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«Alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos»

Las lecturas del día de hoy nos hablan de la virtud de la confianza en Dios y de nuestro deber de evangelizar.

En la Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 66, 10-14) se nos habla de la confianza en Dios y se nos da una imagen muy dulce, pero a la vez muy concreta y expresiva de cómo debe ser esa confianza. Así se nos describe esa imagen: “Como un hijo a quien su madre consuela, así os consolaré Yo. Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas”.

Así debe ser nuestra confianza en Dios: como un niño en los brazos de su madre, que sabe que todo lo tiene, pues la madre sabe todo lo que necesita su niño.

Esta Lectura basa la confianza en Dios en su Poder, al concluir así: “Y los siervos del Señor conocerán su Poder”.

En el Salmo de hoy oramos alabando el poder de Dios y la confianza que hemos de tener en El, cuando hemos dicho: “Admiremos las obras del Señor, los prodigios que ha hecho por los hombres”. Y también cuando hemos repetido: “Las obras del Señor son admirables”. Este Salmo recuerda dos portentos que Dios hizo para el pueblo de Israel, mostrándoles su poder sobre la naturaleza: el paso del Mar Rojo (cf. Ex. 14) y el paso del Jordán (cf. Jos. 3).

En la Segunda Lectura (Gal. 6, 14-18), San Pablo nos hace saber que ya el mundo no tiene ningún valor para él, que el mundo y lo que éste significa están muertos para él. “El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.

Y nos trae esta Lectura la famosa frase del Apóstol: “No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Aceptación de la cruz, del sufrimiento, y morir a lo que el mundo nos vende (cosas que nos parecen tan importantes y tan necesarias). El seguidor de Cristo tiene que vivir como lo indica San Pablo. No puede vivir de otra manera.

En el Evangelio (Lc. 10, 1-20) hemos escuchado el relato del envío de los 72 discípulos. Y pareciera que este texto evangélico no tuviera mucha relación con las Lecturas anteriores. Sin embargo, la forma en que Jesús envía a los 72, requiere de sus discípulos una confianza absoluta en el poder de Dios.

Como “corderos en medio de lobos”, mandó Jesús a los primeros discípulos, 72 en total y en parejas de dos en dos, advirtiéndoles que la cosecha era grande y los trabajadores pocos. Los mandó por delante de El “a los pueblos y lugares a donde pensaba ir”.

La frase de los corderos y los lobos ciertamente asusta. Sin embargo, todos fueron, todos respondieron.

Hoy el Señor nos repite este mandato a todos nosotros que hemos de realizar la “Nueva Evangelización” a la cual nos llamó Juan Pablo II y nos sigue llamando Benedicto XVI.

Al decirle a sus discípulos que los envía “como corderos en medio de lobos”, parece anunciarles peligros serios. Podemos pensar qué puede suceder cuando algunos pobres corderitos se encuentran ante una manada de lobos feroces. La imagen es fuerte. Pero sucede que los corderos, sus 72 discípulos, deben confiar no en su propia fuerza, sino en el poder de Dios.

Esto es tan así, que además les da instrucciones muy precisas de que no lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias. O sea, los envía también aparentemente desprovistos de todo lo necesario desde el punto de vista humano.

¿Y qué les sucedió? ¿Qué relatan los discípulos al regresar de la misión? Estaban ¡impresionados! de lo que había sucedido. “Llenos de alegría” -nos dice el Evangelio- contaron a Jesús: “Señor, ¡hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”. Es decir, el lobo y los lobos, se sometieron a los corderos.

Y ¿qué significa esto? Significa que,confiando en el poder de Dios, obedeciendo las instrucciones de Jesús, que es Dios-hecho-hombre, Dios pudo realizar prodigios a través de esos “corderitos”, a pesar de los “lobos”.

Pero luego el Señor les advierte: ¡Cuidado! No se entusiasmen mucho con este poder, que no es de Uds., sino de Dios.

Y es que el apóstol siempre tiene la tentación de creer que el trabajo de evangelizar, el trabajo de convertir almas, el trabajo de llevar la Palabra de Dios a los demás, es obra de él mismo o es logro de él mismo, olvidándose de que es sólo instrumento de Dios, pues es Dios mismo quien actúa en él y a través de él, para hacer su labor en medio del mundo.

Ser instrumento de Dios es ser como una trompeta por la cual pasa el aire. Quien sopla el aire y quien hace la melodía es Dios; no nosotros mismos. ¡Nosotros somos solamente trompetas! Nosotros somos instrumentos.

Los que deseamos responder al llamado a evangelizar, debemos tener esto siempre en cuenta: Evangelizar no es proyectarnos nosotros mismos. No es soplar la trompeta nosotros. Es dejar que sea Dios quien lo haga. Evangelizar no es ni siquiera llevar nosotros al Señor: es sobre todo llevar al Señor en nosotros.

Entonces: para ser verdaderos instrumentos, debemos llevar al Señor en nosotros y que así el Señor llegue a los demás. De allí que –primero que nada- debemos llenarnos de El. ¿Y cómo nos llenamos de El? En la oración, en la oración frecuente y constante. En los Sacramentos, en la recepción de los Sacramentos también frecuente y constante.

La oración y los Sacramentos nos van haciendo instrumentos dóciles en las manos del Señor, para que El sople su melodía a través nuestro y dejemos nosotros de tocar nuestra propia melodía.

Los discípulos regresaron de su misión “llenos de alegría”. Lo que más les entusiasmó era que los demonios se les sometían al nombre de Jesús.

El Señor les aclara: Es cierto que les di poder “para vencer toda la fuerza del enemigo y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten. Alégrense, más bien, de que sus nombres están escritos en el Cielo”.

Es decir, lo importante no es el triunfo en la evangelización –aunque puedan haber éxitos visibles y comprobables, los cuales –recordemos siempre- no son nuestros, sino de Dios. Lo verdaderamente importante es nuestra salvación, que también es obra de Dios y El la realiza si nosotros aprovechamos todas las gracias que nos da para ello a lo largo de nuestra vida.

Así como a los 72, Jesús nos envía hoy a nosotros, a todos los que queramos seguirle. Ese envío está incluido en esas gracias de salvación que nos da constantemente. Nos envía, y nos equipa. Y nos instruye. Y nos dice qué hacer y qué decir. Y debemos alegrarnos, no porque los demonios puedan sometérsenos, sino porque nuestros nombres están escritos en el Cielo.

Y ¿qué significa que nuestros nombres están escritos en el Cielo? Significa que Dios quiere que todos los seres humanos nos salvemos, llegando al conocimiento de la Verdad (cf. 1 Tim.2, 4). Significa que nuestro camino de santidad está trazado.

Y ese camino de santidad que nos lleva al Cielo es claro para el cristiano: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Amar a Dios sobre todas las cosas es la dimensión vertical de nuestra vocación a la santidad. Y amar al prójimo es la dimensión horizontal de la santidad. Ambas líneas forman la cruz del cristiano. No hay la una sin la otra. Y si alguna va primero es el amor a Dios ... o mejor dicho: el Amor de Dios.

Sí. Porque nadie puede amar por sí mismo, pues el amor consiste en que Dios nos ama y con ese amor con que El nos ama, le amamos a El, y ese amor de Dios en nosotros necesariamente se desborda hacia los demás. Dicho en otras palabras: el Amor viene de Dios (cf. 1 Jn.4, 7-8 y 10). Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar. Es más: es Dios Quien ama a través de nosotros.

Ahora bien, amar es servir. Amar es dar-se. Dar-se no es lo mismo que dar. Amar es dar uno de sí. Dar, sin dar-se, puede ser altruismo o mera filantropía. Pero no es el amor-caridad que viene de Dios amando en nosotros: nosotros amándole a El y El amando a través nuestro.

Amar sirviendo significa poner lo que tenemos -dinero, talento, tiempo, habilidades, capacidades, energías, posesiones, gracias, - todo, al servicio de Dios que es nuestro dueño y dueño de “nuestras” cosas ... porque todo nos viene de El. Pero ¡con qué frecuencia olvidamos esta realidad! ¡Con qué frecuencia nos creemos nosotros los dueños!

Y todo eso que tenemos y que en realidad no es nuestro sino de Dios, debe ser usado -es cierto- para nuestra salvación eterna. Todo debe ser usado teniendo en cuenta nuestra vocación de santidad, teniendo en cuenta de que la tierra no es la meta y de que vamos camino al Cielo, teniendo en cuenta que nuestros nombres están escritos en el Cielo.

Pero no basta sólo nuestra propia salvación, sino que todo debe estar también al servicio de Dios y de los demás. Lo que somos y tenemos debe servir también para el bienestar temporal y eterno de otros.

Todo esto está bien resumido en las llamadas “Obras de misericordia: espirituales y corporales”, obligación de todo cristiano:

Dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Dar posada al peregrino. Vestir al desnudo. Atender al enfermo. Visitar al preso. Enterrar al muerto. Enseñar al que no sabe. Dar buen consejo al que lo necesita. Corregir al equivocado. Perdonar las ofensas. Consolar al triste. Tolerar pacientemente los defectos del prójimo. Orar a Dios por vivos y difuntos.

Buen programa de acción. No para hacer todo uno solo. No para hacerlo todo a la vez. Más bien para poner a disposición todo lo que Dios nos ha dado para servir cuando se presente el momento ... sin excusas, sin remilgos, sin negarnos, sin hacernos esperar, sin miedo, sin egoísmo.

Cierto que los que deseamos responder al llamado a evangelizar no podemos quedarnos con la preparación incipiente que recibimos al hacer la Primera Comunión. Pero no es indispensable tener títulos en Teología para evangelizar. Debemos, sí, prepararnos un poquito cada día, leyendo la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica, libros, revistas y sitios web de formación católica, etc., pues hay que estar preparados para defender la Verdad que es Cristo.

Bien lo dijo San Pedro desde el comienzo de la Iglesia: “Estén siempre dispuestos para dar una respuesta acertada al que les pregunta acerca de sus convicciones” (1 Pe. 3, 15).

Pero recordando siempre: No hay Evangelización, si no hay vida de Dios en nosotros. La Evangelización –aunque nos preparemos para ésta con los conocimientos adecuados- se basa en tener confianza en Dios, y no en confiar en nosotros mismos.

¡Cómo vamos a confiar en nosotros mismos si nos dice el Señor que vamos “como corderos en medio de lobos”!

Fuente: http://www.homilia.org/