Celebración Eucarística y Ceremonia
de entrega del Fajín de Capitana General
a la imagen antigua de la Virgen del Carmen, en la Santa Catedral
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San Juan, Puerto Rico
Sábado 18 de febrero de 2017

Homilía

P. Alberto Figueroa, T. Carm.,
Vicario General de la Arquidiócesis de San Juan
 

Queridos hermanos de la familia carmelitana, amigos y devotos todos de nuestra Señora del Carmen. Sean todos bienvenidos a esta celebración eucarística que viene a ser un cántico de acción de gracias a Dios, por las diversas efemérides que conmemoramos hoy.

En primer lugar, los 140 años de la incardinación o fundación de la secular cofradía de la Virgen del Carmen en Tercera Orden. Esto significó que la semilla del amor a la Virgen, centrada en el uso del Santo Escapulario, y la participación de las gracias y bendiciones, buenas obras y oraciones de los carmelitas y de lucrar el privilegio sabatino, que era el deseo de quienes de adherían a la Cofradía del Carmen, dio un paso de gigante hasta fructificar en la fundación en nuestra tierra de la Tercera Orden del Carmen.

Los que a ésta se vinculaban, además de conservar todo lo propio de devotos cofrades, se hacían miembros de una verdadera orden a semejanza de las Órdenes religiosas, con la característica de no arrebatar a los miembros su secularidad, sino inocularles el ADN del carisma carmelita para que puedan a su vez, retrasmitirlo al mundo en su forma peculiar de santificar las realidades temporales, o, en otras palabras, de ser sal y luz del mundo a la manera carmelita.

Es de destacar que cuando para finales del siglo XIX el beato papa Pio IX quiso que las Terceras Órdenes de otras familias, adaptaran sus normas y las flexibilizaran para facilitar al mayor número posible de fieles la entrada a las mismas, los Cofrades carmelitas en Puerto Rico hicieron el camino contrario, se sintieron llamados a un mayor compromiso y a una consagración más fuerte, estrechando sus lazos con el carisma mediante el paso de un proceso de formación serio que termina con las promesas o votos de acuerdo con la vocación peculiar de cada uno.

Los avatares de la historia y las crisis hicieron que esta rama de la familia carmelitana casi desapareciera, pero nunca se extinguió el espíritu, de tal manera que hace 70 años, se volvió a cumplir la profecía y un vástago surgió del viejo tronco casi seco, y volvieron a manar las aguas en el Torrente Querit, bañado por la lluvia de la nubecilla blanca y el grito de Elías vuelve a resonar: “Ardo de celo por la gloria del Señor de los Ejércitos”.

Pues la búsqueda de la gloria del Dios vivo no se apartan nunca del corazón del carmelita y su devoción a la Virgen es el agua que empapa y fecunda este deseo. Por eso hoy se le hace simbólica entrega de este signo de autoridad y la reconocemos como verdadera generala. Si la impía reina Jezabel pretendió hacer perecer los profetas del verdadero Dios, haciéndose símbolo de la muerte, María sale en defensa de sus hijos, y los bendice y protege, y los anima a la batalla contra el pecado. Al contemplarla en toda su belleza decimos con el Espíritu Santo: “¿Quién es ésta que se asoma como el sol en la mañana? Es hermosa como la luna, radiante como el sol, ¡irresistible como un ejército en marcha” (Cant. 6-10).

 A ella, a María, dirige nuestro pueblo su mirada en estos tiempos difíciles, de retos y decisiones. Si bien nuestros ojos están fijos en Jesús, nos dejamos arrastrar también por el aroma de las virtudes de nuestra madre. Pues es ella la primera en exhalar el bonus odor Christi.

 A quienes, por profesión o por devoción la llamamos Madre con el secular y hermoso título del Monte Carmelo le pedimos nos haga caminar con pie seguro por este desierto y, alimentados con el verdadero pan cocido en el fuego de la pasión de Cristo, lleguemos a la montaña donde Dios nos dé junto a nuestro amado pueblo, la serenidad de descubrirle, pasados el terremoto y el huracán de los tiempos presentes, en la suave brisa de su Espíritu.