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Danos siempre de este Pan

 

Primera Lectura (Ex 16,2-4.12-15). Este texto pertenece a los llamados “textos de murmuración en el desierto”, en los que el pueblo de Israel se lamenta ante Yahvéh a causa de situaciones difíciles o conflicitivas que encuentra mientras camina hacia la tierra prometida. A veces el pueblo se lamenta porque no encuentra agua para beber (Ex 15,22; 17,1); en Ex 16, en cambio, se queja porque pasa hambre y acusa a Moisés diciendo: “Vosotros habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea” (v. 3). Hay una necesidad objetiva: el hambre. Sin embargo, el juicio que hace el pueblo sobre la situación no es una simple queja a causa de una necesidad vital, sino un juicio global sobre el camino hecho: el pueblo considera el éxodo no como una camino hacia la vida, sino hacia la muerte. Se trata de una auténtica negación del Nombre de Dios, es decir de la acción liberadora que el Señor ha obrado en favor de ellos.

El desierto, que es solamente un lugar de paso hacia la tierra prometida, es visto como un espacio al que se llega para morir. Israel absolutiza un momento del camino y se hace prisionero de su presente. El pueblo ha perdido de vista el lugar hacia el que se encamina, olvida que hay una promesa divina que le asegura un futuro mejor, olvida el “porqué” del camino que está realizando. Es entonces cuando nace la nostalgia del pasado. No siendo ya capaz de ver el futuro, Israel mira hacia atrás y comienza a añorar la esclavitud de Egipto. La preocupación por el alimento, el miedo y el cansancio, hacen que Israel olvide todo lo que Dios ha realizado en su favor. Lo único que logra recordar ahora es su esclavitud. Aunque ha sido liberado materialmente, sigue teniendo un corazón de esclavo.

Prefiere la esclavitud del pasado al riesgo y al cansancio del camino de la libertad, prefiere la olla de carne que comía bajo el maltrato de sus capataces, al riesgo de confiar cada día en el Señor que los guía en el desierto: “¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en el país de Egipto cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos!” (v. 3). No se trata de un simple lamento en un momento de calamidad. El problema es teológico. Si Dios se había revelado a Israel como el Dios de la liberación y de la vida, negar ahora esta liberación y esta voluntad de vida de parte de Dios es negar y rechazar claramente el santo Nombre de Dios.

Mientras el pueblo piensa en la muerte, añora la pasividad del esclavo sentado frente a la olla de carne en Egipto y siente nostalgia de la saciedad con que vivía en Egipto (v. 3), el Señor interviene para mostrar cuál es su voluntad para el pueblo y cómo debe vivir el Israel libre que camina hacia la tierra prometida: quiere la vida para ellos, por eso les dará de comer de un pan que caerá del cielo, los llama a colaborar activa y responsablemente para obtener el alimento y les manda vivir provisoriamente, recogiendo cotidianamente la ración necesaria para cada día (v. 4). A la actitud fatalista de Israel que piensa sólo en la muerte, el Señor opone su voluntad de alimentarlo y hacerlo vivir; a la actitud de comodidad de Israel que prefiere estar sentado frente a la olla de carne, el Señor propone la fatiga de buscar y recoger el pan que Él les dará; finalmente, a la falsa seguridad que da la abundancia material, el Señor le propone al pueblo vivir abandonado a la providencia divina, confiando en Él, el Dios que alimenta con amor día a día la existencia de los hombres

El Señor cumple su promesa dándole al pueblo no solo pan por la mañana, sino también carne por la tarde (v. 12). Al amanecer, cuando se evaporaba la capa de rocío, aparecía una “cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha sobre la tierra” (v. 14). El evento se puede explicar como fenómeno natural. En la costa occidental de la península del Sinaí hay una especie de árbol, de cuyas ramas cae durante los meses de junio y julio, una especia de resina blanca, en forma de granos pequeños, totalmente comestible. Igualmente es frecuente en esa región del Sinaí, que numerosas codornices caigan al suelo a causa de la fuerza del viento. El descubrir este alimento en circunstancias de extrema necesidad en el desierto, fue interpretado por Israel como un verdadero milagro, como alimento mandado por Dios. O dicho de otra manera, Dios se sirvió de un fenómeno natural de aquella región para alimentar y mantener con vida a su pueblo.

Aquel alimento fue llamado “maná”, término que el texto hebreo intenta explicar etimológicamente a través de la pregunta sorprendida de los israelitas: “¿Qué es esto?” (v. 15), que en hebreo se dice: mah hu, de donde se habría originado el misterioso nombre maná. El texto subraya la ignorancia de Israel en relación con el origen del alimento dado por Dios, “pues no sabían lo que era”. Solamente Moisés puede dar al pueblo la explicación de aquel misterioso alimento: “Este es el pan que el Señor les da para comer” (v. 15).

En el espacio riesgoso y mortal del desierto, Dios se revela como Dios de vida, alimentando a su pueblo; pero se revela también como el Dios que educa y guía a su pueblo, enseñándole a vivir de fe (Israel no debe añorar Egipto, sino confiar en Dios aún en medio del desierto), colaborando con él para mantenerse vivo (Israel tendrá que recoger el maná) y confiando en su providencia amorosa día a día (Israel no podrá acumular para el día siguiente).

Segunda lectura (Efesios 4,17.20-24). El autor de la carta a los Efesios exhorta a los cristianos a mantenerse fieles en la nueva condición de vida a la que les ha conducido la fe en Cristo. Este nuevo modo de vivir es fruto de la escucha de la predicación. Los cristianos “han aprendido a Cristo”, “han oído hablar de él”, “han sodo enseñados conforme a la verdad de Jesús” (vv. 20-21). Las metáforas del “hombre viejo” y del “hombre nuevo” indican la condición anterior a la fe en Cristo y la condición de vida generada a causa de la fe en Él. En el primer caso, la persona es víctima de sus tendencias y pasiones egoístas, sufriendo un inexorable proceso de “corrupción”; en el segundo caso, la persona se ha “revestido” del hombre nuevo, “ha sido creada” por Dios. La condición del cristiano supone la renovación interior de la mente y del corazón, a través de la libre aceptación de los valores del evangelio, pero sobre todo es fruto de la acción misteriosa de Dios que en Cristo recrea al hombre y lo reviste de una nueva personalidad, de una nueva fortaleza interior y de una auténtica conformación existencial con Jesucristo, en quien apareció definitivamente la nueva humanidad.

El evangelio (Jn 6,24-35). Después del signo de la multiplicación de los panes, con el que Jesús había querido significar el misterio más profundo de su persona y de su misión, al ver que lo querían tomar por la fuerza para hacerlo rey, huyó solo al monte (Jn 6,15). La muchedumbre persiste en su intento y va a buscarlo y al encontrarlo le pregunta: “Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?” (v. 25). Pero el verdadero problema no es saber cuándo Jesús llegó a ese lugar, sino cuáles son las motivaciones por las que la gente lo busca.

Jesús aprovecha el momento para poner en claro las cosas e iluminar la conciencia de quienes lo buscan tan afanosamente. Intenta reorientar el hambre de aquella gente: “En verdad, en verdad os digo, vosotros me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado” (v. 26). Desea que la gente cambie el centro de interés de su búsqueda, pidiéndole que cambie su necesidad de alimento material en deseo de otro alimento que viene de Dios: “Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que dará el Hijo del hombre” (v. 27). Como tantas otras veces en el cuarto evangelio, es necesario pasar de la visión del signo a la contemplación en la fe de quien lo ha realizado, Jesús, el Hijo de Dios, “a quien el Padre Dios ha marcado con su sello” (v. 27).

La gente acepta el desafío planteado por Jesús y entra en diálogo con él. Él los ha invitado a “obrar” por un “alimento que permanece para vida eterna”, y ellos han comprendido que tienen que hacer algo, como si la vida eterna y la salvación fueran algo que el hombre puede conquistar haciendo cosas, realizando obras meritorias: “¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?” (v. 28). Entonces Jesús aclara que lo único que se le pide al hombre es saber acoger un don, responder con fe al don por excelencia que Dios ha hecho al mundo, su Hijo amado. Esta es la obra de Dios –explica Jesús– “que creáis en quien él ha enviado” (v. 29). Los judíos hablan de “obras”, en plural, probablemente haciendo referencia al cumplimiento de los distintos preceptos de la Ley, Jesús habla de “la obra”, en singular. Una sola obra: creer. La obra de Dios es que creamos en su Hijo. Es obra de Dios porque es la única obra que Dios espera de nosotros, pero es obra de Dios sobre todo porque la fe es una gracia suya. En síntesis, no se trata de hacer muchas cosas, sino de recibir con fe el don de Dios, el don de su Hijo, en quien nos ha amado y nos da la vida eterna: “porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Esta fe en el Hijo de Dios nace de la escucha de su palabra, justamente lo que aquella muchedumbre no logra realizar, refugiándose en la pretensión de obtener signos, milagros de parte de Jesús, actos prodigiosos que den seguridad con su evidencia: “¿Qué signo haces para que viéndolo creamos en ti? ¿Qué obras realizas?” (v. 30). Llegan incluso a revestir de sentido religioso su exigencia, recordándole a Jesús el evento extraordinario del maná que Dios dio a Israel en el desierto (Ex 16), y para hacer más solemne su petición citan las palabras de un Salmo: “Les dio de comer pan del cielo” (Sal 78,24). Jesús comenta el acontecimiento antiguo del maná, reorientando la perspectiva de sus interlocutores. Les hace centrar la atención no en el don sino en el Donante: “No fue Moisés quien les dio el pan del cielo, es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo” (v. 32). Es claro también el contraste entre el pasado del verbo dar (“les dio”) y su forma presente (“les da”). Los judíos, cegados por los dones del pasado, no se abren al don de Dios por excelencia, al don que Dios está dando en el presente y que es su Hijo. El apego al pasado impide abrirse a la novedad de Dios en el presente. Hay otro contraste. El maná fue un alimento que nutrió el cuerpo del pueblo de Israel en el desierto, pero en último término era un “alimento perecedero”. Sin embargo, para ojos que se dejan iluminar por la fe, el maná se debía ver como un signo de otro pan verdadero, el pan que Dios está dando hoy en su Hijo, “el pan de Dios, el que baja del cielo y da la vida al mundo” (v.
33).

En este momento pareciera que aquella gente comienza a aceptar el discurso de Jesús e inicia a vivir el movimiento interior de fe que Jesús le ha pedido: “Señor, danos siempre de ese pan” (v. 34). Jesús les responde con la frase central de revelación de todo el capítulo seis del evangelio de Juan: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (v. 35. Jesús se presenta con la metáfora del pan que sostiene y permite la existencia. Comer de él es creer en él. Es dejar que su palabra oriente nuestros sentimientos, pensamientos, decisiones y acciones. Es permitir que la vida de Dios, revelada y donada por Jesús, vivifique y haga plena nuestra frágil y efímera existencia humana. Esta es la obra de Dios, la única obra que Dios espera de nosotros y que misteriosamente Él mismo realiza en nosotros.
 

 

Fuente: Mons. Silvio José Báez, OCD