Las lecturas de
este Domingo nos presentan una faceta importante, aunque muy
delicada, del amor al prójimo. Se trata de la corrección fraterna;
es decir, de cómo corregir a los demás de acuerdo a las
instrucciones que nos da Jesús en el Evangelio de San Mateo (Mt.
18, 15-20).
Se trata de la
obligación que tenemos todos aquéllos que tienen personas a su
cargo: padres de familia, educadores, superiores, pastores del
pueblo de Dios, etc. De corregir, de no dejar pasar las faltas que
deben ser corregidas, pero de hacerlo cómo nos lo indica tan
claramente el Señor en este Evangelio.
En la Segunda
Lectura, San Pablo nos habla de la “deuda del amor mutuo” que
tenemos para con nuestro prójimo (Rm. 13, 8-10). Y una de
esas deudas es la corrección debidamente hecha por quien corresponde
hacerla.
Sabemos que
todos los consejos y exigencias de Dios para con los seres humanos
están dirigidos al bien de cada uno de nosotros en particular y al
bien de la humanidad en su conjunto. Aún los preceptos más exigentes
y que nos parezcan muy difíciles de cumplir, son para nuestro mayor
bien.
Veamos sólo
unos ejemplos de nuestros días: la perversión sexual ¿qué ha traído
como consecuencia? Destrucción de las familias, hijos abandonados,
enfermedades incurables, etc. La avaricia por dinero y por bienes ha
causado robos, asesinatos, tráfico de drogas, corrupción, etc. ¿A
qué se deben todos estos males? A que los hombres y mujeres de hoy
hemos dejado de cumplir la Ley de Dios. Y así podríamos seguir
enumerando situaciones de pecados personales, que causan daño a la
misma persona que los comete, a otras personas cercanas y también a
la sociedad en su conjunto.
Cuando faltamos
a una ley, a una exigencia o a algún consejo de Dios, las cosas
salen mal, y sus consecuencias son tanto espirituales, como
materiales, y -aunque no nos demos cuenta- son para pocos y son para
muchos.
Si en alguna
situación podemos ver en forma inmediata los efectos negativos que
puede tener no seguir la recomendación del Señor es en esto de la
corrección a los demás.
En efecto, si
no se siguen los pasos que el mismo Jesús nos da en este Evangelio,
las consecuencias negativas se sienten y se sufren enseguida. Por
cierto, este sapientísimo consejo de Jesús es aplicable tanto al
plano espiritual, como a situaciones cotidianas que se nos pueden
presentar.
Jesús nos da
con mucha precisión la forma como debemos corregirnos unos a otros.
Primer Paso: “Si alguien comete un pecado, amonéstalo a solas”.
Segundo Paso: “Si no te hace caso, hazlo delante de dos o tres
testigos”. Tercer Paso: “Si ni así te hace caso, díselo a
la comunidad”. Cuarto Paso: “Si ni a la comunidad le hace
caso, apártate de él”.
La experiencia
muestra que cuando corregimos a otro u otros de una manera distinta
a este orden que nos indica el Señor, se crean problemas, pues el
corregido se siente atacado injustamente. Por ejemplo, si alteras el
orden y haces el segundo o tercer paso de primero, se interpreta que
has hecho un chisme. Si haces el cuarto paso, sin pasar por los
otros tres, estás faltando a la caridad, pues aunque la persona a
corregir sea culpable de algo, no puedes alejarte sin darle alguna
explicación o sin que al menos entienda por qué te estás alejando.
Ahora bien ...
¿qué significa “apartarse de él”? No significa despreciar a la
persona, no tratarla o no saludarla. Apartarse significa diferenciar
el pecado del pecador. Significa, ante todo, no seguir sus
proposiciones, ni sus caminos. Pero podría significar, además,
“sacudirse el polvo de las sandalias” (Mt. 10, 14), como
también aconsejó Jesús a sus discípulos para cuando no fueran
escuchados.
Otra cosa que
hay que tener en cuenta es que corregir -cuando hay que corregir- es
una obligación ineludible. Para aquéllos a quienes el Señor les ha
dado responsabilidad sobre otros, la corrección no se puede evadir.
Esto es especialmente importante para los padres que muchas veces
temen corregir a sus hijos por miedo a no ser queridos por ellos.
En la Primera
Lectura del Profeta Ezequiel (Ez. 33, 7-9), el Señor es muy
severo con respecto personas que, teniendo la obligación de corregir
a otros, no lo hacen.
“Si Yo
pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y
tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado
morirá por su culpa, pero Yo te pediré cuenta de su vida. En cambio,
si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja,
morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”.
¿Qué significa
esto? ¿Qué conexión hay entre esta lectura del Profeta Ezequiel y el
consejo de Cristo sobre la corrección fraterna? Son los dos
extremos, las dos caras de la misma moneda.
Significa que,
aquéllos que teniendo responsabilidad para con otros, prefieren no
corregir a quienes hay la obligación de corregir y dejan pasar las
cosas por miedo a ser rechazados, por miedo a perder popularidad,
por miedo a ser tachados de intransigentes o por miedo al conflicto,
corren el riesgo de ser ellos mismos amonestados por Dios por no
cumplir su responsabilidad.
Ahora bien, no
siempre depende de nosotros el buen resultado de la corrección, pues
a veces, aún siguiendo el orden que el Señor nos da, el otro puede
rechazarla. Por el contrario, depende siempre de nosotros el buen
resultado, cuando somos nosotros los corregidos. El dejarse corregir
es un deber tan importante, como corregir.
Pero, por otro
lado hay que tener en cuenta otra instrucción del Señor, que es muy
clara, muy exigente y de mucho cuidado. Es lo opuesto a la
corrección. Se trata del juicio a los demás. La admonición de Jesús
sobre el juicio a los demás es de tanta severidad, como la de Dios
Padre al Profeta Ezequiel por no corregir a alguien.
Así nos dice
Jesús: “No juzguen y no serán juzgados, y con la medida con que
midan los medirán a ustedes. ¿Por qué ves la pelusa en el ojo de tu
hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decir a tu
hermano: Déjame sacarte esa pelusa del ojo, teniendo tú una viga en
el tuyo? Hipócrita, sácate primero la viga que tienes en el ojo y
así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano” (Mt. 7,
1-5).
Sin embargo,
con frecuencia nos toca hacer juicios sobre las acciones propias y
de los demás. ¿Cómo podemos cumplir la previa instrucción del Señor
de corregir, si no nos hacemos un criterio de un acto o una
actitud del prójimo?
¿Cómo resolver
este dilema? ¿Debemos juzgar o no podemos juzgar? ¿Qué debemos
juzgar? ¿Cómo debemos juzgar?
Podemos y de
hecho a veces tenemos la obligación de juzgar un hecho, una acción,
una actitud para hacernos un criterio moral sobre algo que
observamos no está bien. Estamos, entonces, juzgando un hecho. Lo
que no podemos hacer es juzgar a la persona, mucho menos condenarla.
Con la persona,
con el pecador, misericordia. De allí que el Señor después
de decirnos: "No juzguen y no serán juzgados, enseguida nos
diga: con la medida con que midan los medirán a ustedes".
Si somos duros
y faltos de misericordia, así seremos tratados y medidos por el
Señor. Si, por el contrario, somos capaces de condenar el pecado con
toda la fuerza que sea necesaria, pero podemos ser comprensivos y
misericordiosos con el pecador, el Señor usará esa medida con
nosotros.
De elemental
lógica es el siguiente consejo de Jesús: "¿Por qué ves la pelusa
en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?” Y en esto
fallamos ¡tanto! Estamos muy listos para corregir al otro de algo
pequeño y no nos damos cuenta (o no aceptamos ser corregidos) de
cosas nuestras mucho más graves.
El Señor
concluye su consejo recomendando la oración entre dos o más. “Yo
les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para
pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre Celestial se lo concederá”.
Pareciera que
en este caso el Señor pueda estar refiriéndose a que cuando tengamos
a alguien cercano a quien hay que sacar del mal, la oración en común
por éste no debe faltar. Siempre la oración por la conversión de
alguien es bien escuchada en el Cielo. Y estamos seguros que las
gracias llegan a esa persona. Claro está: todo depende después de la
libertad que cada uno de los seres humanos tiene para recibir o no
esas gracias, es decir, para dar un sí o un no a la Voluntad de
Dios.
En conclusión:
1.) Una cosa es
juzgar el pecado y otra cosa es juzgar al pecador.
2.) No debemos
estar juzgando a todo el mundo, pero los que tiene responsabilidad
no pueden evadir la corrección cuando sea necesario hacerla.
3.) Pero para
que todo salga bien al corregir, para corregir de acuerdo a Dios,
debemos corregir siguiendo los pasos de la corrección fraterna que
el mismo Señor nos dejó.
4.) Estar
pendiente de nuestros defectos, faltas y pecado, más que de los de
los demás.
5.) No debemos
olvidar orar para que el pecador enmiende su vida.