“cuando estaba en la mesa,
tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”
El Evangelio de hoy nos narra la
primera aparición de Jesucristo resucitado a sus Apóstoles y discípulos
reunidos en Jerusalén (Jn. 6, 1-15). Anteriores a esta aparición,
la Sagrada Escritura nos narra la de María Magdalena, nos menciona que el
Señor se había aparecido también a San Pedro y, adicionalmente, nos cuenta
la de dos discípulos suyos que iban desde Jerusalén hacia Emaús.
Las tres Lecturas de este domingo
nos hablan de la Misericordia de Dios, al darnos el Señor su gran muestra de
misericordia para con nosotros, cual es el perdón de las faltas que
cometemos contra Él.
En esta primera aparición a los
Apóstoles y discípulos reunidos en Jerusalén, que nos narra el Evangelio de
hoy, vemos cómo Jesús les da todas las pruebas para que se convenzan que
realmente ha resucitado. Les disipa todas las dudas que pueden tener y que
de hecho tienen en sus corazones. Les demuestra que no es un fantasma, que
realmente está allí vivo en medio de ellos. Como nos les bastaba ver las
marcas de los clavos en sus manos y pies, les da una prueba adicional: les
pide algo de comer, y come.
Luego les recuerda cómo Él les había
anunciado todo lo que iba a suceder y estaba sucediendo ya, y cómo se
estaban cumpliendo las Escrituras con su Muerte y Resurrección. Y ya al
final les dice que ellos son testigos de todo lo sucedido y les habla de que
“la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados debe
predicarse a todas las naciones, comenzando por Jerusalén”.
Y eso hacen los Apóstoles. En la
Primera Lectura (Hech. 3, 13-19) tenemos un discurso de Pedro
quien, aprovechando la aglomeración de gente que se formó enseguida de la
sanación del tullido de nacimiento, hace un recuento de cómo sucedieron las
cosas y cómo fue condenado Jesús injustamente: “Israelitas: ... Ustedes
lo entregaron a Pilato, que ya había decidido ponerlo en libertad.
Rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de un asesino; han dado
muerte al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos.”
Sin embargo, a pesar de la falta tan
grave, del “deicidio” que se había cometido, Pedro les habla de la
misericordia de Dios en el perdón: “Ahora bien, hermanos, yo sé que
ustedes han obrado por ignorancia, al igual que sus jefes ... Por lo tanto,
arrepiéntanse y conviértanse para que se les perdonen sus pecados”.
En la Segunda Lectura (1 Jn. 2,
1-5) también San Juan nos habla del arrepentimiento y del perdón de los
pecados. “Les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguien peca,
tenemos un intercesor ante el Padre, Jesucristo, el justo. Porque El se
ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados y no sólo por los
nuestros, sino por los del mundo entero”.
Importante hacer notar cuál es la
condición para recibir el perdón de los pecados. Esa condición, no se
refiere a la gravedad de las faltas, por ejemplo. No se nos habla de que
unas faltas se perdonan y otras no, como si algunas faltas fueran tan graves
que no merecerían perdón. ¡Si se perdona hasta el “deicidio”! Se nos habla,
más bien, de una sola condición: arrepentirse, volverse a Dios.
Volverse a Dios implica, por supuesto, la Confesión Sacramental. Es
lo único que nos exige el Señor.
Ahora bien, el estar arrepentidos
tiene como consecuencia lógica el deseo de no volver a ofender a Dios, lo
que llamamos “propósito de la enmienda”. Pero, sin embargo, si a pesar de
nuestro deseo de no pecar más, volvemos a caer, el Señor siempre
nos perdona: 70 veces 7 (que no significa el total de 490 veces)
sino todas las veces que necesitemos ser perdonados.
¿Realmente tenemos conciencia de lo
que significa esta disposición continua del Señor a perdonarnos? ¿Nos damos
cuenta del gran privilegio que es el sabernos siempre perdonados por Él?
¿Medimos, de verdad, cuán grande es la Misericordia de Dios para con
nosotros que le fallamos y le faltamos con tanta frecuencia?
El Evangelio de hoy nos menciona el
regreso de los dos discípulos de Emaús a Jerusalén y encontrándose los
Apóstoles y discípulos reunidos, Jesús se aparece de en ese momento.
Y, aunque no nos narra la aparición
de Jesús Resucitado a estos dos discípulos camino a Emaús, repasemos cómo
fue: Cristo se hizo pasar por un caminante más que iba por el mismo sitio y,
caminando junto con ellos, “les explicó todos los pasajes de la
Escritura que se referían a El”. Luego accedió a quedarse con ellos y
“cuando estaba en la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo
partió y se lo dio”. Fue en ese momento cuando los discípulos de Emaús
lo reconocieron ... pero Él desapareció.
Con motivo de este tiempo de Pascua,
veamos cómo aplicamos este relato a la Santa Misa. Nos dice el Catecismo de
la Iglesia Católica (cf. #1346, 1347, 1373, 1374, 1375, 1376, 1377)
que la Liturgia de la Eucaristía se desarrolla con una estructura que se ha
conservado a través de los siglos y que comprende dos grandes momentos que
forman una unidad básica. Estos momentos son:
. La Liturgia de la Palabra,
que comprende las lecturas, la homilía y la oración universal.
. La Liturgia Eucarística,
que comprende el Ofertorio, la Consagración y la Comunión.
Es importante recordar que la
Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística constituyen “un solo acto
de culto”, según nos lo dice el Concilio Vaticano II (SC 56). En
efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de
la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).
Es lo mismo que sucedió camino a
Emaús: Jesús resucitado les explicaba las Escrituras a los dos discípulos,
luego, sentándose a la mesa con ellos “tomó el pan, pronunció la bendición,
lo partió y se lo dio” (Lc. 24, 13-35).
Sin embargo, constituye un
error el pensar o el pretender que la presencia de Jesús es igual durante la
Liturgia de la Palabra que durante la Consagración y la Comunión.
Cristo está presente de múltiples
maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí
donde dos o tres estén reunidos en su nombre”, en los Sacramentos, en
el Sacrificio de la Misa, etc. Pero, nos dice el Concilio Vaticano II
(SC 7) y la enseñanza de la Iglesia a lo largo de los siglos que
“sobre todo (está presente) bajo las especies
eucarísticas”.
“El modo de presencia de
Cristo bajo las especies eucarísticas es singular”. Este énfasis en
la singularidad de la presencia viva de Cristo en el pan y el vino
consagrados nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual es
un compendio resumido de toda la enseñanza de la Iglesia a lo largo de los
siglos.
Continúa el Catecismo:
- “En el Santísimo Sacramento de la
Eucaristía están ‘contenidos verdadera, real y substancialmente
el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor
Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero’”.
Aclara el Catecismo:
- “Esta presencia se denomina
‘real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen
‘reales’, sino por excelencia, porque es substancial , y
por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente”. Mediante la
conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo
se hace presente en este Sacramento.”
“Por la consagración del pan y del
vino en la que se opera el cambio de toda la substancia del pan en la
substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del
vino en la substancia de su Sangre, la Iglesia Católica ha llamado justa y
apropiadamente este cambio transubstanciación”.
“La presencia eucarística de Cristo
comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que
subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en
cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo
que la fracción del pan no divide a Cristo”.
Fuente:
http://www.homilia.org/