fotocopia, grabación o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de los titulares: Edizioni Carmelitane, Via Sforza Pallavicini, 10, 00193 Roma, Italia.


Decreto de promulgación

Curia Generalizia dei Carmelitani
Via Giovanni Lanza, 138
00184 Roma, Italia.


Prot. 115/2003
16 de julio 2003
Solemne Conmemoración de
Nuestra Señora del Monte Carmelo

A mis hermanos carmelitas:

El texto de la Regla de la Tercera Orden Carmelita, que tengo el gusto de presentar, ha tenido una larga historia. El primer texto de la misma fue escrito por el Beato Juan Soreth. A él fue a quien el Papa Nicolás V dirigió la famosa Bula “Cum Nulla” por la que se aprobaba que los laicos entraran a formar parte de la Orden, viviendo nuestra espiritualidad en su propio estado de vida. Después del Concilio Vaticano II se determinó que se hiciera una revisión de la Regla de la Tercera Orden. El proceso ha durado más de treinta años, durante los cuales han sido muchos los laicos que han cooperado en el mismo. El Capítulo General de 1995 nombró una Comisión Internacional para que llevara a término dicho proceso. En el Encuentro Internacional de Laicos Carmelitas, celebrado en Roma durante el Año Jubilar 2000, fue presentado un nuevo texto; en el documento final de dicho Encuentro fueron introducidas las anotaciones y los comentarios de los participantes. El nuevo Consejo General, elegido en el Capítulo General de 2001, redactó el Documento final a fin de que pudiera ser presentado a la Santa Sede para su aprobación. Dicha aprobación fue concedida el 11 de abril de 2003.

Ha sido un largo proceso que ha valido la pena, pues ahora poseemos un magnífico documento que ayudará a los laicos carmelitas a poder vivir en Obsequio de Jesucristo. En la Carta que escribí para conmemorar el 550º aniversario de la Bula “Cum Nulla” decía: “La Regla de San Alberto es un documento carismático que está en el origen de cualquier forma de vida carmelita. En este breve texto se encuentran, en embrión, los elementos esenciales del carisma carmelita. Estos elementos han sido elaborados en los años sucesivos y principalmente a través de la tradición carmelita, enriquecidos por la vida de muchas personas y, sobretodo, a través de nuestros santos. Toda persona llamada a vivir el carisma carmelita hace una aportación especial a la tradición, que pasa a los demás. Los religiosos carmelitas tienen las Constituciones y, a través de las mismas, la Regla de San Alberto se aplica a las condiciones de vida de nuestros días. Del mismo modo, la Tercera Orden tiene su Regla, que de igual modo que las Constituciones de los religiosos, trata de conectar el ideal carmelita y la realidad presente de aquellos que han de vivirla”.

Promulgo, pues, con este Decreto la Regla de la Tercera Orden Carmelita, también denominada Orden Seglar Carmelita de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Entrará en vigor el día 8 de diciembre de 2003. El tiempo que transcurra entre la promulgación y su entrada en vigor (vacatio legis) es para dar la oportunidad de estudiarla y poder adaptar los Estatutos locales a la misma, antes de que entre en vigor. El texto de la Regla y su publicación se harán a través de Internet, a fin de que pueda llegar al mayor número de personas de la forma más rápida. La lengua original del texto de la Regla de la Tercera Orden es la italiana, que es la oficial para casos de dudas o interpretaciones. La Curia General se encargará de la traducción a las otras dos lenguas oficiales de la Orden, español e ingles, así como al portugués y al francés. Estas traducciones serán insertadas tan pronto como sea posible en el sitio Web de la Orden, a fin de que un gran número de laicos carmelitas puedan acceder y tener conocimiento del texto de la misma como fuente de inspiración para su propia vida en el Carmelo.

La fecha de promulgación (16 de Julio) y la fecha de entrada en vigor (8 de diciembre) han sido elegidas con el fin de poner de relieve el lugar que ocupa Nuestra Santísima Madre en la vida carmelita. María es la Madre y la Hermana de todos los carmelitas, tanto de los consagrados en la vida religiosa, como de aquellos que viven su vocación en el estado laical. Que Ella nos enseñe a discernir más allá de todos los acontecimientos de la vida y podamos descubrir a Dios en medio del ambiente de trabajo, de tal modo que podamos dar Gloria a Dios junto con Ella. Que Nuestra Madre del Carmen nos guíe a todos para que podamos buscar y seguir fielmente a su Hijo.

Joseph Chalmers, O.Carm.
Prior General
 




Decreto de aprobación

El Prior General de la Orden del Carmen, previo el consentimiento de su Consejo, ha presentado a la Sede Apostólica el texto de la Regla de la Tercera Orden Carmelita, o bien, Orden Carmelita Seglar de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, para pedir su aprobación.

La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, después de haber examinado atentamente el mencionado texto, lo aprueba y lo confirma con el presente Decreto, según el ejemplar redactado en lengua italiana, que se conserva en su Archivo, observado cuanto por derecho se debe observar.

¡Que los miembros de la Orden Carmelita Seglar, junto con María, Reina del Carmelo, caminen por los senderos de la historia, atentos a las necesidades humanas y siempre dispuestos a compartir con el Señor el sacrificio de la cruz y experimenten con El la paz de la vida nueva!

No obstante cualquier disposición en contra.

Vaticano, 11 de abril del 2003
Eduardo Card. Martínez Somalo, Prefetto
+ Piergiorgio Silvano, CP, Segretario

 


Prólogo

«Muchas veces y de diversos modos» [1] el Señor ha inspirado, a través de la experiencia de vida de los religiosos, diversas formas de espiritualidad entre los laicos, ricas y atrayentes. El Carmelo constituye, desde hace siglos, una vía privilegiada y segura de santidad para muchos laicos [2]. La Regla de S. Alberto es como una fuente de la cual brota el río del carisma. Los valores manifestados en ella han sido traducidos en formas siempre nuevas y aptas, a fin de que los laicos de distintos tiempos y lugares puedan encarnar también, de modo concreto, el carisma del Carmelo, así como vivir su espiritualidad en las formas que les son propias [3].


Parte I: Espiritualidad y Carisma

Vocación a la santidad

1. Dios ha querido darse a conocer, se ha revelado, implicando a la humanidad en un diálogo tejido de amor y de misericordia [4]. Nos ha hecho conocer su deseo de comunión, llamando a hombres y a mujeres a participar en su vida. Este proyecto se cumple, por medio del Espíritu Santo, en Cristo, Palabra definitiva y suprema del Padre[5], fuera de la cual, Dios no tiene nada más que revelar. Dios invisible, a través de Jesucristo, nacido de María, habla a los hombres como a amigos y dialoga con ellos para admitirlos a la comunión consigo mismo y hacerlos hermanos entre sí, con vistas a la unidad en su Reino de todo el género humano.[6] Los seres humanos son injertados en la vida divina por el sacramento del bautismo y llegan a ser, por el Espíritu Santo, hijos adoptivos del Padre y hermanos de Cristo[7], capaces de formar parte de la inmensa asamblea fraterna de la Iglesia, pueblo de Dios, "sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano."[8]

2. Por eso, todos los fieles de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad: por esta santidad se promueve, incluso, en la sociedad terrena un modo de vida más humano.[9] Los consejos que Jesús propone a sus discípulos en el Evangelio hacen posible un camino de santidad y de transformación para el mundo, según el espíritu de las Bienaventuranzas. Estos se viven de distintos modos en las diversas formas estables de vida, suscitadas por el Espíritu Santo y aprobadas por la Iglesia.

3. En el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, el mismo y único Espíritu ha suscitado de diversas formas una variedad de dones y carismas, como aquellos de las distintas familias religiosas, los cuales ofrecen a sus miembros las ventajas de una mayor estabilidad en el modo de vivir y una doctrina confirmada por la experiencia y la vida de personas santas, a fin de que puedan alcanzar la perfección evangélica en comunión fraterna, en el servicio de Cristo y en una libertad fortalecida por la obediencia[10].

4. Algunos laicos participan en el carisma de las familias religiosas, patrimonio común del pueblo de Dios, por medio de una vocación y por una llamada particular, que se convierte para ellos en una fuente de energía y en una escuela de vida. La misma Iglesia los aprueba y los anima a ello, invitándolos a esforzarse para asimilar fielmente las características de la espiritualidad propia de dichas familias[11].

Tercera Orden Carmelita Seglar

5. La Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo surgió, hacia finales del siglo XII y principio del XIII, de un grupo de hombres que, atraídos por el reclamo evangélico de los Santos Lugares, se “consagraron a Aquel que había derramado allí su Sangre”[12] por medio de una vida de penitencia y de oración. Se establecieron en el Monte Carmelo, junto a la Fuente de Elías, y recibieron, a petición de ellos, una Forma de vida de Alberto, Patriarca de Jerusalén(1206-1214), que los constituyó en una única comunidad de eremitas, en torno a un oratorio dedicado a María. Tras la confirmación por parte de Honorio III (1226) y de Gregorio IX (1229), Inocencio IV (1247) completó su camino fundacional y, con algunas modificaciones de la Forma de vida, los incluyó entre las nacientes Ordenes de Fraternidad Apostólica (Mendicantes), invitándolos a que unieran a la vida contemplativa, la solicitud por la salvación del prójimo.

6. Una vez establecidos en Europa, los frailes acogieron a seglares junto a sus conventos, los cuales fueron considerados, en cierto modo, como carmelitas. Se llamaban “oblatos” o “donados”, porque donaban sus bienes al convento, del cual luego dependían para su propio sustento. La mayor parte de ellos, al ser mujeres, necesitaban tener casas propias. Se llamaban también “mantelados” porque llevaban un hábito semejante al de los frailes.

7. Con el tiempo, estos seglares fueron organizados en grupos homogéneos, con obligaciones semejantes a las de los frailes. La primera aprobación jurídica eclesiástica fue en virtud de la Bula Pontificia «Cum nulla», dada por el Papa Nicolás V el 7 de octubre de 1452. Dicha bula puso las bases – a través de varias etapas de desarrollo – de la Segunda y Tercera Orden. La bula autoriza a los superiores de la Orden a dirigir a grupos diversos de mujeres y a determinarles el género de vida. La concesión contenida en la bula «Cum nulla» se hizo más explícita, posteriormente, con la bula «Dum attenta» de Sixto IV, del 28 de noviembre de 1476. Estos dos documentos pontificios son la base de la estructura actual de la Familia Carmelita.

8. La bula «Cum nulla» reconoció la existencia de distintos grupos, con votos solemnes o con votos simples. Algunas de estas mujeres, que podían vivir solas fuera del convento, fueron identificándose gradualmente como el tercer grupo de la Familia Carmelita y, por lo tanto, comenzaron a ser llamadas “terciarias”. El Papa Sixto IV permitió a la Orden del Carmen, en el año 1476, que pudiera organizar los distintos grupos laicales, como ya lo hacían las Terceras Ordenes de las Ordenes Mendicantes.

9. Al mismo tiempo surgieron cofradías que solicitaban poder gozar de los privilegios del Escapulario. El Prior General, Teodoro Straccio (1632 – 1642), trató de aclarar la situación estableciendo una Tercera Orden de los “continentes” [13] en la cual, los hermanos y hermanas emitían los votos de obediencia y de castidad según el propio estado, mientras que los demás seglares se podían afiliar a las cofradías del Escapulario.

10. Durante los siglos XIX y XX se trató de favorecer el aspecto “seglar” de los terciarios. Esta dimensión ha alcanzado su cima con la Regla aprobada después del Concilio Vaticano II. La misión a la que los terciarios están llamados, hoy, es la de iluminar y dar el justo valor a todas las realidades temporales, de manera, que sean realizadas según los valores proclamados por Cristo y sirvan para alabanza del Creador, del Redentor y del Santificador[14], en un mundo tan secularizado, que parece que vive y actúa como si Dios no existiese. De ellos se espera un implicación en la nueva evangelización, que tanto preocupa a la Iglesia entera: esto es, que traten de superar en sí mismos la ruptura entre el Evangelio y la vida. Hagan, pues, todo el esfuerzo posible, en medio de su multiforme actividad diaria, en la familia, en el trabajo, en la sociedad, para que se pueda restablecer la unidad entre una vida que halla en el Evangelio su inspiración y la fuerza que la realiza en plenitud[15].

Vínculos con el Carmelo

11. Los miembros de la Tercera Orden reconocen al Prior General como padre espiritual, así como cabeza y vínculo de la unidad; ellos reciben de la Orden la dirección y el empuje dirigidos a promover, estimular y favorecer la consecución de los fines de la Tercera Orden Carmelita[16] y también dándoles amplia autonomía de iniciativa y de dirección en cada una de las fraternidades, según sus propios Estatutos[17]. Son los terciarios los que han de elegir a sus propios dirigentes, asistidos espiritualmente y ayudados por el servicio paterno de algún sacerdote, carmelita o no, o también de algún religioso o religiosa carmelitas.

12. El vínculo fundamental del terciario con el Carmelo es la profesión. Este compromiso se expresa con una adecuada forma de promesa, o en otros casos, como es costumbre según nuestra antigua tradición, con la emisión de los votos de obediencia y castidad según las obligaciones del propio estado. De esta forma, el terciario se consagra más profundamente a Dios, a fin de poder ofrecerle un culto más intenso. Con la profesión, de hecho, el terciario trata de intensificar las promesas bautismales de amar a Dios por encima de todas las cosas y de renunciar a Satanás y a sus seducciones. La originalidad de esta profesión se halla en los medios que se eligen para alcanzar la plena conformidad con Cristo. Más aún, el carmelita sabe que se presenta ante el Señor con las manos vacías, pero deposita todo su amor confiado en Cristo Jesús, que se convierte para él en su santidad, en su justicia, en su amor, en su corona.[18] El núcleo central del mensaje de Jesús – amar a Dios con todo el ser y al prójimo como a sí mismo – exige del terciario una afirmación constante de la primacia de Dios[19], el rechazo categórico de servir a dos amos[20] y la elección primaria del amor hacia los demás, que le permita luchar contra toda forma de egoísmo[21] y de repliegue en sí mismo.

13. El espíritu de los consejos evangélicos, común a todo cristiano, se convierte para el terciario en un programa de vida que abarca el sector del poder, de la sensualidad y de los bienes económicos. Son un imperativo para no servir a falsos ídolos y conseguir la libertad para amar a Dios y al prójimo por encima de todo egoísmo. La santidad, de hecho, consiste en este doble precepto.

14. El terciario asume, mediante la profesión, el compromiso de vivir radicalmente el Evangelio en la condición de vida que le es propia. Al terciario se le concede la libertad de poder emitir la profesión de dos maneras: sin los votos, con el sólo compromiso de profesar esta Regla; o con los votos. Los terciarios que emiten los votos están llamados a la obediencia a los superiores de la Orden y a su Asistente espiritual, en todo lo que se le mande en virtud de la Regla y ordenado a su vida espiritual. Con el voto de castidad, se comprometen a vivir esta virtud, según las obligaciones propias de su estado.

15. Los terciarios reconocen a los carmelitas consagrados en la vida religiosa, como guías válidos para su vida espiritual. Son estos los que los acompañan en el camino, a fin de que ellos puedan llegar a ser contemplativos y activos en un mundo cada vez más complejo y exigente que, al mismo tiempo, busca ávidamente los valores del espíritu. Por lo tanto, los laicos deben ser acompañados para que puedan vivir el carisma del Carmelo en espíritu y en verdad, abiertos a la obra del Espíritu Santo, y tendiendo a una plena participación y comunión en el carisma y en la espiritualidad del Carmelo, a través de una nueva lectura carismática de su propia secularidad y con una plena corresponsabilidad en la misión evangelizadora y en los apostolados específicos del Carmelo. De este modo los terciarios carmelitas seglares llegan a ser, de manera efectiva y con pleno derecho, miembros de la Familia Carmelita[22].

16. Los carmelitas y las carmelitas que están consagrados en la vida religiosa, reconocen las ventajas espirituales y la riqueza que se derivan para toda la entera familia del Carmelo de los laicos que, bajo la inspiración del Espíritu Santo y con una respuesta a una llamada particular de Dios, libre y deliberadamente, prometen vivir el Evangelio según el espíritu del Carmelo. De hecho, su participación puede aportar, como muchas experiencias pasadas nos enseñan, fecundas profundizaciones en algunos aspectos del carisma, renovándolos e impulsando a nuevos dinamismos apostólicos, mediante la “preciosa contribución de su secularidad y del servicio específico”.[23]

Vocación particular del laico carmelita

17. La vida espiritual - o vida según el Espíritu – recibe su orientación de la iniciativa del Padre que da a todo hombre o mujer, mediante el Hijo y en el Espíritu Santo, su vida y su santidad, llamándolos a vivir en una relación misteriosa de comunión con las Personas de la Santísima Trinidad. Dios viene en busca de la persona, la atrae hacia Él y hacia su Hijo[24]; el Espíritu la impulsa a volverse hacia El, a escuchar su voz, a acoger la Palabra, a abrirse a su acción transformante. La búsqueda de Dios en un laico carmelita, su obediencia a la soberanía de Cristo, es una respuesta a su voz, en un amigable diálogo establecido por la Palabra hecha carne con cada uno, al cual es impulsado por el Espíritu Santo[25]. La subida ascética de un terciario carmelita comienza con el acto de fe, que le permite acoger a Jesús y a su acontecimiento Pascual como el sentido de su vida, recibir de Él sus líneas de conducta y hacer de Él su centro, en vez de ponerlo en sí mismo. Arraigados en el amor misericordioso de Dios, los laicos carmelitas se disponen a la subida del Monte Carmelo, cuya cima es Cristo Jesús[26].

18. La subida del Monte de un laico implica, en primer lugar, seguir a Jesucristo con todo el ser y servirlo “fielmente con corazón puro y buena conciencia”[27]. El espíritu de Jesús debería penetrar de tal manera su persona, que pudiera repetir con San Pablo “no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en mí”[28], de tal modo, que todo su obrar sea “en su Palabra”[29].

19. Jesucristo debe convertirse, progresivamente, en la Persona más importante de su existencia. Esto comporta una relación personal, ardiente, afectuosa, constante con Él. Dicha relación, alimentada por la Eucaristía, la vida litúrgica, la Sagrada Escritura, la oración en sus diversas formas, incita al terciario a reconocer a Jesucristo en el prójimo y en los acontecimientos diarios y lo impulsa a testimoniar, por los caminos del mundo, la eficacia de su presencia.

20. La llamada del Padre a seguir a Cristo, gracias a la obra vivificante del Espíritu Santo, se realiza en la plena pertenencia a la Iglesia. Por el sacramento del bautismo, que nos hace a cada uno miembros del Cuerpo Místico de Jesús, el terciario recibe la llamada a la santidad. Su mayor dignidad consiste en poder gozar de la vida divina y del amor de Dios, derramado en su corazón a través del Espíritu[30]. Así, junto con los otros hombres, según la vocación y los dones de cada uno, puede contribuir a la obra grandiosa de la edificación del único Cuerpo de Cristo[31].

21. La naturaleza humana, débil y limitada a causa de sus miserias, se deja guiar así por la acción divina y abraza una vida de conversión, cada vez más profunda. La conversión comporta una nueva y radical orientación hacia una transformación progresiva, la cual implica a la persona en toda la vida y a cualquier nivel. Los terciarios, guiados por el Espíritu, tratan de superar los obstáculos puestos en su camino y tratan de mantenerse lejos de todo lo que pueda hacerles desviar de su subida hacia la cima. Por otra parte, admitiendo posibles limitaciones y resistencias, se comprometen a emprender, sin hesitación y sin distorsiones, un camino gradual hacia los ideales elegidos[32].

22. La “subida del Monte” implica la experiencia del desierto, en el cual, la llama viva del amor de Dios obra una transformación que hace apartarse al laico carmelita de todo, purificando, incluso, la imagen que se ha formado de Dios. Cuando se reviste de Cristo, es cuando comienza a aparecer como su imagen viva, hecho en El una nueva criatura.

23. Esta transformación gradual hace capaz al terciario de discernir los signos de los tiempos y la presencia de Dios en la historia, fortaleciendo el sentido de hermandad y el de un compromiso serio y decidido en favor de la transformación del mundo.

Participación en la misión de Jesús

24. Los laicos carmelitas son partícipes por el bautismo de la misión de Jesucristo y la continúan en la Iglesia, llegando a ser de esta forma como “una humanidad suplementaria»[33] que se transforma en “alabanza de su gloria»[34]. A los laicos se les reconoce “una participación propia y absolutamente necesaria” en esta misión[35]

25. Los laicos carmelitas están llamados a la edificación de la comunidad eclesial en virtud del sacerdocio bautismal y de los carismas recibidos,[36] participando “responsable, consciente y fructuosamente” en la vida litúrgica de la comunidad[37] y comprometiéndose a que la celebración se prolongue en su vida concreta. Se podría decir que los frutos de su encuentro con Dios se manifiestan en todas la actividades, en las oraciones, en las iniciativas apostólicas, incluso en la vida conyugal y familiar, en el trabajo diario, en el reposo espiritual y corporal y, por último, hasta en las mismas pruebas de la vida, si son llevada con paciencia[38] y – como nos enseñan los santos del Carmelo – acogidas con gratitud.

26. Por la participación en el ministerio profético de Cristo y de la Iglesia, el terciario se compromete también, en medio de su labor profesional y de las actividades seculares[39], a asimilar el Evangelio en la fe y a anunciarlo con las obras. Su compromiso llega hasta el punto de no dudar en denunciar el mal con valentía[40]. Está llamado, además, a participar tanto del sentido de la fe sobrenatural de la Iglesia, que no se equivoca al creer[41], como de la gracia de la palabra[42].

27. Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, participa en su ministerio real por el cual está llamado al servicio del Reino de Dios y a su difusión en la historia. La realeza de Cristo implica, ante todo, un combate espiritual para poder vencer en nosotros la tiranía del pecado[43]. Mediante el don de nosotros mismos, nos empeñamos en servir a Jesucristo presente en todos los hermanos y hermanas y sobre todo en los más pequeños[44] y marginados, a través de la justicia y de la caridad,. Esto quiere decir que hay que dar a la creación todo su valor original. El terciario participa en el ministerio del poder real con el cual Jesús Resucitado atrae hacía sí todas las cosas, haciendo que la creación se oriente al verdadero bien de la humanidad a través de una actividad sostenida por la gracia[45].

Nota de secularidad

28. “Todos los carmelitas se encuentran en medio del mundo, pero la vocación del laico es la de transformar el mundo secular.”[46] Los terciarios, pues, en cuanto laicos comprometidos, se caracterizan por esta nota de secularidad, por la que están llamados a tratar correctamente de las cosas del mundo y a ordenarlas según Dios. Viven su vida en el siglo, en medio del pueblo, dedicados a las ocupaciones y a los oficios del mundo, en medio de las condiciones y vicisitudes ordinarias de la familia y de la sociedad. Están, pues, invitados por Dios a contribuir a la santificación del mundo, comprometiéndose en su trabajo con el espíritu del Evangelio y animados y guiados por la espiritualidad carmelita. Su vocación es la de iluminar y la de ordenar las actividades del mundo para que cumplan su fin, según Cristo, y así puedan ser alabanza de la gloria del Creador[47].

29. No debería existir conflicto entre el bienestar temporal y la realización del Reino de Dios, pues el orden natural y el espiritual provienen de Dios. Sin embargo, existe el peligro de hacer mal uso de los bienes temporales. Por lo tanto, también ellos desean conseguir el ideal de hacer que los descubrimientos de la ciencia y de la técnica sean dirigidos a mejorar la situación material y espiritual de la vida humana[48].

Participación en el carisma de la Orden

30. La Orden del Carmen está presente en la Iglesia a través de los frailes, de las monjas de clausura, de las religiosas de vida activa y de los laicos; todos participan de modo diverso y gradual en el carisma y en la espiritualidad propios de la Orden. Los laicos también pueden ser partícipes de la misma llamada a la santidad y a la misión del Carmelo[49]. La Orden, al reconocer su vocación, los acoge, los organiza en las distintas formas y modalidades que les son propias, les comunica las riquezas de su espiritualidad y tradición, haciéndolos partícipes, además de esto, de todos los beneficios espirituales y de las buenas obras realizadas por los miembros de la Familia Carmelita. La forma más completa y orgánica de agregación para los laicos está constituida por la profesión en la Tercera Orden Carmelita, por la cual se participa, según el modo propio y especifico de los laicos, en el carisma de la Orden. El Carmelo favorece la pertenencia de matrimonios, familias y jóvenes, que deseen conocer y vivir la espiritualidad carmelita, incluso, con formas nuevas[50], presentando a la Tercera Orden Carmelita como la forma estable y reconocida de agregación, que puede recibir nueva savia al confrontarse con dichas iniciativas. El carisma carmelita, experimentado desde hace siglos y en distintas culturas y tradiciones, ofrece una vía segura para alcanzar la santidad, entendida como “«medida alta» de la vida cristiana ordinaria”[51].

31. El Carmelo ha hecho explícito el propio carisma de una forma sintética, expresada en sus recientes documentos, haciéndose eco del camino abierto por el Concilio Vaticano II, en estos términos: “vivir en obsequio de Jesucristo en actitud contemplativa, que plasma y sostiene nuestra vida de oración, de fraternidad y de servicio”[52]. Reconocemos en la Virgen María y en el Profeta Elías los modelos inspiradores y ejemplares de esta experiencia de fe, guías seguros para los arduos senderos que llevan hasta la “cima del monte, Cristo Señor”[53].

La dimensión contemplativa de la vida

32. Los laicos carmelitas están también llamados a vivir en la presencia del Dios vivo y verdadero, que por medio de Cristo habitó con nosotros, buscando cualquier posibilidad y ocasión para llegar a la intimidad divina. Dejándose llevar por la acción del Espíritu Santo, los laicos carmelitas se dejan transformar en la mente y en el corazón, en la mirada y en los gestos. Toda su persona y su existencia se abren al reconocimiento de la acción atenta y llena de misericordia de Dios en la vida de cada uno. Se reconocen como hermanos y hermanas que están llamados a compartir el camino común hacia la plenitud de la santidad y a anunciar a todos que somos hijos del único Padre y hermanos en Jesucristo. Se dejan entusiasmar por las grandes obras que Dios realiza y por las cuales Él solicita su empeño y su contribución eficaz.

33. “En el Carmelo se les recuerda a los hombres, agobiados por tantas preocupaciones, que la prioridad se debe dar a la búsqueda “del Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33)[54]. Por lo tanto, en la familia, en el ambiente de trabajo y en la profesión, en las responsabilidades sociales y eclesiales que realizan, en las tareas de cada día, en las relaciones con los demás, los laicos carmelitas buscan la impronta escondida de Dios, la reconocen y hacen brotar la semilla de la salvación, según el espíritu de las bienaventuranzas, con el humilde y constante servicio, revestidos de las virtudes de prudencia, de espíritu de justicia, de sinceridad, de cortesía, de fortaleza de ánimo, sin las cuales no puede existir una vida humana y cristiana[55].

María y Elías: presencia, inspiración y guía

34. Como María, la primera entre los humildes y entre los pobres del Señor, los laicos carmelitas se sienten llamados a ensalzar las maravillas realizadas por el Señor en sus propias vidas[56]; con Ella, imagen y primera floración de la Iglesia, aprenden a confrontar las vicisitudes que nos atormentan a menudo en la vida cotidiana con la Palabra de Dios,[57]. De Ella aprenden a acoger con disponibilidad la Palabra, a adherirse a ella plenamente. María, en la cual la Palabra se hizo carne y vida, les inculca la fidelidad a la misión, en la acción animada de la caridad, en el espíritu de servicio y en la cooperación real a la obra de la salvación[58]. Junto a María caminamos por los senderos de la historia, atentos a las auténticas necesidades humanas[59], siempre dispuestos a compartir con el Señor el sacrificio de la cruz y a experimentar con El la paz de la vida nueva[60]. María es miembro singular y eminente de la Iglesia, participó de modo propio y creciente en la única mediación entre Dios y los hombres realizada en Jesucristo, de la cual la Iglesia es hoy portadora y mediadora en la historia[61]. Los laicos carmelitas se dejan acompañar por María para poder asumir gradualmente la responsabilidad de cooperar en la obra de la salvación y de la comunicación de la gracia, propia de la Iglesia. En el Carmelo esto ha sido vivido tradicionalmente en forma de caridad materna, manifestada por María hacia el Carmelo. Los carmelitas sintiéndose amados por tan grande y tierna Madre, no podían sino amarla a su vez.[62] Tanto es así que, el ideal carmelita se realiza como un“abandono en Dios al calor maternal de la Bienaventurada Virgen”[63].

35. Los laicos carmelitas comparten además la pasión del profeta Elías por el Señor y por sus derechos, estando dispuestos a defender los derechos del hombre cuando sean pisoteados injustamente. Del profeta aprenden a dejarlo todo para adentrarse en el desierto y ser purificados y estar preparados para el encuentro con el Señor, para acoger su Palabra. Se sienten impulsados, como el Profeta, a promover la verdadera religiosidad contra los falsos ídolos. Con Elías, los laicos carmelitas aprenden a acoger la presencia del Señor, manifestada en el hombre con fuerza y dulzura, Él, que es el mismo ayer, hoy y siempre. Fortalecidos por esta presencia transformante y vivificadora, los laicos carmelitas son capaces de afrontar las realidades del mundo, seguros de que Dios tiene en sus manos el destino de cada uno y de la historia[64].

Vida de oración

36. Los laicos carmelitas viven una intensa vida de oración centrada en el diálogo personal con el Señor, verdadero amigo de la humanidad. Como dice Santa Teresa de Jesús: “La oración... no es otra cosa, sino una relación de amistad... con Aquel que sabemos nos ama”[65]. La oración, personal y comunitaria, litúrgica e informal, constituye el tejido de una relación personal con Dios-Trinidad, que anima la entera existencia del laico carmelita. En la oración “lo esencial no es pensar mucho, sino amar mucho”[66] y, entonces, más que de hacer un ejercicio, se trata de una actitud que implica el reconocimiento de la mano de Dios, la disponibilidad para acoger el amor gratuito como un don – no habitual, sino actual - implica una conciencia cada vez más profunda de la acción de Dios que invade la entera existencia personal, como atestigua Santa Teresa de Lisieux. “La oración es vida, no es un oasis en el desierto de la vida”, decía el Beato Tito Brandsma[67]. Y Juan Pablo II afirma que, en el Carmelo “la oración se convierte en vida y la vida florece en la oración”[68].

37. La vida sacramental, centrada en la Eucaristía, constituye la fuente de la vida espiritual. Los laicos carmelitas están llamados a una intensa participación en los sacramentos: posiblemente se acerquen a diario al sacrifico del altar y al banquete de la vida, en el cual la Iglesia encuentra su plena riqueza “Cristo mismo, nuestra Pascua y nuestro Pan vivo”[69]; regularmente reciben el perdón de los pecados y la gracia para continuar el camino; si están casados, viven con intensidad y novedad cristiana la propia llamada a la santidad matrimonial.

38. La Liturgia de las Horas constituye, durante la jornada, el recuerdo de la gracia que dimana de la Eucaristía y alimenta el auténtico encuentro con Dios. Los laicos carmelitas pueden celebrar, según la condición de cada uno, los Laudes matutinos, las Vísperas y las Completas. En lugares y en circunstancias concretas, tal vez, se puedan indicar otras eventuales formas de oración litúrgica. Inspirados en María, los laicos carmelitas desean actualizar la obra salvífica de Jesús en el espacio y en el tiempo a través de la celebración de los sagrados misterios. María nos invita a celebrar la liturgia con sus mismas disposiciones y actitudes: a poner en práctica la Palabra de Dios y meditarla con amor, a alabar a Dios con regocijo y a darle gracias con alegría, a servir a Dios y a los hermanos con generosidad hasta dar la vida por ellos, a orar al Señor con confianza y perseverancia y a esperar vigilantes su venida[70].

39. La liturgia no comprende la totalidad de la vida espiritual. El cristiano, aunque está llamado a la oración en común, debe entrar en su aposento para orar al Padre en secreto[71]; más aún, se siente impulsado a orar incesantemente según la enseñanza de Cristo[72], reafirmada por el Apóstol[73]. Los laicos carmelitas, según la constante tradición del Carmelo, cultivan en grado máximo la oración en sus distintas formas. Se tiene en gran consideración la escucha orante y obediente de la Palabra de Dios: la lectio divina transforma y llena la entera existencia del creyente. La oración mental, el ejercicio de la presencia de Dios, la oración aspirativa, la oración silenciosa, han encontrado siempre una gran acogida en la tradición carmelita, además de otras ocasionales prácticas de devoción.

40. Tengan los laicos en gran honor el santo Escapulario, símbolo del amor materno de María, la cual, al tomar la iniciativa, lleva en su corazón a los hermanos y hermanas carmelitas y suscita en ellos la imitación de sus más altas virtudes: caridad universal, amor a la oración, humildad, pureza, modestia[74]. Quien lleva el Escapulario está llamado a revestirse interiormente de Cristo, y así manifestar la presencia salvadora de Él para la Iglesia y para la humanidad[75]. El Escapulario, además de recordarnos la protección que María nos concede a través del entero arco de la existencia e, incluso, en el momento del tránsito final para que podamos conseguir plenamente la gloria, nos recuerda que la devoción mariana, más que un conjunto de prácticas, es un verdadero “hábito”, es decir, una orientación permanente de la propia vida cristiana”[76].

41. Reunidos por María, como los discípulos en el Cenáculo, también los laicos carmelitas se reúnen para alabar al Señor en sus misterios y en los de María: la piadosa práctica del Rosario puede ser una fuente inagotable de genuina espiritualidad que alimente la vida diaria[77].

Fraternidad

42. Los laicos carmelitas, sostenidos por la gracia y guiados por el Espíritu que los anima a vivir la vida cristiana concreta siguiendo los inaccesibles senderos del Carmelo, se consideran hermanos y hermanas de todo aquel que se sienta llamado a compartir el mismo carisma: “Los laicos carmelitas pueden formar comunidad de muchos y diferentes modos: en su propias familias, en donde han de fundar la iglesia doméstica; en sus propias parroquias, donde oran a Dios en unión con los demás parroquianos y donde toman parte de las actividades comunitarias; en sus comunidades laicales carmelitas, en las cuales ellos encuentran la ayuda y el sostén para el camino espiritual; en sus lugares de trabajo y en su mismo ambiente de vida”[78]

43. La vida compartida de los laicos del Carmelo debe resplandecer por la sencillez y la autenticidad; cada fraternidad debe ser un hogar fraterno en el que cada uno se sienta como en la propia casa, esto es, acogido, conocido, apreciado, animado en el camino, corregido eventualmente con caridad y atención. Los laicos carmelitas se empeñan, por tanto, en colaborar con los demás miembros de la Familia Carmelita y con toda la Iglesia, para que ella realice su vocación misionera en cualquier situación y condición[79].

42. La fraternidad se refleja, también, externamente. Todo laico carmelita es como una chispa de amor fraterno arrojada en el bosque de la vida: debe ser capaz de prender en cualquiera que se le acerque. La vida familiar, el ambiente de trabajo o profesional, los ambientes eclesiales frecuentados por los laicos carmelitas, deben recibir de estos el ardor que nace de un corazón contemplativo, capaz de reconocer en cada uno los rasgos de la semejanza con el rostro de Dios. La comunidad de laicos carmelitas se convierte de este modo en un centro de vida auténticamente humana porque es auténticamente cristiana. Por experiencia se sabe que, cuando nos reconocemos como hermanos y hermanas, entonces nace la exigencia de involucrar a los otros en la aventura fascinante, humano-divina, de la construcción del Reino de Dios.

45. En un mundo cada vez más ligado por múltiples y complejos lazos, los laicos carmelitas pueden ser testigos de una auténtica universalidad, sabiendo valorar las riquezas y las capacidades de los demás, reconociéndose como parte de una familia internacional y apoyando todas las ocasiones que se ofrezcan para un encuentro y un intercambio fructífero entre los miembros de la Orden.

Servicio

46. El fin de la Iglesia es difundir el Reino de Cristo sobre la tierra, a fin de que los hombres puedan ser partícipes de la salvación realizada en la Redención[80]. “Como todos los carmelitas, el laico carmelita está llamado de alguna forma al servicio, que es una parte integrante del carisma dado por Dios a la Orden”[81]. Santa Teresa del Niño Jesús descubrió esta dimensión de su ser carmelita cuando, leyendo la Escritura, descubrió que era “el Amor...en el corazón de la Iglesia”[82]: Para muchos terciarios esta será la contribución fundamental en la edificación del Reino. Es propio de los laicos vivir en el mundo y en medio de los negocios seculares y es allí donde están llamados a realizar la misión de la Iglesia y a ser fermento cristiano a través de las actividades temporales, en la cuales están profundamente inmersos[83]. Los fieles laicos no pueden, de hecho, renunciar a la participación en la “política”, o sea, en la múltiple y variada trama económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover, orgánica e institucionalmente, el bien común[84].

47. Santa María Magdalena de Pazzi nos recuerda que nadie puede saciar lícitamente la propia sed al contemplar a Cristo, sediento de almas por redimir, sin entregarse a ello a través de la oración y del apostolado, armónicamente unidos entre sí.[85] A los laicos carmelitas, dispuestos a testimoniar su fe con las obras, se les da fuerzas para atraer a los hombres a la fe en Dios, llegando a ser “alabanza de la gloria de Dios[86]. En momentos de turbación y de cambio, pueden ser un punto de referencia seguro para muchos. También el Profeta Elías, inmerso en un mundo con cambios profundos que impulsaban al pueblo, lleno de autosuficiencia, a abandonar al Dios verdadero, estuvo sostenido por la certeza de que Dios es más fuerte que cualquier crisis o peligro. Por eso, los laicos carmelitas, inmersos en un mundo cada vez más vacilante ante las cuestiones fundamentales que plantean nuevos problemas de fe, de moral o sociales[87], se empeñan en crear ocasiones propicias para anunciar a Cristo, volviendo a proponer el mensaje, siempre nuevo, del Señor de la vida y de la historia, único y seguro punto de referencia de toda existencia y de todo acontecimiento humano.

48. La experiencia del desierto, paradigmática en los acontecimientos del Profeta, se convierte en un paso obligado para los laicos carmelitas, llamados a ser purificados en el desierto de la vida y así poder encontrar al Señor auténticamente[88]. También ellos recorren la vía insustituible del desierto de la mortificación interior, a fin de poder adentrarse en la escucha del Señor que habla a sus corazones en las nuevas y desconcertantes manifestaciones de la vida del mundo, pero también con signos a veces difíciles de interpretar, o con la voz silenciosa y apenas perceptible del Espíritu. Ellos vuelven entusiasmados de este encuentro y se manifiestan como animadores incansables del ambiente en el cual están llamados a actuar. Impulsados por este encuentro, son capaces de anunciarlo como la única respuesta a las tentaciones, siempre posibles, de la negación de Dios, o de la autosuficiencia orgullosa. Sostenidos por el Espíritu Santo, los terciarios no se desaniman por los fracasos aparentes, por la escasa acogida, por la indiferencia o por los éxitos de aquellos que viven de un modo contrario al Evangelio.

49. Los laicos carmelitas comprenden y hacen patentes en sus vidas que, las actividades temporales y su mismo trabajo material, son participación en la obra siempre creadora y transformadora del Padre[89], verdadero servicio ofrecido a los hermanos y auténtica promoción del hombre[90]. Testigos en medio de un mundo que no percibe plenamente, o que rechaza totalmente, el íntimo y vital vínculo con Dios[91] en su realidad cotidiana, reconocen y comparten con simpatía las esperanzas y aspiraciones profundas del mismo, porque están llamados a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”[92] y anuncian al pueblo la ciencia de la salvación[93].
 



Parte II: Estatutos generales

I. Estructuras: Características generales

50. La Tercera Orden Carmelita (TOC), o bien, Orden Carmelita Seglar (OCS), es una asociación pública [94] de laicos de carácter internacional, erigida por privilegio apostólico[95], con el fin de tender a la perfección cristiana y dedicarse al apostolado[96], al menos ofreciendo su oración y su sacrificio por las necesidades de la Iglesia, participando en medio del mundo del carisma de la Orden del Carmen, que se propone realizar la vida según el Evangelio con el espíritu de la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, bajo la suprema dirección de la misma Orden[97].

51. La Orden del Carmen se siente enriquecida por los fieles que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, y respondiendo a una llamada particular de Dios, prometen vivir su vida de acuerdo con las normas del Evangelio, libre y deliberadamente, según el espíritu del Carmelo. La Tercera Orden Carmelita, así como las distintas formas del Laicado carmelita, influye de una manera propia en la estructura y en el espíritu de toda la Familia Carmelita. La Orden se compromete a ayudarles a alcanzar el fin que se han fijado: sanar y desarrollar la sociedad humana con la levadura del Evangelio[98].

52. La Tercera Orden Carmelita, o bien, la Orden Carmelita Seglar, junto con otros grupos comunitarios de personas que se inspiran en la Regla del Carmelo, en su tradición y en los valores expresados en su espiritualidad carmelita, constituyen en la Iglesia la Familia Carmelita[99].

53. Al Prior General de la Orden del Carmen, como padre espiritual, cabeza y vínculo de unidad de toda la Familia Carmelita, compete el asegurar eficazmente el bien espiritual de la Tercera Orden y promover el incremento y vitalidad de la misma[100] por medio de un Delegado General para el laicado carmelita[101].

Vida en fraternidad

54. La Tercera Orden se compone de grupos, que podemos llamar fraternidades carmelitas seglares, regidas por los mismos seglares, según las normas de esta Regla y de los Estatutos de cada fraternidad, bajo la dirección suprema de los Superiores de la Orden o de sus delegados[102].

55. Algunos miembros de la Tercera Orden Carmelita, según la antigua tradición, están llamados a vivir en una fraternidad organizada con Estatutos particulares.

56. Las fraternidades son erigidas canónicamente por el Prior General con el consentimiento de su Consejo, previo consentimiento escrito del Prior Provincial o del Obispo Diocesano. Sin embargo, el permiso dado por el Obispo diocesano para la erección de una casa de la Orden, lleva consigo también la facultad para erigir una fraternidad de la Tercera Orden, en la misma casa o en la iglesia anexa[103].

Atención espiritual

57. Con el fin de favorecer que los laicos carmelitas se inserten cada vez más en la Orden y en la Iglesia, el Consejo General[104] y, de modo particular, los Priores Provinciales, personalmente o a través de sus delegados, según esté previsto en los Estatutos de cada Provincia, son los que atenderán espiritualmente a la Tercera Orden[105]. Pongan especial solicitud para que cada una de las fraternidades de la Tercera Orden que se hallen en el ámbito de sus respectivas competencias, estén penetradas del espíritu genuino del espíritu del Carmelo[106] y cuiden para que los miembros de la Tercera Orden, en el desarrollo de su actividad, sean fieles a los principios y directivas de la Orden. Procuren también que cada una de las fraternidades presten su ayuda en las actividades apostólicas de la Diócesis en la cual están erigidas, actuando bajo la dirección del Ordinario del lugar, junto con las demás asociaciones de fieles orientadas a la misma finalidad, en el territorio de dicha diócesis[107].

58. Los Asistentes espirituales serán, generalmente, sacerdotes de la Orden. Cuando no sea posible nombrar dicho Asistente para la fraternidad, el servicio para la asistencia espiritual puede ser confiado a un religioso o religiosa de una comunidad perteneciente a la Orden, a bien a otros sacerdotes, preferentemente miembros de la Tercera Orden y capaces de desarrollar esta misión de acuerdo con el espíritu carmelita. Los Asistentes serán nombrados por el Prior General o por el Prior Provincial, después de haber oído a los oficiales mayores de cada fraternidad [108], por un tiempo determinado de cinco años, renovables [109]. Si se trata de un sacerdote que no es carmelita, hace falta el beneplácito de su Ordinario.

Gobierno

59. El Órgano supremo de gobierno es la Asamblea General de la asociación, o bien de la fraternidad, formada por todos los miembros. Los Estatutos respectivos establecerán las competencias y el modo de actuar de la Asamblea.

60. Cada fraternidad estará dirigida por un Consejo. Dicho Consejo estará compuesto por el Asistente espiritual, por el Moderador (o Responsable) y por dos o más Consejeros (no más de cuatro), según el número de miembros que compongan la fraternidad y por cuanto esté establecido en los Estatutos locales. El responsable de la Formación también forma parte del Consejo.

61. Al Consejo compete, especialmente al Moderador, con la ayuda del Asistente espiritual, hacer todo lo que esté en su poder para promover los intereses de la fraternidad, a fin de que los miembros de la misma puedan responder del mejor modo a su vocación de laicos comprometidos en la construcción del Reino de Cristo, en sí mismos y en el mundo, según el espíritu y el carisma del Carmelo, al cual han sido llamados por el Espíritu, que distribuye los dones según su voluntad.[110] Esta tarea ha de desarrollarse con espíritu de servicio evangélico, evitando cualquier forma de poder despótico.

Elección de los oficiales

62. Los miembros del Consejo, excepto el Asistente espiritual, son elegidos por la Asamblea General de la fraternidad para un trienio. El Moderador necesita la confirmación del Prior General o del Prior Provincial[111].

63. Las elecciones de los miembros del Consejo serán presididas por el Asistente espiritual y se desarrollarán según el modo establecido por los Estatutos locales, respetando las normas establecidas por el derecho común de la Iglesia[112].

64. El Consejo designa a su vez al Secretario, al Tesorero y a otros eventuales cargos, según las necesidades y el número de miembros de la fraternidad. Los Estatutos locales determinarán las funciones de los distintos oficiales mayores, sus tareas y sus atribuciones; si está previsto por los mismos Estatutos, el Secretario y el Tesorero formarán parte del Consejo.

65. En circunstancias especiales, si lo exigieran graves motivos, la autoridad eclesiástica, esto es, el Prior General o el Provincial, puede designar un Comisario, que en su nombre dirija temporalmente la fraternidad[113].

66. El Moderador puede ser destituido, por justa causa, por quien lo ha confirmado, después de haber oído el parecer, tanto del mismo Moderador, como de los oficiales mayores de la fraternidad comunidad, según las normas de los Estatutos. El Asistente espiritual también puede ser destituido por quien fue nombrado, por una causa grave, a tenor de los cánones 192-195, observando las mismas condiciones[114].

Administración de bienes

67. Tanto la Tercera Orden Carmelita en cuanto tal, como cada una de las fraternidades de terciarios del Carmelo constituidas canónicamente, adquieren la personalidad jurídica con el decreto de erección, según las normas del Derecho canónico, y reciben la misión para los fines que se proponen alcanzar en nombre de la Iglesia, como está prescrito,[115].

68. La Tercera Orden Carmelita, así como cada una de las fraternidades, en cuanto personas jurídicas públicas, son sujetos capaces de adquirir, poseer, administrar y enajenar bienes temporales a tenor del Derecho canónico[116]; todos sus bienes, son bienes eclesiásticos y se rigen por el derecho común de la Iglesia, así como por los propios Estatutos[117], que en sintonía con el derecho citado, deben determinar el modo de administrar los mismos.

69. Los Estatutos de cada una de las fraternidades deberán prever a quién corresponde la administración de los bienes. Esta persona puede realizar todos los actos de administración ordinaria. Para realizar actos de administración extraordinaria es necesario:
a) la autorización del Prior General de la Orden del Carmen con el consentimiento de su Consejo,
b) así como la licencia de la Santa Sede para aquellos actos cuyo valor supere la suma fijada por la Santa Sede o tenga por objeto, bienes de valor artístico, histórico o donados a la Iglesia “ex voto”.[118]

70. Tanto el patrimonio de la Tercera Orden, como el de cada una de las fraternidades, está constituido por los bienes muebles e inmuebles que les han llegado de modos diversos y, en particular, por las aportaciones hechas a los miembros individualmente o por bienhechores, por los ingresos de las actividades desarrolladas, por limosnas, donaciones, herencias, legados y adquisiciones, dirigidas a la misma.

Extinción y supresión

71. Una fraternidad puede ser suprimida, por causas graves, por el Prior General con consentimiento de su Consejo, previa consulta al Prior Provincial y a los oficiales mayores de la fraternidad. Los Estatutos locales establecerán el procedimiento de la eventual extinción, de otro modo regirán las normas del derecho común.[119] Es necesario hacer siempre una consulta previa a las autoridades competentes de la Orden.

72. En caso de supresión o extinción de una fraternidad de la Tercera Orden, los bienes y derechos patrimoniales e, igualmente las cargas económicas de la fraternidad suprimida o extinguida, pasan a la inmediata persona jurídica superior y, si ésta no existe, a la Provincia de la Orden en cuyo ámbito se encuentra la misma; si la fraternidad se encuentra, por el contrario, fuera de cualquier Provincia, los bienes y derechos patrimoniales pasan a la misma Orden[120].

Derecho propio y su interpretación

73. Las fraternidades de terciarios se rigen por esta Regla, aprobada por la Santa Sede; no obstante esto, es aconsejable que, tanto a nivel nacional, como provincial o local, se redacten Estatutos particulares en los cuales estén reflejados los aspectos propios del lugar. Los mismos han de ser aprobados por la autoridad competente de la Orden[121], es decir, por el Prior General o el por el Prior Provincial, con el consentimiento de los respectivos Consejos, según cuanto esté establecido en los Estatutos.

74. Es loable, para una mutua colaboración entre las diversas fraternidades, la institución de Consejos a distintos niveles: regionales, nacionales e internacionales. Estos se regirán por Estatutos propios aprobados por la autoridad competente de la Orden.’

75. La autoridad competente para interpretar auténticamente las normas de esta Regla es la Santa Sede. El Prior General de la Orden, con el consentimiento de su Consejo, puede dar una interpretación práctica cada vez que esto sea necesario.

II. Pertenencia y formación

Admisión

76. Pueden formar parte de la Tercera Orden Carmelita aquellas personas que cumplan las condiciones siguientes: profesen la fe católica, vivan en comunión con la Iglesia, tengan buena conducta moral[122], acepten esta Regla y deseen vivir y obrar según el espíritu del Carmelo. Los sacerdotes diocesanos pueden ser miembros de la Tercera Orden Carmelita y participar en ella con pleno derecho, menos en el aspecto laical, por la razón y medida que dicha característica no es compatible con el estado clerical.

77. Aquellos que solicitan el ingreso serán admitidos en la Tercera Orden y adscritos a una fraternidad por el Asistente de la misma o por el Prior Provincial del cual depende, o por el Prior General o por su Delegado, con el consentimiento de sus respectivos Consejos, salvo el n. 82.

78. Aquellos que vivan lejos de una fraternidad y no puedan participar en la vida de la misma, pueden ser admitidos en la Tercera Orden por razones particulares, aún cuando no estén adscritos a una fraternidad determinada, con tal que, salvo las normas concernientes a la admisión y profesión, vivan según la Regla de la Tercera Orden del Carmelo y bajo la dirección de los superiores o del propio confesor. No obstante, se recomienda un contacto frecuente con el Asistente de la fraternidad más cercana. Los respectivos Estatutos establecerán lo relativo a su formación, tanto inicial como permanente.

79. Los candidatos a la Tercera Orden Carmelita deberán ser católicos practicantes, tener al menos 18 años de edad, si los Estatutos no determinan otra cosa, y presentar una carta de recomendación del párroco o de otro sacerdote que los conozca; nada impide que pertenezcan a otra Tercera Orden o a otras Asociaciones[123], si los Estatutos no determinan otra cosa.

Formación

80. Después de un adecuado período de discernimiento establecido por los Estatutos, los candidatos sarán admitidos al período de formación espiritual, a tenor de los mismos Estatutos.

81. Dicho período de formación inicial durará un año, al menos, durante el cual los candidatos estudiarán y vivirán la Regla de la Tercera Orden, conocerán la espiritualidad y la historia carmelitas, así como las grandes figuras de la Orden, bajo la guía del responsable de la formación, el cual, junto con todo el Consejo, tendrá la responsabilidad de asegurar una instrucción suficiente, recurriendo a los medios y a las personas oportunas.

82. Al término de dicha preparación, el Consejo puede invitar a cuantos se sientan movidos por el Espíritu Santo, a unirse a Dios más estrechamente mediante los vínculos de los votos o de las promesas, que les impulsarán a poner en práctica plenamente el Evangelio de un modo más eficaz, según el espíritu del bautismo y según las directrices de la Regla. Para la admisión a los votos, o a las promesas, se deberá seguir lo que ya está establecido en el n. 77.

Profesión

83. La profesión se hará según el Ritual propio de la Tercera Orden.

a) La primera profesión se hará por un período de tres años, durante los cuales los hermanos y/o las hermanas vivirán plenamente la vida de la comunidad, continuando, sin embargo, el proceso de formación y profundizando en los distintos aspectos de la vida carmelita.
b) Al término de los tres años, previo discernimiento y aprobación del Consejo de la fraternidad, el hermano o la hermana podrán emitir su profesión final o perpetua.
c) Se aconseja que cada año, con ocasión de la Conmemoración Solemne de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, nuestra Madre y Hermana, los miembros de la Tercera Orden renueven su profesión, personal o comunitariamente.

84. La inserción visible en la Tercera Orden podrá hacerse con la entrega del hábito tradicional o con la entrega del Escapulario. Los Estatutos locales deberán establecer sobre el uso al respecto.

85. Cada fraternidad deberá tener un Registro de los adscritos en el que se anotarán, los nombres, fecha de la profesión y otros datos que se crean convenientes.

86. Los miembros de las fraternidades pertenecientes a la Tercera Orden y destinados a las Sagradas Ordenes pueden, allí donde los Estatutos lo determinen, ser incardinados con la Ordenación diaconal a la Orden del Carmen tras una incorporación definitiva en la misma fraternidad de la Tercera Orden.[124] Desde ese momento dependen del Prior General como Ordinario suyo, salvo en lo concerniente a las obligaciones provenientes de su pertenencia a la fraternidad de la Tercera Orden. En tal caso, las relaciones entre el clérigo terciario y la Orden del Carmen, deberán estar determinadas por los Estatutos del grupo y aceptadas por el Prior General a través de un acuerdo especial.

87. Cada fraternidad establecerá un programa de formación permanente.

Apostolado

88. Los miembros de la Tercera Orden Carmelita están llamados al apostolado de diversas formas: desde la oración al compromiso corresponsable en las diversas actividades eclesiales e, incluso, hasta el ofrecimiento de los propios sufrimientos en unión a Cristo.

89. Los Estatutos locales establecerán las modalidades de las actividades apostólicas. Éstas se pueden concretizar dentro de las más variadas formas que la vida moderna necesita y ofrece. Mediante la acción común, los laicos carmelitas tenderán a incrementar una vida más perfecta. Algunos podrán comprometerse en la promoción del mensaje cristiano, otros en la realización de obras apostólicas, de evangelización, de piedad y de caridad, siempre con el fin de animar el orden temporal a través del espíritu cristiano[125]. También el trabajo o la profesión, ejercitados ya sea individualmente, en grupo o en comunidad, pueden ser una forma de poner en práctica la llamada al apostolado.

Derechos y obligaciones

90. Todos los miembros de la Tercera Orden Carmelita tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones, establecidos por los Estatutos provinciales o locales.

91. Los terciarios carmelitas deberán reunirse periódicamente, según los tiempos y modos establecidos por los Estatutos, para formar juntos una fraternidad en medio de la cual la Palabra de Cristo habite abundantemente; para exhortarse mejor a la asimilación del carisma propio de la Orden, a la cual pertenecen, a fin de llegar a ser miembros vivos de la Iglesia; para participar en las aspiraciones, en las iniciativas o en las actividades de toda la Familia Carmelita, a fin de que ésta pueda ejercitar en el cuerpo de Cristo la misión que el Señor le encomienda constantemente.

92. Las fraternidades deberán establecer en sus Estatutos locales el modo de atender espiritualmente a los hermanos o hermanas ancianos o enfermos.

93. Se inspirarán gustosos para esto, en la espiritualidad y en las enseñanzas de los grandes santos que Dios ha suscitado en el Carmelo.

94. Cualquiera puede abandonar libremente la Tercera Orden Carmelita, presentando la solicitud por escrito al Consejo, el cual está autorizado para aceptarla. Igualmente, los miembros pueden ser expulsados por causa grave, es decir, por las razones establecidas por el derecho común e, igualmente, por una repetida e injustificada infracción de las propias obligaciones. La decisión compete al Consejo a tenor de los Estatutos, después de haber oído y amonestado al interesado. Éste tiene siempre el derecho de recurrir a la autoridad eclesiástica competente, es decir, al Prior General o al Provincial[126].

Epílogo

Los miembros de la Tercera Orden Carmelita pongan todo su empeño en encarnar en ellos la vocación carmelita expuesta en esta Regla. Emprendan el breve y único viaje [127] de la vida terrena como un grupo de ciudadanos cuya patria es el cielo[128], tratando de comprender, con el auxilio de los santos, todas las dimensiones de la caridad de Cristo que sobrepasa toda ciencia[129]; apresurándose, con fervientes aspiraciones y vivo deseo, a alcanzar aquel lugar que el Señor, cuando partió de este mundo, nos prometió prepararnos[130]. Arraigados y fundados en la Caridad, siempre vigilantes y teniendo en las manos las lámparas encendidas, conscientes que “a la tarde serán examinados en el amor”[131], multipliquen los talentos propios a fin de que a la hora de la muerte merezcan oír la invitación a entrar en el gozo de su Señor[132].




Notas

[1] Regla Carmelita, 2; cfr. Heb 1,1.
[2] cfr. Juan Pablo II, Carta a la Orden: Con gran alegría, 1.
[3] cfr. J. Chalmers, Carta a la Familia Carmelita: En la tierra del Carmelo, nn. 41-42.
[4] cfr. Dei Verbum, 2.
[5] cfr. S. Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, II, 22, 5-6.
[6] cfr. Dei Verbum, 2.
[7] cfr. Lumen Gentium, 2; 4.
[8] Lumen Gentium, 1; 13.
[9] cfr. Lumen Gentium, 41.
[10] cfr. Lumen Gentium, 43.
[11] cfr. Apostolicam Actuositatem, 4
[12] Urbano IV, bula Ex vestrae religionis, 5 agosto 1262, edición del texto en: Bull. Carmel., I, p. 523.
[13] No solamente eran célibes o solteros, sino también personas casadas que observaban libremente la continencia períodica, p. ej. en tiempo de Cuaresma, etc.
[14] cfr. Lumen Gentium, 31.
[15] cfr. Christifideles laici, 34.
[16] El llamado «altius moderamen» o sea «alta dirección» de la cual habla el CIC de 1983 en el can. 303; cfr. también Communicationes 18 (1986), p.232. Se trata de un término técnico que significa que la Tercera Orden Carmelita depende de algún modo de la “primera” Orden.
[17] cfr. can. 317 § 3.
[18] cfr. Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, Ofrenda de mí misma como Víctima de Holocausto al Amor Misericordioso del Buen Dios.
[19] cfr. Mt 22, 37.
[20] cfr. Mt 6, 24.
[21] cfr. Mt 22, 9.
[22] cfr. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción, Caminar desde Cristo,
n 31.
[23] Vita consecrata, 55.
[24] cfr. Os 2,16; Jn 6,43.
[25] cfr. Ratio institutionis vitae carmelitanae 2000, n. 29.
[26] cfr. Misal propio de la Orden del Carmen, Colecta de la Misa del 16 julio, Conmemoración Solemne de la B.V.María del Monte Carmelo.
[27] Regla, 2.
[28] Gal 2, 20.
[29] Regla, 15.
[30] cfr. Rom 5, 5.
[31] cfr. Rom 2, 3-8; Lumen Gentium, 32; Vita consecrata 31.
[32] cfr. Ratio institutionis vitae carmelitanae 2000, n. 3.
[33] El texto original dice: «une humanité en surcroît» ; Bta. Isabel de la Trinidad, Elevación a la Santísima Trinidad “¡Oh Dios mio, Trinidad a quien adoro”!
[34] Ef 1,12; 14; como firmaba la Beata Isabel de la Trinidad hacia el final de su vida, p.ej. Carta 280.
[35] cfr. Apostolicam Actuositatem, 1.
[36] cfr. Apostolicam Actuositatem. 2; 3.
[37] Sacrosanctum Concilium, 14.
[38] cfr. Lumen Gentium, 34.
[39] cfr. Lumen Gentium., 1.
[40] cfr. Christifideles laici, 14.
[41] cfr. Lumen Gentium, 12.
[42] cfr. Hch 2, 17-18; Hch 9, 10; Christifideles laici, 14.
[43] cfr. Rom 6,12.
[44] cfr. Mt 25, 40.
[45] cfr. Christifideles laici, 17.
[46] J. Chalmers, En la tierra del Carmelo, carta a la Familia Carmelita, n. 40.
[47] cfr. Lumen Gentium 31; 36.
[48] cfr. Apostolicam Actuositatem 7; Gaudium et Spes, 30.
[49] cfr. Constituciones 1995, n. 28. Sobre la participación de los laicos en el carisma y en la misión de los religiosos cfr. Christifideles laici, 29; Vita consecrata, 54 -56.
[50] cfr. Juan Pablo II, Exhort. ap.: Familiaris consortio, 72.
[51] Juan Pablo II, Carta ap.: Novo millennio ineunte, 31.
[52] Ratio institutionis vitae carmelitanae 2000, n. 4, cfr. Constituciones 1995, n. 14.
[53] Misal propio de la Orden del Carmen, Colecta de la Misa del 16 julio, Conmemoración Solemne de la B.V. María del Monte Carmelo.
[54] Juan Pablo II, Carta a la Orden: Con gran alegría , 3.
[55] cfr. Apostolicam Actuositatem, 4; Christifideles laici, 32.
[56] cfr. Lc 1,49-56.
[57] cfr. Lc 2,19.51.
[58] cfr. Pablo VI, Exhort ap.: Marialis cultus, 35.
[59] cfr. Jn 2,1-12.
[60] cfr. Apostolicam Actuositatem, 4.
[61] cfr. Juan Pablo II, Carta enc.: Redemptoris missio, 40.
[62] cfr. B. M. Xiberta, Amando se constringit amari, in: Charlas a las contemplativas, 33, Barcelona, 1967, p. 195; Amando si fa amare, in: I trionfi della Bruna, junio 1951, p. 5-6.
[63] B. M. Xiberta, Charlas a las contemplativas, 4, Barcelona, 1967 p. 15.
[64] cfr. 1Re 17-19.
[65] Sta. Teresa de Jesús, Vida 8, 5.
[66] Sta. Teresa de Jesús, Castillo interior IV, 1, 7.
[67] Titus Brandsma, Note per un ritiro, in S. Scapin, Nella notte la libertà. Tito Brandsma giornalista martire a Dachau con una antologia dei suoi scritti, Roma 1985, p. 198.
[68] Juan Pablo II, Carta a la Orden: Con gran alegría , 3.
[69] Presbyterorum Ordinis, 5.
[70] cfr. Misas de la B. V. Maria. Formularios para el año litúrgico: Introducción n. 17.
[71] Mt 6,6; cfr. Constituciones 1995, n. 77.
[72] Lc 18,1.
[73] 1Ts 5,17.
[74] cfr. Pio XII, Carta a la Orden: Neminem profecto latet.
[75] cfr. Juan Pablo II, Carta a la Orden: El acontecimiento providencial, 5.
[76] Juan Pablo II, Carta a la Orden: El acontecimiento providencial, 5.
[77] cfr. Constituciones 1995, n. 86; Pablo VI, Exhort. ap.: Marialis cultus, 45; Juan Pablo II, Carta ap.: Rosarium Virginis Mariae, 5; 10.
[78] J. Chalmers, En la tierra del Carmelo, carta a la Familia Carmelita, n. 47.
[79] cfr. Christifideles laici, 32-44; Redemptoris missio, 71-72; Vita consecrata, 54-56.
[80] cfr. Apostolicam Actuositatem, 2.
[81] J. Chalmers, En la tierra del Carmelo, carta a la Familia Carmelita, n. 46.
[82] Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, Manuscrito B. Carta a Sor María del Sagrado Corazón, 254.
[83] cfr. Lumen Gentium, 31; Christifideles laici, 15.
[84] cfr. Christifideles laici, 42
[85] cfr. S. Maria Magdalena de Pazzi, Renovatione della Chiesa, (Tutte le opere, VII), 34, 82.
[86] Ef 1, 6.12.14; cfr. También la nota 31: frase de la Beata Isabel de la Trinidad.
[87] cfr. Apostolicam Actuositatem, 6.
[88] cfr. 1Re 19,1-18.
[89] cfr. Gaudium et Spes, 34.
[90] cfr. Gaudium et Spes, 35.
[91] cfr. Gaudium et Spes, 19.
[92] Mt 5,13-14.
[93] cfr. Lc 1,77.
[94] can. 301 § 3.
[95] can. 312 § 1, 3°; Nicolás V, bula Cum nulla fidelium, 7 octubre 1452 – edición del texto en: Bull. Carmel. I, pp. 233 – 234; Analecta Ord.Carm.17 (1952) 6; Sixto V, bula Dum attenta, 28 noviembre 1476, edición del texto in : Bull. Carmel. I, pp. 320 – 346.
[96] can. 298 § 1.
[97] can. 303; cfr. también la nota 16.
[98] cfr. Constituciones 1995, n. 109.
[99] cfr. Constituciones 1995, n. 28.
[100] cfr. Constituciones 1995, n. 275.
[101] cfr. Constituciones 1995, n. 109.
[102] can. 303.
[103] can. 312 § 2.
[104] cfr. Constituciones 1995, n. 303.
[105] cfr. Constituciones 1995, n. 109.
[106] can. 677 § 2.
[107] can. 311.
[108] can. 317 §§ 1 e 2.
[109] cfr. Pontificio Consejo para los Laicos: Los sacerdotes en las asociaciones de fieles. Identidad y misión, 8.5, en: Enchiridion Vaticanum. 7, n. 1380.
[110] cfr. Heb 2,4.
[111] can. 317 §§ 1 e 2.
[112] can. 119, n. 1.
[113] can. 318.
[114] can. 318 § 2.
[115] can. 313.
[116] can. 1255.
[117] cann. 1257 y 319.
[118] cann. 1291 y 1292.
[119] cann. 120 y 320.
[120] can. 123.
[121] can. 314.
[122] can. 316 § 1.
[123] can. 307 § 2.
[124] can. 266 § 2.
[125] can. 298 § 1.
[126] cann. 308 e 316 § 2.
[127] Heb. 9,27; Lumen Gentium, 48.
[128] Flp.3,20.
[129] Ef.3,17-19.
[130] Jn.14,2-3; Heb.4,11.
[131] S. Juan de la Cruz, Dichos de luz y de amor. Avisos y sentencias, 59.
[132] cfr. Mt, 25, 23.
 

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