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«Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo lo siguieron»

Sin duda el mensaje de este quinto Domingo del tiempo ordinario es muy claro: la libre elección de Dios y la respuesta generosa del hombre. El profeta Isaías es elegido durante una acción litúrgica en el templo de Jerusalén: «Oí la voz del Señor que me decía: ¿A quién enviaré?» (Primera Lectura). San Pedro, por su parte, percibe la elección divina después de haber obedecido al Maestro de «bregar mar adentro» y echar nuevamente las redes. «No temas - le dice Jesús a un Pedro que reconoce a su Señor- desde ahora serás pescador de hombres» (Evangelio). Finalmente, San Pablo evoca el llamado personal que  Jesús resucitado le hace, camino de Damasco. A él, el que perseguía cristianos; «el menor de los apóstoles...pero por la gracia de Dios soy lo que soy» (Segunda Lectura).

 

Estremecimiento, asombro y temor reverencial   

 

Destaquemos los elementos comunes de las tres lecturas bíblicas  y veamos como el esquema vocacional en el llamado a los primeros apóstoles de Jesús, es habitual en la Biblia. La primera reacción ante el encuentro con Dios es el miedo y estremecimiento. La criatura ante una manifestación del Creador no puede sino experimentar su infinita limitación. El contraste mayor entre la criatura y el Creador es el contraste entre el pecado y la santidad. Por eso vemos a Simón Pedro que exclama: «Aléjate de mí, que soy un pecador». Sigue la palabra, dicha por Jesús, con la que el hombre es tranquilizado y habilitado para recibir la palabra de Dios: «No temas».

 

Igualmente Isaías al contemplar la gloria de Dios exclama: «Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros» (Is 6,5). Sin embargo es Dios quien escoge, llama, elige a su profeta. Es Dios quien le da los medios proporcionables y necesarios para que pueda cumplir su misión: «Yo he retirado la culpa de tus labios». Recordemos que Isaías, el gran profeta del siglo VIII a. C., fue un hombre influyente en la corte de los reyes de Judá. Su actividad profética coincide con los reyes Ozías, Jotán y Ezequías de Judá. Los cuarenta años de su ministerio profético estuvieron dominados por la constante amenaza del imperio asirio y la constante tentación de la infidelidad al amoroso Plan de Dios.

 

Asimismo San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, refiriéndose al encuentro con Jesús camino a Damasco no olvida nunca quien ha sido: «Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo. Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios» (1Co 11, 8 - 9). Nuevamente vemos como la gracia (la fuerza) del Señor (semejante a lo que hemos visto del profeta Isaías) sale al encuentro y transforma completamente ese corazón. 

 

Sabemos que Pablo nació en Tarso de Cilicia (Asia Menor). Tenía la ciudadanía romana pero era de padres judíos. Al igual que su padre, se adhirió a la corriente farisea y fue a Jerusalén, con 15 años, para formarse a los pies del maestro Gamaliel. Cuando fue lapidado Esteban, Saulo era «joven» todavía (ver Hch 7,58) y se encaminaba a Damasco para perseguir  a «los seguidores del Camino»  y llevarlos presos a Jerusalén para matarlos (ver Hch 9,1ss). 

 

La misión 

 

Los llamados por Dios, que es quien siempre toma iniciativa, reciben siempre una misión concreta «No temas desde ahora serás pescador de hombres». Igualmente en la Primera Lectura, después que el serafín[1] purifica los labios de Isaías, el Señor pregunta: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá de parte nuestra?». La respuesta ante el llamado del Señor es la disponibilidad total y el seguimiento incondicional: «Aquí estoy mándame». Pablo confiesa «la gracia del Señor, no se ha frustrado en mí». Él ha sido fiel a la misión de anunciar íntegro el Evangelio de Jesús. Pedro, Juan y Santiago;  dejándolo todo también le siguieron. En las Sagradas Escrituras vemos cómo en el momento en que alguien es llamado por Dios tiene una experiencia marcante que transforma toda su vida. En este llamado inicial está contenido todo lo que será su misión. Ese núcleo, que se capta en el momento de la vocación, se despliega y se desarrolla durante toda su vida.

 

Serás pescador de hombres

 

Veamos ahora la vocación de Simón Pedro. Jesús se presenta a la orilla del lago de Genesaret, mientras la gente se agolpaba para escuchar la Pala­bra de Dios. Jesús entonces vio dos barcas cuyos tripulan­tes habían bajado a tierra y lavaban las redes. Una de ellas era la barca de Pedro. A ella subió Jesús y pidién­do­le que la alejara un poco, desde ella enseñaba a la multi­tud. Cuando acabó de hablar, dice a Pedro: «Boga mar adentro y echa las redes para pescar». Pedro le res­ponde: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y pescaron una gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazan con romperse. Llenaron tanto las dos barcas que casi se hun­dían.

 

Pedro comprendió que este resultado era un milagro y que había acontecido en virtud de la pala­bra de Jesús. Es la misma palabra que arroja endemoniados y cura enfermos. «Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: "¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen» (Lc 4,36). Mas aún, había curado, poco antes, a la suegra de Simón Pedro (ver Lc 4, 38.39). Entonces lo invadió un temor reverencial y cayendo a los pies de Jesús exclamó: «Aléja­te de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Lucas comen­ta que el asombro se había apoderado de todos ellos. Estamos ante una teofanía[2], es decir, ante uno de esos momentos en que Jesús manifiesta su divinidad y así lo sintió Pedro.

 

Jesús al llamar a Pedro hace de esa pesca milagrosa un signo de lo que será la vida entera de Pedro: «Desde ahora serás pescador de hombres». Ya no será más pesca­dor de peces, porque él deja atrás las redes, las barcas, el mar y todo, y sigue a Jesús. Lo que quiere decir Jesús es que en ade­lante Pedro deberá cambiar el objeto de sus preocupaciones y afanes: será pescador de hombres. Y ¿cómo ocurrirá esta nueva pesca? Esta nueva pesca deberá ser igual que aquella paradigmá­tica: será igualmente abundante y, sobre todo, se producirá en virtud de la misma palabra. Para esta nueva pesca Pedro deberá siempre decir: «En tu palabra echaré las redes». Esta nueva pesca nunca deberá em­prenderse confiando solamente en las propias fuerzas y en los propios medios humanos, pues en este nuevo género de pesca, si el hombre se fía de sus capacidades, al final el resultado será cero y deberá reconocer: «Hemos trabajado toda la noche (algunos deberán decir: toda la vida) sin pescar nada». Sin embargo es el mismo Pablo que nos dice: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Para esta nueva pesca Jesús va siempre en la barca de Simón Pedro. Por eso cuando manda a los apóstoles a hacer discí­pulos de todos los pueblos -a pescar hombres-, les asegu­ra: «Yo estaré con vosotros todos los días» (Mt 28,20).

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«"Maestro..., por tu palabra, echaré las redes" (Lc 5, 5). Así responde Simón Pedro a la invitación de Cristo. No oculta su desilusión por el trabajo infructuoso realizado durante toda la noche y, sin embargo, obedece al Maestro:  abandona sus convicciones de pescador, que conoce bien su oficio, y se fía de él. Conocemos la continuación de la historia. Al ver las redes rebosantes de peces, Pedro toma conciencia de la distancia que lo separa a él, "pecador", de aquel a quien ahora reconoce como el "Señor". Se siente transformado interiormente y, ante la invitación del Maestro, deja las redes y lo sigue. Así, el pescador de Galilea se convierte en el apóstol de Cristo, la piedra sobre la que Cristo funda su Iglesia...

 

"He trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo" (1 Cor 15, 10). Estas palabras del apóstol san Pablo, que hemos escuchado en la segunda lectura, nos ayudan a comprender correctamente el valor de nuestros esfuerzos:  la realización de cuanto nos proponemos depende ciertamente de nuestra buena voluntad; pero depende, sobre todo, de la gracia de Dios. Por tanto, el camino pastoral de vuestra parroquia, así como el de la diócesis y el de toda la Iglesia, debe ser esencialmente un camino de santidad, con una adhesión cada vez más profunda a Aquel que es, por antonomasia, el tres veces santo (cf. Is 6, 3).

 

En este itinerario de fe, esperanza y caridad nos acompaña la Virgen santísima, aurora luminosa y guía segura de nuestros pasos por los caminos del mundo y de la historia. Imitémosla en la contemplación, meditando en nuestro corazón el misterio de Cristo (cf. Lc 2, 51). Sigámosla en la oración perseverante y concorde, en comunión con los Apóstoles y con toda la comunidad eclesial (cf. Hch 1, 14). Acojamos su invitación a tener confianza en su Hijo: "Haced lo que Él os diga" (Jn 2, 5). Y tú, María, Estrella del nuevo milenio, ruega por nosotros. Amén».

 

Juan Pablo II, Homilía del Domingo  4 de febrero de 2001

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¿Cómo vivo mi vocación cristiana? ¿Me descubro llamado por Jesús? ¿Sé cuál es mi misión en el mundo? ¿Hago lo necesario para descubrirla?

 

2. Es necesario como católico rezar siempre por las vocaciones para la vida consagrada. ¿Rezo por ellas?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 294. 1533, 1962, 2566- 2567

 


[1] Serafín: nombre que se da a los ángeles que están ante el trono de Dios. Su función es semejante a la de los querubines. 

[2] Teofanía: del griego phaneros: visible y theos: Dios. Aparición o manifestación de Dios de alguna manera visible. 



Fuente: Meditación Dominical