Somos administradores y no dueños de los valores
Las Lecturas de este domingo nos hablan de la parte que nos toca a cada
uno de los seres humanos en nuestra propia salvación. Sabemos que la
salvación es obra de Dios, por los méritos de Jesucristo y por la acción
del Espíritu Santo en nosotros, pero a cada uno de nosotros nos toca una
pequeña parte: nuestra respuesta a las gracias que el Señor nos da en
cada momento y a lo largo de toda nuestra vida.
Para explicar un poco mejor cuál es la participación divina y cuál es la
participación humana en nuestra propia salvación, nos apoyaremos en el
acuerdo firmado entre Luteranos y Católicos sobre la Doctrina de la
Justificación. ¿Por qué usar este documento? Porque allí queda muy bien
especificada la necesidad de nuestra respuesta a la gracia y el hecho de
que nuestra santificación (o justificación) es obra de Dios, pero
requiere nuestra respuesta.
Dice este documento: “La justificación es obra de Dios Trino ... Sólo
por gracia, mediante la fe en Cristo y su obra salvífica, y no por algún
mérito, nosotros somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo
que renueva nuestros corazones capacitándonos y llamándonos a buenas
obras”.
Es decir: Dios nos santifica, sin ningún mérito de nuestra parte, pues
el Espíritu Santo, actuando en nosotros, nos capacita para que,
respondiendo a la gracia, realicemos buenas obras.
Entrando ya en la Liturgia de la Palabra de este Domingo, vemos que el
Evangelio nos trae la famosa parábola de los talentos (Mt. 25, 14-30).
En la época de Jesucristo, un “talento” significaba unos 35 kilos de
metal precioso. Pero en esta parábola vemos que el Señor usa los
talentos para significar las capacidades que Dios da a cada uno de
nosotros, las cuales debemos hacer fructificar.
Cristo nos presenta el Reino de los Cielos como un hombre que llama a
sus servidores para encargarle sus bienes.
A uno le dio cinco talentos, a otro tres talentos y al último solamente
un talento. Los dos primeros duplicaron sus talentos y el último
escondió el único talento que le dieron.
Al regresar el amo, los dos primeros son felicitados, se les promete que
se le confiarán cosas de mucho valor y se les invita “tomar parte en la
alegría de su Señor”. Es decir que los que hicieron fructificar sus
talentos llegaron al Reino de los Cielos.
Pero el que no, le fue quitado el talento que guardó sin hacer
fructificar y, además, es echado “fuera, a las tinieblas, donde será el
llanto y la desesperación”. Es decir, el servidor que no hizo frutos,
será condenado igual que un pecador. ¿Por qué?
Porque también es un pecador. Hay un tipo de pecado, llamado “pecado de
omisión” que se refiere, no a lo que se ha hecho, sino a lo que se ha
dejado de hacer. Y todo aquél que no responde a las gracias recibidas de
Dios, peca por omisión.
Dios distribuye sus gracias a quién quiere, cómo quiere, cuándo quiere y
cuánto quiere. Lo importante no es recibir mucho o poco, más o menos que
otro. Esta parábola nos muestra que Dios reparte sus dones en diferentes
medidas. Lo importante es saber que Dios da a cada uno lo que necesita
para su salvación, y lo da en la forma y en el momento adecuado: “Mi
gracia te basta” (2 Cor. 12. 9). “Tú les das la comida a su tiempo.
Abres la mano y sacias de favores a todo viviente” (Sal. 145, 15).
Además, Dios exige en proporción de lo que nos ha dado. “A quien mucho
se le da, mucho se le exigirá” (Lc. 12, 48). Y lo que nos ha dado es
para hacerlo fructificar.
¿Qué espera Dios de nosotros? Que con las gracias que nos da demos
frutos de virtudes y de buenas obras. Dicho en otras palabras: El nos da
las gracias, y espera que aprovechemos esas gracias. Aprovechar las
gracias es crecer en virtudes y en servicio a los demás.
Tomemos, por ejemplo, una de las virtudes que Dios nos ha dado: la Fe,
la cual consiste en creer las verdades divinas, simplemente porque El
nos las ha revelado, aunque las apariencias nos digan otra cosa.
Esa fe en Dios deberá fructificar al traducirse en una fe más profunda
que nos lleva a tener una total confianza en Dios, en sus planes para
nuestra vida y en su manera de realizar esos planes.
Además, porque creemos en Dios, sabemos que Dios nos invita a amarnos
como El nos ha amado. De allí, entonces, que la fe también debe producir
frutos de buenas obras, sobre todo de servicio a los demás.
Sin embargo, es importante recordar siempre esto: sería tonto creer que
somos nosotros mismos los que hacemos fructificar nuestros talentos.
¡Qué lejos estamos de la verdad cuando así pensamos!
Otro talento adicional que Dios nos da es la misma capacidad de
responder a sus gracias. Por nosotros mismos, sencillamente, no podemos.
El ser humano no es capaz por sí mismo de ningún acto que lo santifique.
Y con ese talento adicional que Dios nos da de responder a sus gracias,
podemos y debemos cooperar en nuestra propia salvación. Es lo que Dios
espera de nosotros.
Veamos otros pasajes bíblicos en que El Señor nos recuerda todo esto:
“Nadie puede venir a Mí si el Padre no lo atrae” (Jn. 6, 44). Aquí el
Señor nos habla de la necesidad que tenemos de la gracia divina, pues
nada podemos por nosotros mismos.
“Yo soy la Vid y mi Padre el Viñador. Si alguna de mis ramas no produce
fruto, El la cortará, y poda toda rama que produce fruto para que dé
más” (Jn. 15, 1-2). Nos indica la necesidad de cooperar con la gracia
divina, dando buenos frutos; de cómo Dios nos capacita para dar aún más
frutos, y del riesgo que corremos de no producir frutos.
De allí que en la Aclamación Evangélica cantamos con el Aleluya este
llamado del Señor: “Permanezcan en Mí y Yo en ustedes; el que permanece
en Mí da fruto abundante” (Jn. 15, 4-5).
“Por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia que me confirió no ha
sido estéril. He trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la
gracia de Dios conmigo” (1 Cor. 15, 10). Nos muestra que no somos
capaces de nada sin la gracia divina y también la necesidad que tenemos
de responder a esa gracia.
“He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la
fe. Ya me está preparada la corona de la santidad, que me otorgará aquel
día el Señor, justo Juez” (2 Tim. 4, 7-8). Nos habla de nuestra
correspondencia a la gracia y del premio prometido a quienes hagan
fructificar la gracia.
La Primera Lectura tomada del Libro de los Proverbios nos habla de la
esposa virtuosa. Puede tomarse pensando en la mujer casada, pero puede
referirse también a la Iglesia como esposa de Cristo.
La Iglesia - es decir, cada uno de nosotros los cristianos- debemos ser
como esa esposa fiel, que sabe trabajar respondiendo a las capacidades
que Dios le da, que sabe ayudar al desvalido, que respeta a Dios y que
termina siendo “digna de gozar del fruto de sus trabajos”. Es decir, si
somos como la esposa virtuosa, podremos llegar a disfrutar del premio
prometido: nuestra salvación eterna.
La Segunda Lectura de San Pablo que nos trae la Liturgia de hoy (1 Tes.
5, 1-6) coincide con el final de la parábola de los talentos, en la que
el Señor nos dice que cuando El vuelva y nos pida cuentas, los que no
hayan dado frutos serán echados fuera del Reino de los Cielos, y los que
hayan dado frutos entrarán a gozar de la presencia del Señor.
En su carta San Pablo nos habla de la sorpresa que será la venida del
Señor: “El día del Señor llegará como un ladrón en la noche ... o como
los dolores de parto a la mujer encinta y no podrán escapar”. Siempre se
nos habla de la sorpresa con que nos llegará ese día, por lo que se nos
invita a una constante vigilancia.
“En la venida del Hijo del Hombre, sucederá lo mismo que en los tiempos
de Noé ... no se daban cuenta hasta que vino el diluvio y se los llevó a
todos” (Mt. 24, 37-39). “Cuando estén diciendo: ‘¡Qué paz y qué
seguridad tenemos!’ de repente vendrá sobre ellos la catástrofe” (1 Tes.
5, 3). “Así como el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del
cielo, así será le venida del Hijo del Hombre en su día” (Lc. 17, 24).
Sin embargo, San Pablo nos insiste en que no debemos tener miedo,
simplemente debemos estar preparados en todo momento, como nos invitaba
la parábola de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes.
Así nos dice San Pablo hoy: “A ustedes, hermanos, ese día no los tomará
por sorpresa, como un ladrón, porque ustedes no viven en tinieblas, sino
que son hijos de la luz del día, no de la noche y las tinieblas. Por
tanto, no vivamos dormidos ... mantengámonos despiertos y vivamos
sobriamente”.
En resumen, la Palabra de Dios hoy nos invita a vivir vigilantes
respondiendo a la gracia que Dios nos da en todo momento. Esta respuesta
significa ir creciendo en virtudes y dando frutos de buenas obras.
Recordemos que Dios nos otorga su gracia como un tesoro que es necesario
poner a producir, pues hacer lo contrario significa la pérdida de ese
tesoro y el riesgo de no recibir la salvación eterna.