Vio aquella muchedumbre y se compadeció de ella
El tema de la Liturgia de hoy
es el de la Providencia Divina y la confianza que debe tener el
cristiano de que Dios, que es Padre... y Padre infinitamente
Misericordioso, se ocupa de todas nuestras necesidades: tanto
espirituales, como materiales.
El cristiano que confía en Dios sabe que nada le faltará, pues Dios
Padre se ocupa de cada una de sus criaturas: se ocupa de los lirios del
campo y de las aves del cielo, y más aún se ocupa de cada uno de
nosotros, sus creaturas que, como El mismo nos dice, valemos mucho más
que las flores y los animales (cfr. Mt. 6, 28).
En la Primera Lectura de hoy, tomada del Profeta Isaías (Is. 55, 1-3),
podemos apreciar el cuido amoroso de un Dios que es Padre, ocupándose de
sus creaturas. Así nos dice el Señor a través del Profeta: “Todos
ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen
dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar. ¿Por
qué gastar el dinero en lo que no es pan, y salario en lo que no
alimenta? Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platos
sustanciosos. Préstenme atención, vengan a Mí, escúchenme y vivirán” (Is.
55, 1-3).
En esta Lectura podemos intuir, tanto los bienes y alimentos materiales,
como los espirituales. Y todos ellos nos vienen de Dios, aunque nos
toque trabajar un poco para obtenerlos. Tal vez no nos damos cuenta de
que es Dios Quien nos los provee.
Y algunos, nos lo da de manera totalmente gratuita. Comida gratis.
Vengan y tomen trigo y vino sin pagar, nos dice en esta Primera Lectura.
¿Qué alimento más gratuito hay que la Sagrada Comunión? Pan y vino
gratis. Y ¡cómo alimenta! Alimenta el alma en el camino hacia la Vida
Eterna.
Para los bienes materiales, El nos da la posibilidad de encontrarlos
poniendo nosotros nuestro aporte, que es el trabajo cotidiano. Para los
espirituales nuestro aporte consiste en nuestra respuesta a la Gracia
Divina, es decir, nuestro “sí” a la Voluntad de Dios. Recordemos esto
cada vez que recemos el Padre Nuestro, pues “el Pan nuestro de cada día”
que pedimos en esa oración con que Jesús nos enseñó invocar a Su Padre,
nuestro Padre, se refiere al alimento material y también al alimento
espiritual.
El Salmo nos recuerda esa confianza en la Providencia Divina. Así hemos
rezado: “Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores... A todos
alimentas a su tiempo... Todos quedan satisfechos”. (Sal. 144)
Dentro de esa confianza que debe tener el cristiano de que Dios todo lo
provee y de que Dios no permite nada que no sea conveniente para nuestra
salvación, está la Segunda Lectura del Apóstol San Pablo a los Romanos (Rm.
8, 35, 37-39).
Nada -absolutamente nada- puede apartarnos del amor que sabemos que Dios
nos tiene: ni las tribulaciones, ni las angustias, ni la persecución, ni
el hambre, ni el peligro, ni la guerra... Nada... Ni la muerte, ni la
vida, ni los demonios, ni el presente, ni el futuro ... En todo
confiamos en Dios y no dudamos de su Amor. Así es la seguridad del
cristiano que confía en su Padre, Dios.
El Evangelio nos trae uno de los milagros más recordados de Jesús, el de
la Multiplicación de los Panes y los Peces: alimento multiplicado y
gratis para saciar a todos los que le seguían en ese momento. Pero, más
allá del milagro multiplicador, es interesante descubrir en este texto
del Evangelista San Mateo (Mt. 14, 13-21), algunos detalles que rodearon
este impresionante milagro.
Lo primero que llama la atención es el hecho de que para el momento de
este acontecimiento, Jesús se acaba de enterar de la muerte de su primo,
su Precursor, San Juan Bautista. Nos dice el Evangelista que “al
enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se
dirigió a un lugar solitario”.
Es decir, que en ese momento el Señor estaba de duelo y quería retirarse
a solas, seguramente a orar, o simplemente a recuperarse de la tristeza
de este hecho. Sabemos que, como Dios, Jesús conocía de antemano lo que
iba a suceder a su primo. Pero, como Hombre verdadero que era también,
sentía aflicción por tal pérdida y por tan vil asesinato (cfr. Mt. 14,
1-12).
Pero... ¿por qué llama la atención esto? Llama la atención por lo que de
seguidas nos cuenta el Evangelista: al saber la gente que Jesús estaba
por allí, lo siguieron por tierra y El, al ver aquella muchedumbre, “se
compadeció de ella y curó a los enfermos”. Y la atención de Jesús para
con esa gente no se queda allí, sino que posteriormente, les da de comer
a todos.
Si observamos bien, entonces, nos damos cuenta de que Jesús se olvida de
lo que inicialmente iba a hacer, se olvida de su retiro en soledad, se
olvida de su duelo, de su dolor, y se somete a la solicitud de una
muchedumbre hambrienta de pan material y de pan espiritual.
Y nosotros, que debemos ser imitadores de Cristo, ¿es así como actuamos
con relación a las necesidades de los demás? ¿Qué necesidades ponemos de
primero: las nuestras o las de los demás? ¿Cómo atendemos a quien nos
necesita para que le demos una palabra de aliento, una atención porque
está enfermo o simplemente porque necesita un trozo de pan? ¿Hacemos
como Jesús? ¿Nos olvidamos de nuestra tristeza o preocupación personal
para atender a otros, aún desde nuestra propia tristeza o preocupación?
¿O buscamos ser nosotros atendidos, olvidando a los demás? ¿Buscamos ser
consolados en vez de consolar? ¿Ser comprendidos en vez de comprender?
¿Ser amados en vez de amar? ... ¿Cómo actuamos? ¿Cómo somos?...
Otro detalle que llama la atención de este milagro multiplicador de
comida es el hecho de que Jesús le pregunta a sus discípulos cuánta
comida tienen. Y ellos le informan: son sólo cinco panes y dos pescados.
La muchedumbre era grande: cinco mil hombres, más las mujeres y los
niños. Si tomamos en cuenta que a Jesús lo seguían muchas más mujeres
que hombres, probablemente en total podían haber sido unas quince mil
personas. ¿Cómo podían los discípulos, preocupados por el gentío, seguir
la indicación del Señor que les dice: “Denles ustedes de comer”?
El Señor les pedía un imposible: dar de comer a quince mil con cinco
panes y dos pescados. Ellos obedecen, aunque parecía imposible. Y
nosotros... ¿cómo actuamos cuando el Señor nos pide algo que creemos
imposible? ¿Confiamos en la Providencia Divina o confiamos sólo en
nuestras débiles fuerzas? ¿Confiamos plenamente en Dios u olvidamos que
Dios nunca nos pide algo que no podamos cumplir con su Gracia?
¿Qué sucedió, entonces, en esta escena evangélica? ¡Sucedió lo
imposible! Los Apóstoles sí pudieron cumplir la instrucción del Señor,
pues, acto seguido, Jesús efectúa el milagro: de los cinco panes y dos
peces iban saliendo muchísimos panes y pescados... ¡tantos! que al
final, después de haber comido todos, se recogieron doce cestas de
sobras.
Las cifras que pone el Evangelista dan una idea de la espectacularidad
del milagro. Pero este milagro fue ¡nada! en comparación con otro
milagro que este milagro pre-anuncia: la Sagrada Eucaristía, en la cual
Jesús se convierte El mismo en nuestro “Pan bajado del Cielo” (Jn. 6,
41).
En efecto, Jesús es nuestro “Pan de Vida” que alimenta nuestra vida
espiritual, que se da a nosotros como alimento en la Hostia Consagrada,
cada vez que queramos recibirlo: diariamente, si deseamos. Alimento
espiritual gratis también, como anunciaba la profecía de Isaías en la
Primera Lectura.
Recordemos: Dios provee todas nuestras necesidades... las materiales y
las espirituales. Espera, eso sí, que depongamos nuestros gustos y
deseos para dar prioridad a las necesidades de los demás. Espera,
además, que sigamos sus instrucciones... aunque nos parezcan imposibles
de cumplir. Y también espera que pongamos lo poco que tengamos (nuestros
cinco panes y dos pescados) para El multiplicarlos para los demás. Y nos
da otro pan gratis que nos alimenta en el camino a la Vida Eterna: la
Sagrada Comunión.
Fuente: http://www.homilia.org/