Índice
Decreto de
promulgación
Decreto de aprobación
Prólogo
Parte I: Espiritualidad y Carisma
Vocación a la santidad
Tercera Orden Carmelita Seglar
Vínculos con el Carmelo
Vocación particular del laico carmelita
Participación en la misión de Jesús
Nota
de secularidad
Participación en el carisma de la Orden
La
dimensión contemplativa de la vida
María y Elías: presencia, inspiración y guía
Vida de oración
Fraternidad
Servicio
Parte II: Estatutos generales
I.
Estructuras: Características generales
Vida en fraternidad
Atención espiritual
Gobierno
Elección de los oficiales
Administración de bienes
Extinción y supresión
Derecho propio y su interpretación
II. Pertenencia y formación
Admisión
Formación
Profesión
Apostolado
Derechos y obligaciones
Epílogo
Notas
La Regla de la Tercera Orden Carmelita ha sido
publicada en inglés, español, italiano, portugués y francés.
Para posibles pedidos y más información dirigirse:
Edizioni Carmelitane.
Derechos del Autor 2003. Todos los derechos son
reservados. Ni la totalidad, ni parte de este documento pueden
reproducirse, registrarse o transmitirse, por un sistema de
recuperación de información, en ninguna forma, ni por ningún
medio, sea electrónico, mecánico, fotoquímico, magnético o
electoóptico, por fotocopia, grabación o cualquier otro, sin
permiso previo por escrito de los titulares:
Edizioni Carmelitane,
Via Sforza Pallavicini, 10, 00193 Roma, Italia.
Decreto de
promulgación
Curia Generalizia dei Carmelitani
Via Giovanni Lanza, 138
00184 Roma, Italia.
Prot. 115/2003
16 de julio 2003
Solemne Conmemoración de
Nuestra Señora del Monte Carmelo
A mis hermanos carmelitas:
El texto de la Regla de la Tercera Orden
Carmelita, que tengo el gusto de presentar, ha tenido una larga
historia. El primer texto de la misma fue escrito por el Beato
Juan Soreth. A él fue a quien el Papa Nicolás V dirigió la
famosa Bula “Cum Nulla” por la que se aprobaba que los laicos
entraran a formar parte de la Orden, viviendo nuestra
espiritualidad en su propio estado de vida. Después del Concilio
Vaticano II se determinó que se hiciera una revisión de la Regla
de la Tercera Orden. El proceso ha durado más de treinta años,
durante los cuales han sido muchos los laicos que han cooperado
en el mismo. El Capítulo General de 1995 nombró una Comisión
Internacional para que llevara a término dicho proceso. En el
Encuentro Internacional de Laicos Carmelitas, celebrado en Roma
durante el Año Jubilar 2000, fue presentado un nuevo texto; en
el documento final de dicho Encuentro fueron introducidas las
anotaciones y los comentarios de los participantes. El nuevo
Consejo General, elegido en el Capítulo General de 2001, redactó
el Documento final a fin de que pudiera ser presentado a la
Santa Sede para su aprobación. Dicha aprobación fue concedida el
11 de abril de 2003.
Ha sido un largo proceso que ha valido la pena, pues ahora
poseemos un magnífico documento que ayudará a los laicos
carmelitas a poder vivir en Obsequio de Jesucristo. En la
Carta que escribí para conmemorar el 550º aniversario de la
Bula “Cum Nulla” decía: “La Regla de San Alberto es un
documento carismático que está en el origen de cualquier
forma de vida carmelita. En este breve texto se encuentran,
en embrión, los elementos esenciales del carisma carmelita.
Estos elementos han sido elaborados en los años sucesivos y
principalmente a través de la tradición carmelita,
enriquecidos por la vida de muchas personas y, sobretodo, a
través de nuestros santos. Toda persona llamada a vivir el
carisma carmelita hace una aportación especial a la
tradición, que pasa a los demás. Los religiosos carmelitas
tienen las Constituciones y, a través de las mismas, la
Regla de San Alberto se aplica a las condiciones de vida de
nuestros días. Del mismo modo, la Tercera Orden tiene su
Regla, que de igual modo que las Constituciones de los
religiosos, trata de conectar el ideal carmelita y la
realidad presente de aquellos que han de vivirla”.
Promulgo, pues, con este Decreto la Regla de
la Tercera Orden Carmelita, también denominada Orden Seglar
Carmelita de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.
Entrará en vigor el día 8 de diciembre de 2003. El tiempo que
transcurra entre la promulgación y su entrada en vigor (vacatio
legis) es para dar la oportunidad de estudiarla y poder adaptar
los Estatutos locales a la misma, antes de que entre en vigor.
El texto de la Regla y su publicación se harán a través de
Internet, a fin de que pueda llegar al mayor número de personas
de la forma más rápida. La lengua original del texto de la Regla
de la Tercera Orden es la italiana, que es la oficial para casos
de dudas o interpretaciones. La Curia General se encargará de la
traducción a las otras dos lenguas oficiales de la Orden,
español e ingles, así como al portugués y al francés. Estas
traducciones serán insertadas tan pronto como sea posible en el
sitio Web de la Orden, a fin de que un gran número de laicos
carmelitas puedan acceder y tener conocimiento del texto de la
misma como fuente de inspiración para su propia vida en el
Carmelo.
La fecha de promulgación (16 de Julio) y la
fecha de entrada en vigor (8 de diciembre) han sido elegidas con
el fin de poner de relieve el lugar que ocupa Nuestra Santísima
Madre en la vida carmelita. María es la Madre y la Hermana de
todos los carmelitas, tanto de los consagrados en la vida
religiosa, como de aquellos que viven su vocación en el estado
laical. Que Ella nos enseñe a discernir más allá de todos los
acontecimientos de la vida y podamos descubrir a Dios en medio
del ambiente de trabajo, de tal modo que podamos dar Gloria a
Dios junto con Ella. Que Nuestra Madre del Carmen nos guíe a
todos para que podamos buscar y seguir fielmente a su Hijo.
Joseph Chalmers, O.Carm.
Prior General
El Prior General de la Orden del Carmen,
previo el consentimiento de su Consejo, ha presentado a la Sede
Apostólica el texto de la Regla de la Tercera Orden Carmelita, o
bien, Orden Carmelita Seglar de la Bienaventurada Virgen María
del Monte Carmelo, para pedir su aprobación.
La Congregación para los Institutos de Vida
Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, después de haber
examinado atentamente el mencionado texto, lo aprueba y lo
confirma con el presente Decreto, según el ejemplar redactado en
lengua italiana, que se conserva en su Archivo, observado cuanto
por derecho se debe observar.
¡Que los miembros de la Orden Carmelita
Seglar, junto con María, Reina del Carmelo, caminen por los
senderos de la historia, atentos a las necesidades humanas y
siempre dispuestos a compartir con el Señor el sacrificio de la
cruz y experimenten con El la paz de la vida nueva!
No obstante cualquier disposición en contra.
Vaticano, 11 de abril del 2003
Eduardo Card. Martínez Somalo, Prefetto
+ Piergiorgio Silvano, CP, Segretario
Prólogo
«Muchas veces y de diversos modos»
[1] el Señor ha inspirado, a través de la experiencia de vida de los
religiosos, diversas formas de espiritualidad entre los laicos,
ricas y atrayentes. El Carmelo constituye, desde hace siglos,
una vía privilegiada y segura de santidad para muchos laicos
[2].
La Regla de S. Alberto es como una fuente de la cual brota el
río del carisma. Los valores manifestados en ella han sido
traducidos en formas siempre nuevas y aptas, a fin de que los
laicos de distintos tiempos y lugares puedan encarnar también,
de modo concreto, el carisma del Carmelo, así como vivir su
espiritualidad en las formas que les son propias
[3].
Parte I: Espiritualidad y Carisma
Vocación a la santidad
1. Dios ha querido darse a conocer, se ha
revelado, implicando a la humanidad en un diálogo tejido de amor
y de misericordia [4].
Nos ha hecho conocer su deseo de comunión, llamando a hombres y
a mujeres a participar en su vida. Este proyecto se cumple, por
medio del Espíritu Santo, en Cristo, Palabra definitiva y
suprema del Padre[5],
fuera de la cual, Dios no tiene nada más que revelar. Dios
invisible, a través de Jesucristo, nacido de María, habla a los
hombres como a amigos y dialoga con ellos para admitirlos a la
comunión consigo mismo y hacerlos hermanos entre sí, con vistas
a la unidad en su Reino de todo el género humano.[6]
Los seres humanos son injertados en la vida divina por el
sacramento del bautismo y llegan a ser, por el Espíritu Santo,
hijos adoptivos del Padre y hermanos de Cristo[7],
capaces de formar parte de la inmensa
asamblea fraterna de la Iglesia, pueblo de Dios, "sacramento,
signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano."[8]
2. Por eso, todos los fieles de cualquier
estado o condición están llamados a la plenitud de la vida
cristiana y a la perfección de la caridad: por esta santidad se
promueve, incluso, en la sociedad terrena un modo de vida más
humano.[9]
Los consejos que Jesús propone a sus discípulos en el Evangelio
hacen posible un camino de santidad y de transformación para el
mundo, según el espíritu de las Bienaventuranzas. Estos se viven
de distintos modos en las diversas formas estables de vida,
suscitadas por el Espíritu Santo y aprobadas por la Iglesia.
3. En el cuerpo místico de Cristo, que es la
Iglesia, el mismo y único Espíritu ha suscitado de diversas
formas una variedad de dones y carismas, como aquellos de las
distintas familias religiosas, los cuales ofrecen a sus miembros
las ventajas de una mayor estabilidad en el modo de vivir y una
doctrina confirmada por la experiencia y la vida de
personas santas, a fin de que puedan alcanzar la perfección
evangélica en comunión fraterna, en el servicio de Cristo y en
una libertad fortalecida por la obediencia[10].
4. Algunos laicos participan en el carisma de
las familias religiosas, patrimonio común del pueblo de Dios,
por medio de una vocación y por una llamada particular, que se
convierte para ellos en una fuente de energía y en una escuela
de vida. La misma Iglesia los aprueba y los anima a ello,
invitándolos a esforzarse para asimilar fielmente las
características de la espiritualidad propia de dichas familias[11].
Tercera Orden Carmelita Seglar
5. La Orden de los Hermanos de la
Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo surgió, hacia
finales del siglo XII y principio del XIII, de un grupo de
hombres que, atraídos por el reclamo evangélico de los Santos
Lugares, se “consagraron a Aquel que había derramado allí su
Sangre”[12]
por medio de una vida de penitencia y de oración. Se
establecieron en el Monte Carmelo, junto a la Fuente de Elías, y
recibieron, a petición de ellos, una Forma de vida de Alberto,
Patriarca de Jerusalén(1206-1214), que los constituyó en una
única comunidad de eremitas, en torno a un oratorio dedicado a
María. Tras la confirmación por parte de Honorio III (1226) y de
Gregorio IX (1229), Inocencio IV (1247) completó su camino
fundacional y, con algunas modificaciones de la Forma de vida,
los incluyó entre las nacientes Ordenes de Fraternidad
Apostólica (Mendicantes), invitándolos a que unieran a la vida
contemplativa, la solicitud por la salvación del prójimo.
6. Una vez establecidos en Europa, los
frailes acogieron a seglares junto a sus conventos, los cuales
fueron considerados, en cierto modo, como carmelitas. Se
llamaban “oblatos” o “donados”, porque donaban sus bienes al
convento, del cual luego dependían para su propio sustento. La
mayor parte de ellos, al ser mujeres, necesitaban tener casas
propias. Se llamaban también “mantelados” porque llevaban un
hábito semejante al de los frailes.
7. Con el tiempo, estos seglares fueron
organizados en grupos homogéneos, con obligaciones semejantes a
las de los frailes. La primera aprobación jurídica eclesiástica
fue en virtud de la Bula Pontificia «Cum nulla», dada por el
Papa Nicolás V el 7 de octubre de 1452. Dicha bula puso las
bases – a través de varias etapas de desarrollo – de la Segunda
y Tercera Orden. La bula autoriza a los superiores de la Orden a
dirigir a grupos diversos de mujeres y a determinarles el género
de vida. La concesión contenida en la bula «Cum nulla» se hizo
más explícita, posteriormente, con la bula «Dum attenta» de
Sixto IV, del 28 de noviembre de 1476. Estos dos documentos
pontificios son la base de la estructura actual de la Familia
Carmelita.
8. La bula «Cum nulla» reconoció la
existencia de distintos grupos, con votos solemnes o con votos
simples. Algunas de estas mujeres, que podían vivir solas fuera
del convento, fueron identificándose gradualmente como el tercer
grupo de la Familia Carmelita y, por lo tanto, comenzaron a ser
llamadas “terciarias”. El Papa Sixto IV permitió a la Orden del
Carmen, en el año 1476, que pudiera organizar los distintos
grupos laicales, como ya lo hacían las Terceras Ordenes de las
Ordenes Mendicantes.
9. Al mismo tiempo surgieron cofradías que
solicitaban poder gozar de los privilegios del Escapulario. El
Prior General, Teodoro Straccio (1632 – 1642), trató de aclarar
la situación estableciendo una Tercera Orden de los
“continentes”
[13] en la cual, los hermanos y hermanas emitían los votos
de obediencia y de castidad según el propio estado, mientras que
los demás seglares se podían afiliar a las cofradías del
Escapulario.
10. Durante los siglos XIX y XX se trató de
favorecer el aspecto “seglar” de los terciarios. Esta dimensión
ha alcanzado su cima con la Regla aprobada después del Concilio
Vaticano II. La misión a la que los terciarios están llamados,
hoy, es la de iluminar y dar el justo valor a todas las
realidades temporales, de manera, que sean realizadas según los
valores proclamados por Cristo y sirvan para alabanza del
Creador, del Redentor y del Santificador[14],
en un mundo tan secularizado, que parece que vive y actúa como
si Dios no existiese. De ellos se espera un implicación en la
nueva evangelización, que tanto preocupa a la Iglesia entera:
esto es, que traten de superar en sí mismos la ruptura entre el
Evangelio y la vida. Hagan, pues, todo el esfuerzo posible, en
medio de su multiforme actividad diaria, en la familia, en el
trabajo, en la sociedad, para que se pueda restablecer la unidad
entre una vida que halla en el Evangelio su inspiración y la
fuerza que la realiza en plenitud[15].
Vínculos con el Carmelo
11. Los miembros de la Tercera Orden
reconocen al Prior General como padre espiritual, así como
cabeza y vínculo de la unidad; ellos reciben de la Orden la
dirección y el empuje dirigidos a promover, estimular y
favorecer la consecución de los fines de la Tercera Orden
Carmelita[16] y también dándoles amplia autonomía de iniciativa y de dirección
en cada una de las fraternidades, según sus propios Estatutos[17].
Son los terciarios los que han de elegir a sus propios
dirigentes, asistidos espiritualmente y ayudados por el servicio
paterno de algún sacerdote, carmelita o no, o también de algún
religioso o religiosa carmelitas.
12. El vínculo
fundamental del terciario con el Carmelo es la profesión. Este
compromiso se expresa con una adecuada forma de promesa, o en
otros casos, como es costumbre según nuestra antigua tradición,
con la emisión de los votos de obediencia y castidad según las
obligaciones del propio estado. De esta forma, el terciario se
consagra más profundamente a Dios, a fin de poder ofrecerle un
culto más intenso. Con la profesión, de hecho, el terciario
trata de intensificar las promesas bautismales de amar a Dios
por encima de todas las cosas y de renunciar a Satanás y a sus
seducciones. La originalidad de esta profesión se halla en los
medios que se eligen para alcanzar la plena conformidad con
Cristo. Más aún, el carmelita sabe que se presenta ante el Señor
con las manos vacías, pero deposita todo su amor confiado en
Cristo Jesús, que se convierte para él en su santidad, en su
justicia, en su amor, en su corona.[18] El núcleo central del mensaje de Jesús – amar a Dios con todo el
ser y al prójimo como a sí mismo – exige del terciario una
afirmación constante de la primacia de Dios[19],
el rechazo categórico de servir a dos amos[20]
y la elección primaria del amor hacia los demás, que le permita
luchar contra toda forma de egoísmo[21]
y de repliegue en sí mismo.
13. El espíritu de los consejos evangélicos,
común a todo cristiano, se convierte para el terciario en un
programa de vida que abarca el sector del poder, de la
sensualidad y de los bienes económicos. Son un imperativo para
no servir a falsos ídolos y conseguir la libertad para amar a
Dios y al prójimo por encima de todo egoísmo. La santidad, de
hecho, consiste en este doble precepto.
14. El terciario asume, mediante la
profesión, el compromiso de vivir radicalmente el Evangelio en
la condición de vida que le es propia. Al terciario se le
concede la libertad de poder emitir la profesión de dos maneras:
sin los votos, con el sólo compromiso de profesar esta Regla; o
con los votos. Los terciarios que emiten los votos están
llamados a la obediencia a los superiores de la Orden y a su
Asistente espiritual, en todo lo que se le mande en virtud de la
Regla y ordenado a su vida espiritual. Con el voto de castidad,
se comprometen a vivir esta virtud, según las obligaciones
propias de su estado.
15. Los terciarios reconocen a los carmelitas
consagrados en la vida religiosa, como guías válidos para su
vida espiritual. Son estos los que los acompañan en el camino, a
fin de que ellos puedan llegar a ser contemplativos y activos en
un mundo cada vez más complejo y exigente que, al mismo tiempo,
busca ávidamente los valores del espíritu. Por lo tanto, los
laicos deben ser acompañados para que puedan vivir el carisma
del Carmelo en espíritu y en verdad, abiertos a la obra del
Espíritu Santo, y tendiendo a una plena participación y comunión
en el carisma y en la espiritualidad del Carmelo, a través de
una nueva lectura carismática de su propia secularidad y con una
plena corresponsabilidad en la misión evangelizadora y en los
apostolados específicos del Carmelo. De este modo los terciarios
carmelitas seglares llegan a ser, de manera efectiva y con pleno
derecho, miembros de la Familia Carmelita[22].
16. Los carmelitas y las carmelitas que están
consagrados en la vida religiosa, reconocen las ventajas
espirituales y la riqueza que se derivan para toda la entera
familia del Carmelo de los laicos que, bajo la inspiración del
Espíritu Santo y con una respuesta a una llamada particular de
Dios, libre y deliberadamente, prometen vivir el Evangelio según
el espíritu del Carmelo. De hecho, su participación puede
aportar, como muchas experiencias pasadas nos enseñan, fecundas
profundizaciones en algunos aspectos del carisma, renovándolos e
impulsando a nuevos dinamismos apostólicos, mediante la
“preciosa contribución de su secularidad y del servicio
específico”.[23]
Vocación particular del laico carmelita
17. La vida espiritual - o vida según el
Espíritu – recibe su orientación de la iniciativa del Padre que
da a todo hombre o mujer, mediante el Hijo y en el Espíritu
Santo, su vida y su santidad, llamándolos a vivir en una
relación misteriosa de comunión con las Personas de la Santísima
Trinidad. Dios viene en busca de la persona, la atrae hacia Él y
hacia su Hijo[24];
el Espíritu la impulsa a volverse hacia El, a escuchar su voz, a
acoger la Palabra, a abrirse a su acción transformante. La
búsqueda de Dios en un laico carmelita, su obediencia a la
soberanía de Cristo, es una respuesta a su voz, en un amigable
diálogo establecido por la Palabra hecha carne con cada uno, al
cual es impulsado por el Espíritu Santo[25].
La subida ascética de un terciario carmelita comienza con el
acto de fe, que le permite acoger a Jesús y a su acontecimiento
Pascual como el sentido de su vida, recibir de Él sus líneas de
conducta y hacer de Él su centro, en vez de ponerlo en sí mismo.
Arraigados en el amor misericordioso de Dios, los laicos
carmelitas se disponen a la subida del Monte Carmelo, cuya cima
es Cristo Jesús[26].
18. La subida del Monte de un laico implica,
en primer lugar, seguir a Jesucristo con todo el ser y servirlo
“fielmente con corazón puro y buena conciencia”[27].
El espíritu de Jesús debería penetrar de tal manera su persona,
que pudiera repetir con San Pablo “no soy yo quien vivo, sino
que es Cristo quien vive en mí”[28],
de tal modo, que todo su obrar sea “en su Palabra”[29].
19. Jesucristo debe convertirse,
progresivamente, en la Persona más importante de su existencia.
Esto comporta una relación personal, ardiente, afectuosa,
constante con Él. Dicha relación, alimentada por la Eucaristía,
la vida litúrgica, la Sagrada Escritura, la oración en sus
diversas formas, incita al terciario a reconocer a Jesucristo en
el prójimo y en los acontecimientos diarios y lo impulsa a
testimoniar, por los caminos del mundo, la eficacia de su
presencia.
20. La llamada del Padre a seguir a Cristo,
gracias a la obra vivificante del Espíritu Santo, se realiza en
la plena pertenencia a la Iglesia. Por el sacramento del
bautismo, que nos hace a cada uno miembros del Cuerpo Místico de
Jesús, el terciario recibe la llamada a la santidad. Su mayor
dignidad consiste en poder gozar de la vida divina y del amor de
Dios, derramado en su corazón a través del Espíritu[30].
Así, junto con los otros hombres, según la vocación y los dones
de cada uno, puede contribuir a la obra grandiosa de la
edificación del único Cuerpo de Cristo[31].
21. La naturaleza humana, débil y limitada a
causa de sus miserias, se deja guiar así por la acción divina y
abraza una vida de conversión, cada vez más profunda. La
conversión comporta una nueva y radical orientación hacia una
transformación progresiva, la cual implica a la persona en toda
la vida y a cualquier nivel. Los terciarios, guiados por el
Espíritu, tratan de superar los obstáculos puestos en su camino
y tratan de mantenerse lejos de todo lo que pueda hacerles
desviar de su subida hacia la cima. Por otra parte, admitiendo
posibles limitaciones y resistencias, se comprometen a
emprender, sin hesitación y sin distorsiones, un camino gradual
hacia los ideales elegidos[32].
22. La “subida del Monte” implica la
experiencia del desierto, en el cual, la llama viva del amor de
Dios obra una transformación que hace apartarse al laico
carmelita de todo, purificando, incluso, la imagen que se ha
formado de Dios. Cuando se reviste de Cristo, es cuando comienza
a aparecer como su imagen viva, hecho en El una nueva criatura.
23. Esta transformación gradual hace capaz al
terciario de discernir los signos de los tiempos y la presencia
de Dios en la historia, fortaleciendo el sentido de hermandad y
el de un compromiso serio y decidido en favor de la
transformación del mundo.
Participación en la misión de Jesús
24. Los laicos carmelitas son partícipes por
el bautismo de la misión de Jesucristo y la continúan en la
Iglesia, llegando a ser de esta forma como “una humanidad
suplementaria»[33]
que se transforma en “alabanza de su gloria»[34].
A los laicos se les reconoce “una participación propia y
absolutamente necesaria” en esta misión[35]
25. Los laicos carmelitas están llamados a la
edificación de la comunidad eclesial en virtud del sacerdocio
bautismal y de los carismas recibidos,[36]
participando “responsable, consciente y fructuosamente” en la
vida litúrgica de la comunidad[37]
y comprometiéndose a que la celebración se prolongue en su vida
concreta. Se podría decir que los frutos de su encuentro con
Dios se manifiestan en todas la actividades, en las oraciones,
en las iniciativas apostólicas, incluso en la vida conyugal y
familiar, en el trabajo diario, en el reposo espiritual y
corporal y, por último, hasta en las mismas pruebas de la vida,
si son llevada con paciencia [38]
y – como nos enseñan los santos del Carmelo – acogidas con
gratitud.
26. Por la participación en el ministerio
profético de Cristo y de la Iglesia, el terciario se compromete
también, en medio de su labor profesional y de las actividades
seculares[39],
a asimilar el Evangelio en la fe y a anunciarlo con las obras.
Su compromiso llega hasta el punto de no dudar en denunciar el
mal con valentía[40].
Está llamado, además, a participar tanto del sentido de la fe
sobrenatural de la Iglesia, que no se equivoca al creer[41],
como de la gracia de la palabra[42].
27. Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey
del universo, participa en su ministerio real por el cual está
llamado al servicio del Reino de Dios y a su difusión en la
historia. La realeza de Cristo implica, ante todo, un combate
espiritual para poder vencer en nosotros la tiranía del pecado
[43].
Mediante el don de nosotros mismos, nos empeñamos en servir a
Jesucristo presente en todos los hermanos y hermanas y sobre
todo en los más pequeños [44]
y marginados, a través de la justicia y de la caridad,. Esto
quiere decir que hay que dar a la creación todo su valor
original. El terciario participa en el ministerio del poder real
con el cual Jesús Resucitado atrae hacía sí todas las cosas,
haciendo que la creación se oriente al verdadero bien de la
humanidad a través de una actividad sostenida por la gracia[45].
Nota de secularidad
28. “Todos los carmelitas se encuentran en
medio del mundo, pero la vocación del laico es la de transformar
el mundo secular.”[46]
Los terciarios, pues, en cuanto laicos comprometidos, se
caracterizan por esta nota de secularidad, por la que están
llamados a tratar correctamente de las cosas del mundo y a
ordenarlas según Dios. Viven su vida en el siglo, en medio del
pueblo, dedicados a las ocupaciones y a los oficios del mundo,
en medio de las condiciones y vicisitudes ordinarias de la
familia y de la sociedad. Están, pues, invitados por Dios a
contribuir a la santificación del mundo, comprometiéndose en su
trabajo con el espíritu del Evangelio y animados y guiados por
la espiritualidad carmelita. Su vocación es la de iluminar y la
de ordenar las actividades del mundo para que cumplan su fin,
según Cristo, y así puedan ser alabanza de la gloria del Creador[47].
29. No debería existir conflicto entre el
bienestar temporal y la realización del Reino de Dios, pues el
orden natural y el espiritual provienen de Dios. Sin embargo,
existe el peligro de hacer mal uso de los bienes temporales. Por
lo tanto, también ellos desean conseguir el ideal de hacer que
los descubrimientos de la ciencia y de la técnica sean dirigidos
a mejorar la situación material y espiritual de la vida humana
[48].
Participación en el carisma de la Orden
30. La Orden del Carmen está presente en la
Iglesia a través de los frailes, de las monjas de clausura, de
las religiosas de vida activa y de los laicos; todos participan
de modo diverso y gradual en el carisma y en la espiritualidad
propios de la Orden. Los laicos también pueden ser partícipes de
la misma llamada a la santidad y a la misión del Carmelo[49].
La Orden, al reconocer su vocación, los acoge, los organiza en
las distintas formas y modalidades que les son propias, les
comunica las riquezas de su espiritualidad y tradición,
haciéndolos partícipes, además de esto, de todos los beneficios
espirituales y de las buenas obras realizadas por los miembros
de la Familia Carmelita. La forma más completa y orgánica de
agregación para los laicos está constituida por la profesión en
la Tercera Orden Carmelita, por la cual se participa, según el
modo propio y especifico de los laicos, en el carisma de la
Orden. El Carmelo favorece la pertenencia de matrimonios,
familias y jóvenes, que deseen conocer y vivir la espiritualidad
carmelita, incluso, con formas nuevas[50],
presentando a la Tercera Orden Carmelita como la forma estable y
reconocida de agregación, que puede recibir nueva savia al
confrontarse con dichas iniciativas. El carisma carmelita,
experimentado desde hace siglos y en distintas culturas y
tradiciones, ofrece una vía segura para alcanzar la santidad,
entendida como “«medida alta» de la vida cristiana ordinaria”[51].
31. El Carmelo ha hecho explícito el propio
carisma de una forma sintética, expresada en sus recientes
documentos, haciéndose eco del camino abierto por el Concilio
Vaticano II, en estos términos: “vivir en obsequio de Jesucristo
en actitud contemplativa, que plasma y sostiene nuestra vida de
oración, de fraternidad y de servicio”[52].
Reconocemos en la Virgen María y en el Profeta Elías los modelos
inspiradores y ejemplares de esta experiencia de fe, guías
seguros para los arduos senderos que llevan hasta la “cima del
monte, Cristo Señor”[53].
La dimensión contemplativa de la vida
32. Los laicos carmelitas están también
llamados a vivir en la presencia del Dios vivo y verdadero, que
por medio de Cristo habitó con nosotros, buscando cualquier
posibilidad y ocasión para llegar a la intimidad divina.
Dejándose llevar por la acción del Espíritu Santo, los laicos
carmelitas se dejan transformar en la mente y en el corazón, en
la mirada y en los gestos. Toda su persona y su existencia se
abren al reconocimiento de la acción atenta y llena de
misericordia de Dios en la vida de cada uno. Se reconocen como
hermanos y hermanas que están llamados a compartir el camino
común hacia la plenitud de la santidad y a anunciar a todos que
somos hijos del único Padre y hermanos en Jesucristo. Se dejan
entusiasmar por las grandes obras que Dios realiza y por las
cuales Él solicita su empeño y su contribución eficaz.
33. “En el Carmelo se les recuerda a los
hombres, agobiados por tantas preocupaciones, que la prioridad
se debe dar a la búsqueda “del Reino de Dios y su justicia” (Mt
6,33)[54].
Por lo tanto, en la familia, en el ambiente de trabajo y en la
profesión, en las responsabilidades sociales y eclesiales que
realizan, en las tareas de cada día, en las relaciones con los
demás, los laicos carmelitas buscan la impronta escondida de
Dios, la reconocen y hacen brotar la semilla de la salvación,
según el espíritu de las bienaventuranzas, con el humilde y
constante servicio, revestidos de las virtudes de prudencia, de
espíritu de justicia, de sinceridad, de cortesía, de fortaleza
de ánimo, sin las cuales no puede existir una vida humana y
cristiana[55].
María y Elías: presencia, inspiración y guía
34. Como María, la primera entre los humildes
y entre los pobres del Señor, los laicos carmelitas se sienten
llamados a ensalzar las maravillas realizadas por el Señor en
sus propias vidas [56];
con Ella, imagen y primera floración de la Iglesia, aprenden a
confrontar las vicisitudes que nos atormentan a menudo en la
vida cotidiana con la Palabra de Dios,[57].
De Ella aprenden a acoger con disponibilidad la Palabra, a
adherirse a ella plenamente. María, en la cual la Palabra se
hizo carne y vida, les inculca la fidelidad a la misión, en la
acción animada de la caridad, en el espíritu de servicio y en la
cooperación real a la obra de la salvación[58].
Junto a María caminamos por los senderos
de la historia, atentos a las auténticas necesidades humanas[59],
siempre dispuestos a compartir con el
Señor el sacrificio de la cruz y a experimentar con El la paz de
la vida nueva[60].
María es miembro singular y eminente de la Iglesia, participó de
modo propio y creciente en la única mediación entre Dios y los
hombres realizada en Jesucristo, de la cual la Iglesia es hoy
portadora y mediadora en la historia[61].
Los laicos carmelitas se dejan acompañar
por María para poder asumir gradualmente la responsabilidad de
cooperar en la obra de la salvación y de la comunicación de la
gracia, propia de la Iglesia. En el Carmelo esto ha sido vivido
tradicionalmente en forma de caridad materna, manifestada por
María hacia el Carmelo. Los carmelitas sintiéndose amados por
tan grande y tierna Madre, no podían sino amarla a su vez.[62]
Tanto es así que, el ideal carmelita se realiza como un“abandono
en Dios al calor maternal de la Bienaventurada Virgen”[63].
35. Los laicos carmelitas comparten además la
pasión del profeta Elías por el Señor y por sus derechos,
estando dispuestos a defender los derechos del hombre cuando
sean pisoteados injustamente. Del profeta aprenden a dejarlo
todo para adentrarse en el desierto y ser purificados y estar
preparados para el encuentro con el Señor, para acoger su
Palabra. Se sienten impulsados, como el Profeta, a promover la
verdadera religiosidad contra los falsos ídolos. Con Elías, los
laicos carmelitas aprenden a acoger la presencia del Señor,
manifestada en el hombre con fuerza y dulzura, Él, que es el
mismo ayer, hoy y siempre. Fortalecidos por esta presencia
transformante y vivificadora, los laicos carmelitas son capaces
de afrontar las realidades del mundo, seguros de que Dios tiene
en sus manos el destino de cada uno y de la historia
[64].
Vida de oración
36. Los laicos carmelitas viven una intensa
vida de oración centrada en el diálogo personal con el Señor,
verdadero amigo de la humanidad. Como dice Santa Teresa de
Jesús: “La oración... no es otra cosa, sino una relación de
amistad... con Aquel que sabemos nos ama”[65].
La oración, personal y comunitaria, litúrgica e informal,
constituye el tejido de una relación personal con Dios-Trinidad,
que anima la entera existencia del laico carmelita. En la
oración “lo esencial no es pensar mucho, sino amar mucho”[66]
y, entonces, más que de hacer un ejercicio, se trata de una
actitud que implica el reconocimiento de la mano de Dios, la
disponibilidad para acoger el amor gratuito como un don – no
habitual, sino actual - implica una conciencia cada vez más
profunda de la acción de Dios que invade la entera existencia
personal, como atestigua Santa Teresa de Lisieux. “La oración es
vida, no es un oasis en el desierto de la vida”, decía el Beato
Tito Brandsma [67].
Y Juan Pablo II afirma que, en el Carmelo “la oración se
convierte en vida y la vida florece en la oración”[68].
37. La vida sacramental, centrada en la
Eucaristía, constituye la fuente de la vida espiritual. Los
laicos carmelitas están llamados a una intensa participación en
los sacramentos: posiblemente se acerquen a diario al sacrifico
del altar y al banquete de la vida, en el cual la Iglesia
encuentra su plena riqueza “Cristo mismo, nuestra Pascua y
nuestro Pan vivo”[69];
regularmente reciben el perdón de los pecados y la gracia para
continuar el camino; si están casados, viven con intensidad y
novedad cristiana la propia llamada a la santidad matrimonial.
38. La Liturgia de las Horas constituye,
durante la jornada, el recuerdo de la gracia que dimana de la
Eucaristía y alimenta el auténtico encuentro con Dios. Los
laicos carmelitas pueden celebrar, según la condición de cada
uno, los Laudes matutinos, las Vísperas y las Completas. En
lugares y en circunstancias concretas, tal vez, se puedan
indicar otras eventuales formas de oración litúrgica. Inspirados
en María, los laicos carmelitas desean actualizar la obra
salvífica de Jesús en el espacio y en el tiempo a través de la
celebración de los sagrados misterios. María nos invita a
celebrar la liturgia con sus mismas disposiciones y actitudes: a
poner en práctica la Palabra de Dios y meditarla con amor, a
alabar a Dios con regocijo y a darle gracias con alegría, a
servir a Dios y a los hermanos con generosidad hasta dar la vida
por ellos, a orar al Señor con confianza y perseverancia y a
esperar vigilantes su venida [70].
39. La liturgia no comprende la totalidad de
la vida espiritual. El cristiano, aunque está llamado a la
oración en común, debe entrar en su aposento para orar al Padre
en secreto [71];
más aún, se siente impulsado a orar incesantemente según la
enseñanza de Cristo [72],
reafirmada por el Apóstol [73].
Los laicos carmelitas, según la constante tradición del Carmelo,
cultivan en grado máximo la oración en sus distintas formas. Se
tiene en gran consideración la escucha orante y obediente de la
Palabra de Dios: la lectio divina transforma y llena la
entera existencia del creyente. La oración mental, el ejercicio
de la presencia de Dios, la oración aspirativa, la oración
silenciosa, han encontrado siempre una gran acogida en la
tradición carmelita, además de otras ocasionales prácticas de
devoción.
40. Tengan los laicos en gran honor el santo
Escapulario, símbolo del amor materno de María, la cual, al
tomar la iniciativa, lleva en su corazón a los hermanos y
hermanas carmelitas y suscita en ellos la imitación de sus más
altas virtudes: caridad universal, amor a la oración, humildad,
pureza, modestia[74].
Quien lleva el Escapulario está llamado a revestirse
interiormente de Cristo, y así manifestar la presencia salvadora
de Él para la Iglesia y para la humanidad [75].
El Escapulario, además de recordarnos la protección que María
nos concede a través del entero arco de la existencia e,
incluso, en el momento del tránsito final para que podamos
conseguir plenamente la gloria, nos recuerda que la devoción
mariana, más que un conjunto de prácticas, es un verdadero
“hábito”, es decir, una orientación permanente de la propia vida
cristiana” [76].
41. Reunidos por María, como los discípulos
en el Cenáculo, también los laicos carmelitas se reúnen para
alabar al Señor en sus misterios y en los de María: la piadosa
práctica del Rosario puede ser una fuente inagotable de genuina
espiritualidad que alimente la vida diaria [77].
Fraternidad
42. Los laicos carmelitas, sostenidos por la
gracia y guiados por el Espíritu que los anima a vivir la vida
cristiana concreta siguiendo los inaccesibles senderos del
Carmelo, se consideran hermanos y hermanas de todo aquel que se
sienta llamado a compartir el mismo carisma: “Los laicos
carmelitas pueden formar comunidad de muchos y diferentes modos:
en su propias familias, en donde han de fundar la iglesia
doméstica; en sus propias parroquias, donde oran a Dios en unión
con los demás parroquianos y donde toman parte de las
actividades comunitarias; en sus comunidades laicales
carmelitas, en las cuales ellos encuentran la ayuda y el sostén
para el camino espiritual; en sus lugares de trabajo y en su
mismo ambiente de vida” [78]
43. La vida compartida de los laicos del
Carmelo debe resplandecer por la sencillez y la autenticidad;
cada fraternidad debe ser un hogar fraterno en el que cada uno
se sienta como en la propia casa, esto es, acogido, conocido,
apreciado, animado en el camino, corregido eventualmente con
caridad y atención. Los laicos carmelitas se empeñan, por tanto,
en colaborar con los demás miembros de la Familia Carmelita y
con toda la Iglesia, para que ella realice su vocación misionera
en cualquier situación y condición [79].
42. La fraternidad se refleja, también,
externamente. Todo laico carmelita es como una chispa de amor
fraterno arrojada en el bosque de la vida: debe ser capaz de
prender en cualquiera que se le acerque. La vida familiar, el
ambiente de trabajo o profesional, los ambientes eclesiales
frecuentados por los laicos carmelitas, deben recibir de estos
el ardor que nace de un corazón contemplativo, capaz de
reconocer en cada uno los rasgos de la semejanza con el rostro
de Dios. La comunidad de laicos carmelitas se convierte de este
modo en un centro de vida auténticamente humana porque es
auténticamente cristiana. Por experiencia se sabe que, cuando
nos reconocemos como hermanos y hermanas, entonces nace la
exigencia de involucrar a los otros en la aventura fascinante,
humano-divina, de la construcción del Reino de Dios.
45. En un mundo cada vez más ligado por
múltiples y complejos lazos, los laicos carmelitas pueden ser
testigos de una auténtica universalidad, sabiendo valorar las
riquezas y las capacidades de los demás, reconociéndose como
parte de una familia internacional y apoyando todas las
ocasiones que se ofrezcan para un encuentro y un intercambio
fructífero entre los miembros de la Orden.
Servicio
46. El fin de la Iglesia es difundir el Reino
de Cristo sobre la tierra, a fin de que los hombres puedan ser
partícipes de la salvación realizada en la Redención [80].
“Como todos los carmelitas, el laico carmelita está llamado de
alguna forma al servicio, que es una parte integrante del
carisma dado por Dios a la Orden”[81].
Santa Teresa del Niño Jesús descubrió esta dimensión de su ser
carmelita cuando, leyendo la Escritura, descubrió que era “el
Amor...en el corazón de la Iglesia” [82]:
Para muchos terciarios esta será la contribución fundamental en
la edificación del Reino. Es propio de los laicos vivir en el
mundo y en medio de los negocios seculares y es allí donde están
llamados a realizar la misión de la Iglesia y a ser fermento
cristiano a través de las actividades temporales, en la cuales
están profundamente inmersos [83].
Los fieles laicos no pueden, de hecho, renunciar a la
participación en la “política”, o sea, en la múltiple y variada
trama económica, social, legislativa, administrativa y cultural,
destinada a promover, orgánica e institucionalmente, el bien
común [84].
47. Santa María Magdalena de Pazzi nos
recuerda que nadie puede saciar lícitamente la propia sed al
contemplar a Cristo, sediento de almas por redimir, sin
entregarse a ello a través de la oración y del apostolado,
armónicamente unidos entre sí.[85] A los laicos carmelitas, dispuestos a testimoniar su fe con las
obras, se les da fuerzas para atraer a los hombres a la fe en
Dios, llegando a ser “alabanza de la gloria de Dios
[86].
En momentos de turbación y de cambio, pueden ser un punto de
referencia seguro para muchos. También el Profeta Elías, inmerso
en un mundo con cambios profundos que impulsaban al pueblo,
lleno de autosuficiencia, a abandonar al Dios verdadero, estuvo
sostenido por la certeza de que Dios es más fuerte que cualquier
crisis o peligro. Por eso, los laicos carmelitas, inmersos en un
mundo cada vez más vacilante ante las cuestiones fundamentales
que plantean nuevos problemas de fe, de moral o sociales
[87],
se empeñan en crear ocasiones propicias para anunciar a Cristo,
volviendo a proponer el mensaje, siempre nuevo, del Señor de la
vida y de la historia, único y seguro punto de referencia de
toda existencia y de todo acontecimiento humano.
48. La experiencia del desierto,
paradigmática en los acontecimientos del Profeta, se convierte
en un paso obligado para los laicos carmelitas, llamados a ser
purificados en el desierto de la vida y así poder encontrar al
Señor auténticamente [88].
También ellos recorren la vía insustituible del desierto de la
mortificación interior, a fin de poder adentrarse en la escucha
del Señor que habla a sus corazones en las nuevas y
desconcertantes manifestaciones de la vida del mundo, pero
también con signos a veces difíciles de interpretar, o con la
voz silenciosa y apenas perceptible del Espíritu. Ellos vuelven
entusiasmados de este encuentro y se manifiestan como animadores
incansables del ambiente en el cual están llamados a actuar.
Impulsados por este encuentro, son capaces de anunciarlo como la
única respuesta a las tentaciones, siempre posibles, de la
negación de Dios, o de la autosuficiencia orgullosa. Sostenidos
por el Espíritu Santo, los terciarios no se desaniman por los
fracasos aparentes, por la escasa acogida, por la indiferencia o
por los éxitos de aquellos que viven de un modo contrario al
Evangelio.
49. Los laicos carmelitas comprenden y hacen
patentes en sus vidas que, las actividades temporales y su mismo
trabajo material, son participación en la obra siempre creadora
y transformadora del Padre [89],
verdadero servicio ofrecido a los hermanos y auténtica promoción
del hombre [90].
Testigos en medio de un mundo que no percibe plenamente, o que
rechaza totalmente, el íntimo y vital vínculo con Dios [91]
en su realidad cotidiana, reconocen y comparten con simpatía las
esperanzas y aspiraciones profundas del mismo, porque están
llamados a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”
[92]
y anuncian al pueblo la ciencia de la salvación
[93].
Parte II: Estatutos generales
I. Estructuras: Características generales
50. La Tercera Orden Carmelita (TOC), o bien,
Orden Carmelita Seglar (OCS), es una asociación pública
[94] de laicos de carácter internacional, erigida por
privilegio apostólico [95],
con el fin de tender a la perfección cristiana y dedicarse al
apostolado [96],
al menos ofreciendo su oración y su sacrificio por las
necesidades de la Iglesia, participando en medio del mundo del
carisma de la Orden del Carmen, que se propone realizar la vida
según el Evangelio con el espíritu de la Orden de los Hermanos
de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, bajo la
suprema dirección de la misma Orden [97].
51. La Orden del Carmen se siente enriquecida
por los fieles que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, y
respondiendo a una llamada particular de Dios, prometen vivir su
vida de acuerdo con las normas del Evangelio, libre y
deliberadamente, según el espíritu del Carmelo. La Tercera Orden
Carmelita, así como las distintas formas del Laicado carmelita,
influye de una manera propia en la estructura y en el espíritu
de toda la Familia Carmelita. La Orden se compromete a ayudarles
a alcanzar el fin que se han fijado: sanar y desarrollar la
sociedad humana con la levadura del Evangelio
[98].
52. La Tercera Orden Carmelita, o bien, la Orden Carmelita
Seglar, junto con otros grupos comunitarios de personas que
se inspiran en la Regla del Carmelo, en su tradición y en
los valores expresados en su espiritualidad carmelita,
constituyen en la Iglesia la Familia Carmelita
[99].
53. Al Prior General de la Orden del Carmen,
como padre espiritual, cabeza y vínculo de unidad de toda la
Familia Carmelita, compete el asegurar eficazmente el bien
espiritual de la Tercera Orden y promover el incremento y
vitalidad de la misma [100]
por medio de un Delegado General para el laicado carmelita
[101].
Vida en fraternidad
54. La Tercera Orden se compone de grupos,
que podemos llamar fraternidades carmelitas seglares, regidas
por los mismos seglares, según las normas de esta Regla y de los
Estatutos de cada fraternidad, bajo la dirección suprema de los
Superiores de la Orden o de sus delegados [102].
55. Algunos miembros de la Tercera Orden
Carmelita, según la antigua tradición, están llamados a vivir en
una fraternidad organizada con Estatutos particulares.
56. Las fraternidades son erigidas
canónicamente por el Prior General con el consentimiento de su
Consejo, previo consentimiento escrito del Prior Provincial o
del Obispo Diocesano. Sin embargo, el permiso dado por el Obispo
diocesano para la erección de una casa de la Orden, lleva
consigo también la facultad para erigir una fraternidad de la
Tercera Orden, en la misma casa o en la iglesia anexa
[103].
Atención espiritual
57. Con el fin de favorecer que los laicos
carmelitas se inserten cada vez más en la Orden y en la Iglesia,
el Consejo General [104]
y, de modo particular, los Priores Provinciales, personalmente o
a través de sus delegados, según esté previsto en los Estatutos
de cada Provincia, son los que atenderán espiritualmente a la
Tercera Orden [105].
Pongan especial solicitud para que cada una de las fraternidades
de la Tercera Orden que se hallen en el ámbito de sus
respectivas competencias, estén penetradas del espíritu genuino
del espíritu del Carmelo [106]
y cuiden para que los miembros de la Tercera Orden, en el
desarrollo de su actividad, sean fieles a los principios y
directivas de la Orden. Procuren también que cada una de las
fraternidades presten su ayuda en las actividades apostólicas de
la Diócesis en la cual están erigidas, actuando bajo la
dirección del Ordinario del lugar, junto con las demás
asociaciones de fieles orientadas a la misma finalidad, en el
territorio de dicha diócesis [107].
58. Los Asistentes espirituales serán,
generalmente, sacerdotes de la Orden. Cuando no sea posible
nombrar dicho Asistente para la fraternidad, el servicio para la
asistencia espiritual puede ser confiado a un religioso o
religiosa de una comunidad perteneciente a la Orden, a bien a
otros sacerdotes, preferentemente miembros de la Tercera Orden y
capaces de desarrollar esta misión de acuerdo con el espíritu
carmelita. Los Asistentes serán nombrados por el Prior General o
por el Prior Provincial, después de haber oído a los oficiales
mayores de cada fraternidad
[108], por un tiempo determinado de cinco años, renovables
[109]. Si se trata de un sacerdote que no es carmelita, hace
falta el beneplácito de su Ordinario.
Gobierno
59. El Órgano supremo de gobierno es la
Asamblea General de la asociación, o bien de la fraternidad,
formada por todos los miembros. Los Estatutos respectivos
establecerán las competencias y el modo de actuar de la
Asamblea.
60. Cada fraternidad estará dirigida por un
Consejo. Dicho Consejo estará compuesto por el Asistente
espiritual, por el Moderador (o Responsable) y por dos o más
Consejeros (no más de cuatro), según el número de miembros que
compongan la fraternidad y por cuanto esté establecido en los
Estatutos locales. El responsable de la Formación también forma
parte del Consejo.
61. Al Consejo compete, especialmente al
Moderador, con la ayuda del Asistente espiritual, hacer todo lo
que esté en su poder para promover los intereses de la
fraternidad, a fin de que los miembros de la misma puedan
responder del mejor modo a su vocación de laicos comprometidos
en la construcción del Reino de Cristo, en sí mismos y en el
mundo, según el espíritu y el carisma del Carmelo, al cual han
sido llamados por el Espíritu, que distribuye los dones según su
voluntad.[110]
Esta tarea ha de desarrollarse con espíritu de servicio
evangélico, evitando cualquier forma de poder despótico.
Elección de los oficiales
62. Los miembros del Consejo, excepto el
Asistente espiritual, son elegidos por la Asamblea General de la
fraternidad para un trienio. El Moderador necesita la
confirmación del Prior General o del Prior Provincial
[111].
63. Las elecciones de los
miembros del Consejo serán presididas por el Asistente
espiritual y se desarrollarán según el modo establecido por los
Estatutos locales, respetando las normas establecidas por el
derecho común de la Iglesi
[112].
64. El Consejo designa a su vez al
Secretario, al Tesorero y a otros eventuales cargos, según las
necesidades y el número de miembros de la fraternidad. Los
Estatutos locales determinarán las funciones de los distintos
oficiales mayores, sus tareas y sus atribuciones; si está
previsto por los mismos Estatutos, el Secretario y el Tesorero
formarán parte del Consejo.
65. En circunstancias especiales, si lo
exigieran graves motivos, la autoridad eclesiástica, esto es, el
Prior General o el Provincial, puede designar un Comisario, que
en su nombre dirija temporalmente la fraternidad
[113].
66. El Moderador puede ser destituido, por
justa causa, por quien lo ha confirmado, después de haber oído
el parecer, tanto del mismo Moderador, como de los oficiales
mayores de la fraternidad comunidad, según las normas de los
Estatutos. El Asistente espiritual también puede ser destituido
por quien fue nombrado, por una causa grave, a tenor de los
cánones 192-195, observando las mismas condiciones
[114].
Administración de bienes
67. Tanto la Tercera Orden Carmelita en
cuanto tal, como cada una de las fraternidades de terciarios del
Carmelo constituidas canónicamente, adquieren la personalidad
jurídica con el decreto de erección, según las normas del
Derecho canónico, y reciben la misión para los fines que se
proponen alcanzar en nombre de la Iglesia, como está prescrito,[115].
68. La Tercera Orden Carmelita, así como cada
una de las fraternidades, en cuanto personas jurídicas públicas,
son sujetos capaces de adquirir, poseer, administrar y enajenar
bienes temporales a tenor del Derecho canónico
[116];
todos sus bienes, son bienes eclesiásticos y se rigen por el
derecho común de la Iglesia, así como por los propios Estatutos
[117],
que en sintonía con el derecho citado, deben determinar el modo
de administrar los mismos.
69. Los Estatutos de cada una de las
fraternidades deberán prever a quién corresponde la
administración de los bienes. Esta persona puede realizar todos
los actos de administración ordinaria. Para realizar actos de
administración extraordinaria es necesario:
a) la autorización del Prior General de la Orden del Carmen con
el consentimiento de su Consejo,
b) así como la licencia de la Santa Sede para aquellos actos
cuyo valor supere la suma fijada por la Santa Sede o tenga por
objeto, bienes de valor artístico, histórico o donados a la
Iglesia “ex voto”.[118]
70. Tanto el patrimonio de la Tercera Orden,
como el de cada una de las fraternidades, está constituido por
los bienes muebles e inmuebles que les han llegado de modos
diversos y, en particular, por las aportaciones hechas a los
miembros individualmente o por bienhechores, por los ingresos de
las actividades desarrolladas, por limosnas, donaciones,
herencias, legados y adquisiciones, dirigidas a la misma.
Extinción y supresión
71. Una fraternidad puede ser suprimida, por
causas graves, por el Prior General con consentimiento de su
Consejo, previa consulta al Prior Provincial y a los oficiales
mayores de la fraternidad. Los Estatutos locales establecerán el
procedimiento de la eventual extinción, de otro modo regirán las
normas del derecho común.[119]
Es necesario hacer siempre una consulta previa a las autoridades
competentes de la Orden.
72. En caso de supresión o extinción de una
fraternidad de la Tercera Orden, los bienes y derechos
patrimoniales e, igualmente las cargas económicas de la
fraternidad suprimida o extinguida, pasan a la inmediata persona
jurídica superior y, si ésta no existe, a la Provincia de la
Orden en cuyo ámbito se encuentra la misma; si la fraternidad se
encuentra, por el contrario, fuera de cualquier Provincia, los
bienes y derechos patrimoniales pasan a la misma Orden
[120].
Derecho propio y su interpretación
73. Las fraternidades de terciarios se rigen
por esta Regla, aprobada por la Santa Sede; no obstante esto, es
aconsejable que, tanto a nivel nacional, como provincial o
local, se redacten Estatutos particulares en los cuales estén
reflejados los aspectos propios del lugar. Los mismos han de ser
aprobados por la autoridad competente de la Orden
[121],
es decir, por el Prior General o el por el Prior Provincial, con
el consentimiento de los respectivos Consejos, según cuanto esté
establecido en los Estatutos.
74. Es loable, para una mutua colaboración
entre las diversas fraternidades, la institución de Consejos a
distintos niveles: regionales, nacionales e internacionales.
Estos se regirán por Estatutos propios aprobados por la
autoridad competente de la Orden.’
75. La autoridad competente para interpretar
auténticamente las normas de esta Regla es la Santa Sede. El
Prior General de la Orden, con el consentimiento de su Consejo,
puede dar una interpretación práctica cada vez que esto sea
necesario.
II. Pertenencia y formación
Admisión
76. Pueden formar parte de la Tercera Orden
Carmelita aquellas personas que cumplan las condiciones
siguientes: profesen la fe católica, vivan en comunión con la
Iglesia, tengan buena conducta moral [122],
acepten esta Regla y deseen vivir y obrar según el espíritu del
Carmelo. Los sacerdotes diocesanos pueden ser miembros de la
Tercera Orden Carmelita y participar en ella con pleno derecho,
menos en el aspecto laical, por la razón y medida que dicha
característica no es compatible con el estado clerical.
77. Aquellos que solicitan el ingreso serán
admitidos en la Tercera Orden y adscritos a una fraternidad por
el Asistente de la misma o por el Prior Provincial del cual
depende, o por el Prior General o por su Delegado, con el
consentimiento de sus respectivos Consejos, salvo el n. 82.
78. Aquellos que vivan lejos de una
fraternidad y no puedan participar en la vida de la misma,
pueden ser admitidos en la Tercera Orden por razones
particulares, aún cuando no estén adscritos a una fraternidad
determinada, con tal que, salvo las normas concernientes a la
admisión y profesión, vivan según la Regla de la Tercera Orden
del Carmelo y bajo la dirección de los superiores o del propio
confesor. No obstante, se recomienda un contacto frecuente con
el Asistente de la fraternidad más cercana. Los respectivos
Estatutos establecerán lo relativo a su formación, tanto inicial
como permanente.
79. Los candidatos a la Tercera Orden
Carmelita deberán ser católicos practicantes, tener al menos 18
años de edad, si los Estatutos no determinan otra cosa, y
presentar una carta de recomendación del párroco o de otro
sacerdote que los conozca; nada impide que pertenezcan a otra
Tercera Orden o a otras Asociaciones [123],
si los Estatutos no determinan otra cosa.
Formación
80. Después de un adecuado período de
discernimiento establecido por los Estatutos, los candidatos
sarán admitidos al período de formación espiritual, a tenor de
los mismos Estatutos.
81. Dicho período de formación inicial durará
un año, al menos, durante el cual los candidatos estudiarán y
vivirán la Regla de la Tercera Orden, conocerán la
espiritualidad y la historia carmelitas, así como las grandes
figuras de la Orden, bajo la guía del responsable de la
formación, el cual, junto con todo el Consejo, tendrá la
responsabilidad de asegurar una instrucción suficiente,
recurriendo a los medios y a las personas oportunas.
82. Al término de dicha preparación, el
Consejo puede invitar a cuantos se sientan movidos por el
Espíritu Santo, a unirse a Dios más estrechamente mediante los
vínculos de los votos o de las promesas, que les impulsarán a
poner en práctica plenamente el Evangelio de un modo más eficaz,
según el espíritu del bautismo y según las directrices de la
Regla. Para la admisión a los votos, o a las promesas, se deberá
seguir lo que ya está establecido en el n. 77.
Profesión
83. La profesión se hará según el Ritual
propio de la Tercera Orden.
a) La primera profesión se hará por un
período de tres años, durante los cuales los hermanos y/o las
hermanas vivirán plenamente la vida de la comunidad,
continuando, sin embargo, el proceso de formación y
profundizando en los distintos aspectos de la vida carmelita.
b) Al término de los tres años, previo discernimiento y
aprobación del Consejo de la fraternidad, el hermano o la
hermana podrán emitir su profesión final o perpetua.
c) Se aconseja que cada año, con ocasión de la Conmemoración
Solemne de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo,
nuestra Madre y Hermana, los miembros de la Tercera Orden
renueven su profesión, personal o comunitariamente.
84. La inserción visible en la Tercera Orden
podrá hacerse con la entrega del hábito tradicional o con la
entrega del Escapulario. Los Estatutos locales deberán
establecer sobre el uso al respecto.
85. Cada fraternidad deberá tener un Registro
de los adscritos en el que se anotarán, los nombres, fecha de la
profesión y otros datos que se crean convenientes.
86. Los miembros de las fraternidades
pertenecientes a la Tercera Orden y destinados a las Sagradas
Ordenes pueden, allí donde los Estatutos lo determinen, ser
incardinados con la Ordenación diaconal a la Orden del Carmen
tras una incorporación definitiva en la misma fraternidad de la
Tercera Orden.[124]
Desde ese momento dependen del Prior General como Ordinario
suyo, salvo en lo concerniente a las obligaciones provenientes
de su pertenencia a la fraternidad de la Tercera Orden. En tal
caso, las relaciones entre el clérigo terciario y la Orden del
Carmen, deberán estar determinadas por los Estatutos del grupo y
aceptadas por el Prior General a través de un acuerdo especial.
87. Cada fraternidad establecerá un programa
de formación permanente.
Apostolado
88. Los miembros de la Tercera Orden
Carmelita están llamados al apostolado de diversas formas: desde
la oración al compromiso corresponsable en las diversas
actividades eclesiales e, incluso, hasta el ofrecimiento de los
propios sufrimientos en unión a Cristo.
89. Los Estatutos locales establecerán las
modalidades de las actividades apostólicas. Éstas se pueden
concretizar dentro de las más variadas formas que la vida
moderna necesita y ofrece. Mediante la acción común, los laicos
carmelitas tenderán a incrementar una vida más perfecta. Algunos
podrán comprometerse en la promoción del mensaje cristiano,
otros en la realización de obras apostólicas, de evangelización,
de piedad y de caridad, siempre con el fin de animar el orden
temporal a través del espíritu cristiano[125].
También el trabajo o la profesión, ejercitados ya sea
individualmente, en grupo o en comunidad, pueden ser una forma
de poner en práctica la llamada al apostolado.
Derechos y obligaciones
90. Todos los miembros de la Tercera Orden
Carmelita tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones,
establecidos por los Estatutos provinciales o locales.
91. Los terciarios carmelitas deberán
reunirse periódicamente, según los tiempos y modos establecidos
por los Estatutos, para formar juntos una fraternidad en medio
de la cual la Palabra de Cristo habite abundantemente; para
exhortarse mejor a la asimilación del carisma propio de la
Orden, a la cual pertenecen, a fin de llegar a ser miembros
vivos de la Iglesia; para participar en las aspiraciones, en las
iniciativas o en las actividades de toda la Familia Carmelita, a
fin de que ésta pueda ejercitar en el cuerpo de Cristo la misión
que el Señor le encomienda constantemente.
92. Las fraternidades deberán establecer en
sus Estatutos locales el modo de atender espiritualmente a los
hermanos o hermanas ancianos o enfermos.
93. Se inspirarán gustosos para esto, en la
espiritualidad y en las enseñanzas de los grandes santos que
Dios ha suscitado en el Carmelo.
94. Cualquiera puede abandonar libremente la
Tercera Orden Carmelita, presentando la solicitud por escrito al
Consejo, el cual está autorizado para aceptarla. Igualmente, los
miembros pueden ser expulsados por causa grave, es decir, por
las razones establecidas por el derecho común e, igualmente, por
una repetida e injustificada infracción de las propias
obligaciones. La decisión compete al Consejo a tenor de los
Estatutos, después de haber oído y amonestado al interesado.
Éste tiene siempre el derecho de recurrir a la autoridad
eclesiástica competente, es decir, al Prior General o al
Provincial[126].
Epílogo
Los miembros de la Tercera Orden Carmelita
pongan todo su empeño en encarnar en ellos la vocación carmelita
expuesta en esta Regla. Emprendan el breve y único viaje
[127] de la vida terrena como un grupo de ciudadanos cuya
patria es el cielo[128],
tratando de comprender, con el auxilio de los santos, todas las
dimensiones de la caridad de Cristo que sobrepasa toda ciencia[129];
apresurándose, con fervientes aspiraciones y vivo deseo, a
alcanzar aquel lugar que el Señor, cuando partió de este mundo,
nos prometió prepararnos[130].
Arraigados y fundados en la Caridad, siempre vigilantes y
teniendo en las manos las lámparas encendidas, conscientes que
“a la tarde serán examinados en el amor”[131],
multipliquen los talentos propios a fin de que a la hora de la
muerte merezcan oír la invitación a entrar en el gozo de su
Señor [132].
Notas
[1] Regla Carmelita, 2; cfr. Heb 1,1.
[2] cfr. Juan Pablo II, Carta a la Orden: Con gran
alegría, 1.
[3] cfr. J. Chalmers, Carta a la Familia Carmelita:
En la tierra del Carmelo, nn. 41-42.
[4] cfr. Dei Verbum, 2.
[5] cfr. S. Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo,
II, 22, 5-6.
[6] cfr. Dei Verbum, 2.
[7] cfr. Lumen Gentium, 2; 4.
[8] Lumen Gentium, 1; 13.
[9] cfr. Lumen Gentium, 41.
[10] cfr. Lumen Gentium, 43.
[11] cfr. Apostolicam Actuositatem, 4
[12] Urbano IV, bula Ex vestrae religionis, 5
agosto 1262, edición del texto en: Bull. Carmel.,
I, p. 523.
[13] No solamente eran célibes o solteros, sino también
personas casadas que observaban libremente la continencia
períodica, p. ej. en tiempo de Cuaresma, etc.
[14] cfr. Lumen Gentium, 31.
[15] cfr. Christifideles laici, 34.
[16] El llamado «altius moderamen» o sea «alta
dirección» de la cual habla el CIC de 1983 en el can. 303;
cfr. también Communicationes 18 (1986), p.232. Se
trata de un término técnico que significa que la Tercera
Orden Carmelita depende de algún modo de la “primera” Orden.
[17] cfr. can. 317 § 3.
[18] cfr. Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz,
Ofrenda de mí misma como Víctima de Holocausto al Amor
Misericordioso del Buen Dios.
[19] cfr. Mt 22, 37.
[20] cfr. Mt 6, 24.
[21] cfr. Mt 22, 9.
[22] cfr. Congregación para los Institutos de Vida
Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción,
Caminar desde Cristo,
n 31.
[23] Vita consecrata, 55.
[24] cfr. Os 2,16; Jn 6,43.
[25] cfr. Ratio institutionis vitae carmelitanae
2000, n. 29.
[26] cfr. Misal propio de la Orden del Carmen,
Colecta de la Misa del 16 julio, Conmemoración Solemne de la
B.V.María del Monte Carmelo.
[27] Regla, 2.
[28] Gal 2, 20.
[29] Regla, 15.
[30] cfr. Rom 5, 5.
[31] cfr. Rom 2, 3-8; Lumen Gentium,
32; Vita consecrata 31.
[32] cfr. Ratio institutionis vitae carmelitanae
2000, n. 3.
[33] El texto original dice: «une humanité en surcroît»
; Bta. Isabel de la Trinidad, Elevación a la Santísima
Trinidad “¡Oh Dios mio, Trinidad a quien adoro”!
[34] Ef 1,12; 14; como firmaba la Beata Isabel
de la Trinidad hacia el final de su vida, p.ej. Carta
280.
[35] cfr. Apostolicam Actuositatem, 1.
[36] cfr. Apostolicam Actuositatem. 2; 3.
[37] Sacrosanctum Concilium, 14.
[38] cfr. Lumen Gentium, 34.
[39] cfr. Lumen Gentium., 1.
[40] cfr. Christifideles laici, 14.
[41] cfr. Lumen Gentium, 12.
[42] cfr. Hch 2, 17-18; Hch 9, 10;
Christifideles laici, 14.
[43] cfr. Rom 6,12.
[44] cfr. Mt 25, 40.
[45] cfr. Christifideles laici, 17.
[46] J. Chalmers, En la tierra del Carmelo,
carta a la Familia Carmelita, n. 40.
[47] cfr. Lumen Gentium 31; 36.
[48] cfr. Apostolicam Actuositatem 7;
Gaudium et Spes, 30.
[49] cfr. Constituciones 1995, n. 28. Sobre la
participación de los laicos en el carisma y en la misión de
los religiosos cfr. Christifideles laici, 29;
Vita consecrata, 54 -56.
[50] cfr. Juan Pablo II, Exhort. ap.: Familiaris
consortio, 72.
[51] Juan Pablo II, Carta ap.: Novo millennio
ineunte, 31.
[52] Ratio institutionis vitae
carmelitanae 2000, n. 4, cfr.
Constituciones 1995, n. 14.
[53] Misal propio de la Orden del Carmen,
Colecta de la Misa del 16 julio, Conmemoración Solemne de la
B.V. María del Monte Carmelo.
[54] Juan Pablo II, Carta a la Orden: Con gran
alegría , 3.
[55] cfr. Apostolicam Actuositatem, 4;
Christifideles laici, 32.
[56] cfr. Lc 1,49-56.
[57] cfr. Lc 2,19.51.
[58] cfr. Pablo VI, Exhort ap.: Marialis cultus,
35.
[59] cfr. Jn 2,1-12.
[60] cfr. Apostolicam Actuositatem, 4.
[61] cfr. Juan Pablo II, Carta enc.: Redemptoris
missio, 40.
[62] cfr. B. M. Xiberta, Amando se constringit amari,
in: Charlas a las contemplativas, 33, Barcelona,
1967, p. 195; Amando si fa amare, in: I trionfi
della Bruna, junio 1951, p. 5-6.
[63] B. M. Xiberta, Charlas a las
contemplativas, 4, Barcelona, 1967 p. 15.
[64] cfr. 1Re 17-19.
[65] Sta. Teresa de Jesús, Vida 8, 5.
[66] Sta. Teresa de Jesús, Castillo interior IV,
1, 7.
[67] Titus Brandsma, Note per un ritiro, in S.
Scapin, Nella notte la libertà. Tito Brandsma
giornalista martire a Dachau con una antologia dei suoi
scritti, Roma 1985, p. 198.
[68] Juan Pablo II, Carta a la Orden: Con gran
alegría , 3.
[69] Presbyterorum Ordinis,
5.
[70] cfr. Misas de la B. V. Maria.
Formularios para el año litúrgico: Introducción n. 17.
[71] Mt
6,6; cfr. Constituciones 1995, n. 77.
[72] Lc 18,1.
[73] 1Ts 5,17.
[74] cfr. Pio XII, Carta a la Orden: Neminem
profecto latet.
[75] cfr. Juan Pablo II, Carta a la Orden: El
acontecimiento providencial, 5.
[76] Juan Pablo II, Carta a la Orden: El
acontecimiento providencial, 5.
[77] cfr. Constituciones 1995, n. 86;
Pablo VI, Exhort. ap.: Marialis cultus, 45; Juan
Pablo II, Carta ap.: Rosarium Virginis Mariae, 5;
10.
[78] J. Chalmers, En la tierra del Carmelo,
carta a la Familia Carmelita, n. 47.
[79] cfr. Christifideles laici, 32-44;
Redemptoris missio, 71-72; Vita consecrata,
54-56.
[80] cfr. Apostolicam Actuositatem, 2.
[81] J. Chalmers, En la tierra del Carmelo,
carta a la Familia Carmelita, n. 46.
[82] Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz,
Manuscrito B. Carta a Sor María del Sagrado Corazón,
254.
[83] cfr. Lumen Gentium, 31; Christifideles
laici, 15.
[84] cfr. Christifideles laici, 42
[85] cfr. S. Maria Magdalena de Pazzi, Renovatione
della Chiesa, (Tutte le opere, VII), 34, 82.
[86] Ef 1, 6.12.14; cfr. También la nota 31:
frase de la Beata Isabel de la Trinidad.
[87] cfr. Apostolicam Actuositatem, 6.
[88] cfr. 1Re 19,1-18.
[89] cfr. Gaudium et Spes, 34.
[90] cfr. Gaudium et Spes, 35.
[91] cfr. Gaudium et Spes, 19.
[92] Mt 5,13-14.
[93] cfr. Lc 1,77.
[94] can. 301 § 3.
[95] can. 312 § 1, 3°; Nicolás V, bula Cum nulla
fidelium, 7 octubre 1452 – edición del texto en:
Bull. Carmel. I, pp. 233 – 234; Analecta Ord.Carm.17
(1952) 6; Sixto V, bula Dum attenta, 28 noviembre
1476, edición del texto in : Bull. Carmel. I, pp.
320 – 346.
[96] can. 298 § 1.
[97] can. 303; cfr. también la nota 16.
[98] cfr. Constituciones 1995, n. 109.
[99] cfr. Constituciones 1995, n. 28.
[100] cfr. Constituciones 1995, n. 275.
[101] cfr. Constituciones 1995, n. 109.
[102] can. 303.
[103] can. 312 § 2.
[104] cfr. Constituciones 1995, n. 303.
[105] cfr. Constituciones 1995, n. 109.
[106] can. 677 § 2.
[107] can. 311.
[108] can. 317 §§ 1 e 2.
[109] cfr. Pontificio Consejo para los Laicos: Los
sacerdotes en las asociaciones de fieles. Identidad y misión,
8.5, en: Enchiridion Vaticanum. 7, n. 1380.
[110] cfr. Heb 2,4.
[111] can. 317 §§ 1 e 2.
[112] can. 119, n. 1.
[113] can. 318.
[114] can. 318 § 2.
[115] can. 313.
[116] can. 1255.
[117] cann. 1257 y 319.
[118] cann. 1291 y 1292.
[119] cann. 120 y 320.
[120] can. 123.
[121] can. 314.
[122] can. 316 § 1.
[123] can. 307 § 2.
[124] can. 266 § 2.
[125] can. 298 § 1.
[126] cann. 308 e 316 § 2.
[127] Heb. 9,27; Lumen Gentium, 48.
[128] Flp.3,20.
[129] Ef.3,17-19.
[130] Jn.14,2-3; Heb.4,11.
[131] S. Juan de la Cruz, Dichos de luz y de amor.
Avisos y sentencias, 59.
[132] cfr. Mt, 25, 23.
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