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"Si me amáis, guardaréis mis mandamientos"


La primera lectura (Hch 8,5-8.14-17) narra el inicio de la misión evangelizadora fuera de Jerusalén, en Samaría, de acuerdo a la segunda parte del programa trazado por el Señor Resucitado a los apóstoles al inicio del libro (Hch 1,8: “serán mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría...”). La expansión misionera hacia Samaría, en efecto, no fue programada previamente, sino fruto de la persecución que dispersó a los cristianos de Jerusalén (cf. Hch 8,1). En aquella ocasión Dios actuaba misteriosamente y se cumplía la palabra de Jesús. Como otras veces en la historia de la salvación, Dios realizaba sus designios a través de lo incomprensible y negativo de la historia. Lucas lo subraya diciendo: “los que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando la Buena Nueva de la palabra” (Hch 8,4). Entre estos se encuentra Felipe, uno de los Siete (Hch 6,5) y, por tanto, uno de los helenistas que tuvo que abandonar la ciudad santa a causa de la persecución. Este “bajó a la ciudad de Samaría y estuvo allí predicando a Cristo” (Hch 8,5). Su labor evangelizadora se describe como “predicación de la palabra” y realización de “signos” (exorcismos y milagros). La gente de la ciudad –comenta Lucas– “prestaba atención unánimemente a lo que decía Felipe” (v. 6). Aunque no se trata todavía de la “escucha” de la fe, los samaritanos se muestran desde el principio favorables y dispuestos a acoger el evangelio. A continuación se añade: “escuchaban y veían los signos que realizaba” (v. 6). Es curiosa la expresión “escuchar y ver los signos”. No se ve claro cómo se puedan escuchar los signos. Las explicaciones que se han dado de la frase han sido muchas. Probablemente lo que se quiere resaltar es el hecho de que los milagros hacían que la gente se volviera más atenta hacia la Palabra. El par de verbos “escuchar” - “ver” es importante en la revelación bíblica: los signos legitiman la palabra, la palabra interpreta los signos. En el v. 7, en forma de sumario, se enumeran los dos tipos de milagros que caracterizaban ya el ministerio de Jesús y que ahora acompañan la predicación de los apóstoles: exorcismos y curaciones (cf. Lc 7,21; 8,2; 9,1). En sus enviados se manifiesta el poder del Señor Resucitado que da la vida y libera a los hombres. El reino de Dios continúa expandiéndose e imponiéndose al dominio del mal. La obra de liberación iniciada por Jesús continúa en la misión postpascual de la iglesia. El compromiso de la comunidad de Jesús por la liberación total del hombre y su servicio por el bienestar integral del ser humano no es algo que se añade a su ser. Es la razón de su existencia y su gozo más profundo (cf. Evangelii Nuntiandi). Este primer anuncio del evangelio en Samaría, llevado a cabo por Felipe, encuentra una acogida inmediata y gozosa: “Y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (v. 8). El gozo es normalmente el signo de la apertura del hombre a la salvación y, por tanto, un rasgo característico de la experiencia de la vida y la libertad que dona el Señor Resucitado.

A la misión inicial de Felipe en Samaría sigue después la intervención de los apóstoles que se encuentran en Jerusalén: “Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaría había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan” (Hch 8,14-17). El motivo del envío no debe ser interpretado como un intento de poner de manifiesto una eventual autoridad jerárquica de Jerusalén o de vigilar la ortodoxia de la predicación, sino –según la eclesiología del libro de los Hechos– como el deseo de introducir la nueva realidad eclesial de Samaría dentro de la koinonía de la única iglesia fundada sobre los apóstoles. Los apóstoles son el fundamento de la comunión entre las iglesias y el punto de referencia último del testimonio del evangelio del Resucitado. Pedro y Juan bajan a Samaría para orar en favor de los samaritanos e invocar sobre ellos el don del Espíritu Santo. Se subraya que la acción de los apóstoles que confiere el don del Espíritu no tiene ninguna relación con poderes de tipo mágico, sino que va acompañada de la oración humilde que pide obtener el don de Dios. Aquella gente de Samaría “únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús” (v. 16). No habían tenido la experiencia del Espíritu, que sólo obtendrán con la oración de Pedro y Juan: “entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (v. 17). Es probable que “bautismo en el nombre de Jesús” e “imposición de manos que comunica el Espíritu Santo” hagan relación a dos elementos esenciales que formaban parte de un único rito de la iglesia primitiva. Se pueden considerar como dos momentos del mismo rito bautismal, que Lucas ahora presenta en forma separada para mostrar que los samaritanos convertidos entran con pleno derecho a la iglesia fundada sobre los apóstoles. Se busca resaltar el papel único e insustituible de los apóstoles y por eso a la obra evangelizadora y bautismal de Felipe se añade el don del Espíritu, conferido por la oración y la imposición de manos de los apóstoles. Su intervención hace explícita la plena inserción de Samaría en la comunión eclesial. De tal forma que un nuevo “pentecostés” sella la fundación de aquella nueva iglesia (cf. Hch 19,5-6), como al inicio sucedió con la de Jerusalén. Al final del relato tenemos una iglesia reconocida oficialmente y que forma parte, con plenos derechos, del nuevo pueblo mesiánico sobre el que ha descendido el Espíritu, signo de los últimos tiempos.

La segunda lectura (1 Pe 3,15-18) presenta los sufrimientos de la iglesia como semejantes a los de Cristo: “padecer por obrar el bien” (v. 17). El misterio pascual ha revelado que Cristo, “muerto en la carne” es ahora “vivificado en el Espíritu” (v. 18). La iglesia vive de esta misma esperanza en medio de la historia, realizando su misión sin violencia ni imposición, sino con “dulzura y respeto” (v. 16), y siempre dispuesta al testimonio universal “dando respuesta a todo el que le pida razón de su esperanza” (v. 15).

En el evangelio (Jn 14,15-21) escuchamos la promesa inicial de Jesús acerca del “Paráclito”. Vuelve a aparecer el tema del Espíritu al que hacía alusión la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Es la primera mención del Espíritu Paráclito en el evangelio de Juan: “Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre”. Implícitamente Jesús mismo se presenta como Paráclito y habla de otro que continuará su obra en los discípulos y que él enviará desde el Padre. El término griego parákletos (literalmente: “llamado”, del verbo griego kaleo, “llamar, interceder por”) proviene del mundo jurídico y designa a alguien que es llamado como defensor en
un tribunal, una especie de abogado. Juan interpreta el ministerio de Jesús y el de la iglesia como un gran juicio o proceso judicial delante del mundo pecador o de las tinieblas. En este difícil proceso la Iglesia no está sola. Tiene junto a ella a un abogado defensor, a un Paráclito que “estará con vosotros para siempre” (Jn 14,16).

Este Paráclito se llama también en Juan “el Espíritu de la Verdad” (Jn 14,17). Es decir, una presencia divina que es fuerza y es vida (=Espíritu), y que está en íntima relación con la revelación de Jesús (=la Verdad). Una persona divina destinada a permanecer con los creyentes para testimoniar la Verdad que es Jesús y hacer que los discípulos la acojan y la interpreten al contacto con los acontecimientos cambiantes de la historia (Jn 16,13: “Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hacia la verdad completa”; cf. Jn 15,26). El Espíritu es una realidad concreta y potente que sólo pueden percibir y experimentar los creyentes: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis porque mora en vosotros y en vosotros está” (Jn 14,17). Para acoger al Espíritu Paráclito es necesaria la fe. Sin ella no se le ve ni se le conoce. Es a los discípulos a quienes se les hace la promesa de la fuerza divina del Paráclito como presencia familiar en medio de ellos y dentro de cada uno: “en vosotros” (v. 17).

Jesús se presenta como un padre de familia, del cual son hijos los discípulos: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (Jn 14,18). Era una forma corriente de trato entre los rabinos y sus discípulos. El regreso del que habla Jesús es, en primer lugar, la resurrección. A través de la presencia pascual, permanente y cercana, los discípulos no serán nunca huérfanos. Después de la experiencia pascual, en efecto, “el mundo no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis” (v. 19). El mundo no podrá ver a Jesús porque su presencia vivificante solamente se experimenta por medio de la fe. Los discípulos, en cambio, verán nuevamente a Jesús porque continuará viviendo y será el fundamento de la nueva vida de fe de los creyentes. “Aquel día” –en el tiempo escatológico que inaugura la resurrección de Jesús– comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (v. 20). El creyente –“el que tiene mis mandamientos y los guarda“, es decir, “el que me ama” (v. 21)– , a través del don de sí mismo a Jesús por medio del cumplimiento de sus mandamientos y a través del don de sí mismo a los otros, a imagen de Jesús, obtendrá una nueva revelación del Padre en el Hijo y alcanzará una más viva comunión con él (v. 21). El texto concluye presentando, por tanto, una visión del discipulado y de la vida de fe en clave de encuentro y de relación de amor. La vida cristiana en la nueva alianza es descrita utilizando aquellas categorías que dominan la historia bíblica y la relación del hombre con Dios desde el inicio: el encuentro, la alianza, la comunión.

Fuente: Mons. Silvio José Báez,O.C.D